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Ludi scaenici


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20/09/2019

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 115%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "Lohit Devanagari"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } a:link { so-language: zxx } Allí cuenta que Jenófilo, el pitagórico, al serle preguntado cómo podía educarse mejor un niño, contestó que siempre que viviera en una ciudad bien gobernada.






Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres.









No es mi intención, y el título así lo evidencia, hablar de política, de la falta de pactos, del poco sentido común y de estado que tienen los políticos de hoy en día, y de un largo etcétera que nos tiene a todos bastante hartos. Hago la aclaración por el fragmento de Diógenes Laercio que abre este pequeño artículo. Pues me interesa pergeñar un breve prólogo para que se haga más explícito cuanto viene a continuación.





No recuerdo ya, estando en activo, cuantas reformas educativas tuve que soportar. Posiblemente tantas como cambios de gobierno hubo, pues estos, los distintos gobiernos, parecían empeñados en controlar la nación a través de la juventud, de su educación o falta de la misma. Cansado de tanto inútil cambio y recambio pensé, dado que la materia a impartir era siempre la misma, con muy ligeras variaciones, y cada vez con menos contenidos, aprovechar el tiempo para educar a mis alumnos, o, al menos, intentarlo, al margen de reformas y más reformas. Les dije a estos que, cerrada la puerta del aula, allí podíamos hacer lo que quisiéramos. Y les propuse hacer teatro.





No fue nada original cuanto planteé. Siempre he sido un enamorado del teatro; y siempre he creído, con los griegos, los romanos, los frailes de la edad media, y un montón más de profesores e instituciones, que el teatro es una herramienta maravillosa para formar y educar a las personas. A lo largo de mi vida docente, pues, sin tener en cuenta quién gobernaba, o si la ciudad estaba mal o bien regida, han sido muchas las obras que he montado. Siempre con preferencia hacia el teatro griego clásico. El coro era un factor a tener muy en cuenta: podía participar toda la clase. Cuantos más, mejor.





Los alumnos aceptaban encantados el proyecto. Bien es cierto que algunos, como se encargaron de proclamar varios padres y compañeros, lo que deseaban era no hacer nada. Pero eso no era cierto: tenían que aprenderse su papel, por pequeño que fuera; tenían que darse cuenta de la importancia del trabajo en equipo; tenían que perder la vergüenza y hablar en un escenario, moverse. Y para hacerlo todo bien, con la debida soltura, tenían que prestar atención en clase a fin de saber porqué llevaban coturnos, máscaras, o porqué, ante ciertas invocaciones tenían que poner las palmas de las manos unas veces hacia arriba, y otras veces hacia abajo. El representar una obra de teatro no era algo mecánico: nosotros no la montábamos porque se nos hubiera dado una subvención, sino que lo hacíamos para aprender, para educarnos. La historia de Grecia, por tanto, la mitología y el estudio del espacio escénico eran fundamentales. O eso me parecía a mí. Y sí, muchas obras llegaron a buen puerto.





Cuando me invitaron a asistir, el viernes día 20 de septiembre, a la Fase final del XIV concurso nacional de grupos de teatro grecolatino, me quedé un poco sorprendido. La invitación me la mandó un amigo por correo advirtiéndome que las representaciones comenzaban a las 9 de la mañana y finalizaban a las 17h., del mismo día. Creí que se trababa de un error: un viernes los institutos y colegios están en pleno funcionamiento; creí, un poco tontamente, que no iba a asistir nadie, o muy poca gente a dicha final. Y de hecho, cuando enfilé la subida del castillo de Sagunto, a cuyos pies se halla el teatro, no vi más que a una señora paseando a su perrito. Bares y restaurantes estaban cerrados. Y las calles vacías y silenciosa. Aun así seguí ascendiendo por aquella cuesta que he subido infinidad de veces a lo largo de mi vida. Y sí, la puerta del teatro estaba abierta. Y había alguien que me saludó por mi nombre, y me invitó a pasar. En el teatro ya estaba todo a punto para iniciar la primera representación. Y para sorpresa mía fue sentarme en una de aquellas gradas y comenzar a entrar gente. No mucha, cierto es. Pero entró gente.





