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Estado profundo y poder


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24/09/2019

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No se debería hablar en el marco estatal de lo que se ha venido llamando Estado profundo, salvo que se plantee la cuestión en términos conspiranoicos. 


Con tal expresión probablemente se ha pretendido tratar de estimular la tendencia natural de las masas a la fantasía, que es aprovechada por los vendedores de creencias para que los individuos sigan las reglas del juego del poder que aquellos dirigen. Tampoco parece apropiado invocar el término profundidad, en sentido de oculto, como calificativo del Estado, porque se trata de un aparato encargado de regular el poder, que está diseñado con sujeción a unas normas que conforman su estructura, establecidas a plena luz y en la superficie de lo real, cuya finalidad es controlar los términos de la acción política. Se entiende como el instrumento formal de desarrollo del poder, la parte externa de su funcionamiento, el que marca los cauces por donde obligadamente debe discurrir el ejercicio de la política y lo político. Objetivamente considerado el Estado, no caben tenerse por determinantes, aunque sí ilustrativos en cuanto a la base del poder, atributos como Absolutista, Totalitario, de Derecho o cualquier otro, puesto que constituyen la parte accidental. Ya que el Estado, en lo sustancial, permite desarrollar un modelo de orden político a través de la sumisión colectiva al poder, consensuadamente establecido desde la racionalidad en el marco de una sociedad. De ahí que no parezca oportuno que se remitan al aparato estatal actividades metaestatales que no aportan un contenido de Estado. Distinto es que, a su sombra o en las profundidades, los intereses que pueden llegar a determinar su funcionamiento sean presentados como el Estado mismo, cuando solamente cabe referirse a poderes fácticos que ejercen influencia en el funcionamiento del Estado, pero que no son Estado.

A diferencia del Estado de Derecho, del Estado totalitario o del viejo Estado absolutista, que abiertamente proclaman quien es el poder que lo conduce, el Estado profundo se mueve en la nebulosa de los poderes ocultos, los que bajo cuerda manejan los entresijos del poder amparados en instituciones o grupos de poder. Pero si en la actualidad se habla de Estado de Derecho no puede caerse en la ingenuidad de que este modelo llegue a ser Estado profundo. El Estado es simplemente un instrumento para ejercer el poder en términos de Derecho positivo, en el que la ley y la jurisprudencia dicen la última palabra. Si esto es así, parece que hablar de profundidad o de entramados secretos en el marco estatal carece de sentido, porque todo está a la vista. Cargar al Estado con el lastre del oscurantismo sería un sin sentido. Pero acudiendo al realismo, no puede echarse en olvido la apariencia como patrón de la política y, más aún, del propio sistema.

El Estado nunca opera fuera de sus cauces estructurales, pero de hecho puede ser manipulado en la acción de sus instituciones, bien por individuos o grupos, ambos amparados en una legalidad torticera. Si se siguen los cauces de la pura legalidad, aunque no toda la legalidad sea Derecho, se estaría hablando de un Estado de Derecho mínimo —realmente Estado de legalidad en la práctica— y no puede ser etiquetado en otro término conceptual, aunque quepa hacerse en términos funcionales —como, por ejemplo, el llamado Estado del bienestar—. Este no es el caso del Estado profundo de la conspiranoia porque no atiende a lo funcional, sino a otra cuestión de base: una forma de Estado gobernado por distintas organizaciones amparándose en la democracia representativa. Supondría hacerle oficialmente valedor de intereses ocultos en lo nuclear, con lo que toda su estructura debería adaptarse oficialmente a esa realidad. Supondría entregarlo abiertamente ya no al imperio de la legalidad, sino al particularismo, con lo que la oligarquía tomaría el relevo a la democracia. Y esto sería una antinomia en términos políticos, porque no se puede hacer compatible el llamado Estado profundo con el Estado de Derecho.