No voy a hacer ninguna crítica de las obras, del vestuario, de las voces y de la adaptación. Conociendo lo que cuesta levantar una obra de teatro, interpretada por alumnos de bachiller y de la ESO, es más que suficiente decir que me emocioné al ver a un grupo de personas, de gente muy joven, dando vida a Antígona, a Ismene, a Creonte, a Hemón… Y reviviendo esos diálogos inmortales de Sófocles en los que se defiende el respeto a las leyes; que nadie, ni el mismo rey, está por encima de ellas; que nada tiene que ver la edad con tener razón o no; y que el odio y la ofuscación no sirven sino para cerrar puertas cuando no, como es en el caso de la obra, llevar a la absurda tragedia, al inútil derramamiento de sangre. A la aniquilación de unas buenas personas.





Me contó el amigo que me invitara, poco antes de iniciarse la representación, que la directora del grupo, profesora a su vez, había tenido muchas dificultades para montar la obra. Yo también las tuve. Y similares a las suyas: padres de los alumnos que se negaban a que sus hijos participaran en esas cosas que no sirven para nada, o, cuanto menos, no sirven para aprobar la selectividad. Eso me retrotrajo a mí a un viejo recuerdo. Había en el instituto una profesora, muy joven, que todo lo media con la vara del pretendido pragmatismo. Su eterna pregunta era: “¿Y eso para qué sirve?” Hasta que un día, harto, cierto profesor, siendo educado, le preguntó: “Oye, cada vez que tú entras en materia con tu marido, ¿es para tener un hijo?” “¡Hombre!” -exclamó ella risueña- “por supuesto que no, faltaría más.” “¿Y eso para qué sirve?” -le replicó. Callóse y ya no hubo más.





Fue muy gratificante ver a dos adolescentes discutir sobre los límites de las leyes, Antígona y Creonte; o mantener la primera discusión generacional, padre e hijo, de la que tenemos constancia, Creonte y Hemón. Y viene aquí la segunda consideración. Es posible, muy posible, que estos alumnos, representada la obra, olviden sus papeles. Es muy posible que les quede una leve reminiscencia de las palabras de Sófocles. Pero pueden estar seguros de que eso es un poso que los acompañara durante toda su vida, que tal vez haga la labor de filtro, les ayude a separar las cosas buenas de las malas, y haga de ellos buenas personas, honestas, sensibles y educadas. Buenos ciudadanos, como querían los griegos.





La filantropía, un invento griego, la solidaridad, no es más que ponerse en la piel del otro. Y fue muy curioso ver cómo los actores se convertían en espectadores, y los espectadores anteriores eran los actores de ahora: los grupos se sucedían en el escenario. Y en la cavea, cosa rara incluso estando ocupada por adultos, había tal silencio que se oía el vuelo de una mosca. Cada uno daba el respeto que había tenido. Allí había una excelente muestra de empatía y educación.





Imposible hablar de todas las obras y de todas las representaciones. Pero sí que es muy de alabar la aproximación que se ha hecho a la mitología: se ha trabajado sobre ella como un material que nos puede informar y divertir. Así se ha montado el mito de Ceres y Perséfone. Y ha resultado emocionante, una vez más, ver la soltura con la que esta gente, tan joven, se mueve por un escenario. Algún día, en algunos colegios e institutos, se percatarán de lo importante que es que los alumnos tengan confianza en sí mismo, sepan hablar y moverse en público y escribir. No todo son tablets, ordenadores y móviles.





¿Y qué decir de Medea? ¿De ese furor por parte de una y del desprecio por parte del otro, de Jasón? Nada. Ha sido emocionante verlos cobrar vida en los cuerpos y las voces de estas chicas tan jóvenes.