Sin embargo, se percibe como realidad que la legalidad no queda conducida por la racionalidad colectiva, y en ella se nota el peso de los intereses particularistas. Lo que lleva la cuestión al terreno del poder, como manifestación formalizada de la fuerza. En todo poder subyace una fuerza dominante, que no es la propia fuerza colectiva, a la que simplemente se utiliza por la dominante. En este caso aquella es tolerada como fuerza, pero no como poder formal. Ese poder que dimana de una fuerza real se conduce por caminos laberínticos. Es allí, en la profundidad imaginaria, donde se encuentra la fuerza real que mueve los hilos de la política. Una vez formalizada convenientemente la fuerza dominante, queda definida como poder, en este caso calificado de oculto.

Si al hablar del Deep State se toma como referencia el conglomerado de fuerzas e instituciones formales que se mueven en la sociedad con dedicación de poder real, que construyen un estado de hecho —por llamar así a su presunta organización política grupal— dentro del Estado de Derecho, al margen de la realidad de la democracia representativa, entonces habría que remitirlo a la elite del poder, por ejemplo a la que refiere Wright Mills. Dada su condición, el Estado resulta ser una maquinaria que opera en términos estructurales, por lo que no funciona automáticamente, necesita ser dirigida. Y es aquí donde esta la profundidad que se imputa al Estado y que se aproxima a una elite del poder dispuesta a garantizar el establishment, pero que no por eso resulta ser Estado.

Pese a que la única fuerza real sería la del colectivo social, en su debilidad, motivada por la dispersión de las individualidades hábilmente manejadas por los patrocinadores de causas, nos encontramos con que desde casi siempre, la colectividad ha sido dirigida por minorías que han captado la fuerza colectiva real, sometiéndola a la particularidad de la fuerza del grupo y la han utilizado como soporte de su propio poder. Esta, llámese inmaterialmente ideología, es la que se encuentra dirigiendo la actividad política desde las profundidades del sistema que ha construido.

La apariencia política se ampara en la democracia representativa, es decir, lo que dice la colectividad, pero a otro nivel se sitúa la realidad de esa fuerza dominante que dirige la voluntad general y la manipula a conveniencia, acudiendo a algoritmos y retórica. En la actualidad esa fuerza minoritaria dominante, conductora de la fuerza social, no puede ser otra que el capitalismo político. Un conglomerado de intereses —económicos, políticos, militares, burocráticos, clasistas o grupales— unidos por un patrón común llamado dinero. Visto así, el llamado Estado profundo sería un expresión simbólica, que poco tiene que ver con el Estado de legalidad y sí con el poder como fuerza para obligar, ya sea desde la razón —Estado de Derecho— o desde la sin razón —los intereses de la elite dominante—. La vestimenta de la razón viene con la democracia representativa, que establece quienes serán los destinados a ejercer el poder estatal conforme a las normas jurídicas que rigen el Estado de Derecho. Lo otro, es el uso del poder que queda determinado por los que conforme a la realidad disponen de la fuerza colectiva desviada y conducida por los intereses de grupo, es decir, en este caso sería el conglomerado capitalista.

Llegados a este punto, los usuarios del poder —los que lo utilizan en beneficio de intereses de grupos dominantes— manipulan para la defensa de estos a los votantes y a los propios ejercientes del poder —gobernantes—, y aquí puede estar la clave de ese llamado Deep State, que no es Estado, sino un entramado al margen del Estado, dispuesto para mover los hilos y manejar a los que oficialmente dirigen los Estados, disponiendo cómo se debe practicar la política en el marco de un Estado. En este panorama, resulta que los votantes son simples espectadores de la política y, aunque sus elegidos se mueven por el impulso electoral, no pueden echar en olvido quienes tienen la fuerza determinante para mantener el funcionamiento del sistema. En definitiva, al margen de formalismos legales que hablan, entre otros términos, de soberanía del pueblo, las sociedades se gobiernan realmente por quien tiene la fuerza real para ello. La gobernabilidad se manifiesta a plena luz en términos de oficialidad, utilizando el modelo de Estado de Derecho, al amparo de la democracia representativa, pero lo hace para no despertar el sentido de lo político que permanece confundido con la política oficial. Y esta se mueve al dictado de los que usan el poder, tratando sus ejercientes de hacerlo compatible con los modelos políticos de Estado de Derecho y democracia representativa.





Antonio Lorca Siero



Etiquetas:   Ejercicio del Poder   ·   Democracia   ·   Derecho

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