Por la tarde hubo comedias. Y risas. Y alegría y goce. Pero, repito, no voy a hablar de todas las obras. Hay otras cosas que me interesa destacar.





Añádase a lo dicho, y esto lo digo con todo el orgullo del mundo, el medio en el que caen estas representaciones teatrales. Cierto es que Sagunto es, a este respecto, una ciudad privilegiada: cuenta con el teatro romano, y no voy a discutir sobre su restauración, politizada hasta la saciedad, y con un su castillo. Allí nos abrumó a todos los estudiantes de latín Tito Livio. Inolvidables sus ablativos absolutos describiendo la destrucción de la ciudad por las tropas de Aníbal. El inicio de la segunda guerra púnica. Poco queda de la época, si es que queda algo, de acuerdo; pero qué mejor que llevar a los alumnos a que vean la altura de las murallas, las dificultades de atacar aquello, cómo desde allí se ve la Vía Augusta, y cómo era un enclave vital que Aníbal no podía dejar vivo a sus espaldas. Es palpar la historia.





Cuenta también Sagunto, insistiendo sobre lo mismo, con la famosa Domus Baebia, un aula didáctica de cultura clásica. Allí los alumnos pueden tocar, palpar, ver y recrear el mundo romano. Es como si la palabra se hiciera carne: tienen pergaminos, pueden escribir sobre ellos, talleres de escritura, pueden hacerlo sobre las famosas tabulae, utilizando el cálamo. O hacer mosaicos, o celebrar un banquete, tras haber preparado los alimentos en la cocina romana. Pueden ver las armas de las legionarios, sus escudos, los cascos de los gladiadores, las inscripciones, máscaras de teatro, las letrinas… En fin, hay de todo. O casi. Hasta pueden ver el famoso Cave canem. Y un carro triunfal.





A muy pocos metros de la Domus Baebia se levanta la Casa dels Berenguers con su Museo de la escena grecolatina. Impresiona el espacio, tan bien aprovechado, y ver los vestidos de Palas Atenea, el arco de Filoctetes, un grupo de Bacantes exhibiendo la cabeza de Penteo, los vestidos de Antígona, de Edipo, las fíbulas con las que este se ciega, la espada de Áyax con la que se suicida, regalo de Héctor. Àyax, el mejor de los aqueos después de Aquiles, el de los pies ligeros, inseparable de Ulises. A este lo llama Atenea cuando Áyax ha enloquecido para que se ría de su enemigo. Pero Ulises, el fecundo en artimañas, no lo hace. Reconoce que su rival no está en sus cabales. Y que algún día a él le puede acontecer algo similar, o peor. Siente verdadera simpatía por su compañero. Sí, es el descubrimiento de la filantropía, de la piedad, de la solidaridad. Cosas todas ellas que están en el teatro griego, amén de las comentadas más arriba.





Ha sido, pues, una verdadera satisfacción ver a tanta gente joven esforzándose por memorizar las palabras de Sófocles. Por narrar mitos de nuestra cultura, o bromas y chistes de Plauto. Y es un doble motivo de alegría verlos asistir a los talleres de la Domus, o pasear boquiabiertos por entre los vestidos de Palas, Medea, la Nodriza... El teatro griego, no me cabe duda, ha sembrado en ellos una semilla importante, algo que, el día de mañana, seguramente, los convertirá, gracias a los profesores que se han preocupado por su educación, en buenos ciudadanos, honestos y solidarios. Es decir, en buenas personas, capaces de estar por encima de tiranías e incompetencias, gobiernos o falta de los mismos. Y si eso no es importante para la educación de la juventud, que vengan los dioses y que lo vean. Gracias a todos por vuestro esfuerzo y vuestra participación. Ha sido un placer asistir a vuestras representaciones. Vale.







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