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Julia y la soledad


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14/09/2019

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Estar en silencio, quedarse sola. Todo el ser y el hacer, expansivo y deslumbrante, se evaporaba; y se contraría con una sensación de solemnidad, hasta ser una misma, un corazón de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás.






Virginia Woolf, Al faro.









Cuando se abrió la puerta del ascensor, me percaté de que este estaba ocupado por dos mujeres mayores. Saludé. No me contestaron enzarzadas en una discusión sin ninguna transcendencia. Tampoco se despidieron al salir de aquella triste caja gris. No eran jóvenes, ni mucho menos. Pero, claro, la educación no es privativa de ninguna edad.





Le comenté a Julia lo que me acababa de suceder. No le dio la más mínima importancia.





-La educación -me explicó- es una muestra de solidaridad. Reconocer que el otro está ahí. Pero esto ha quedado relegado a eventos navideños o a grandes gestos de película de romanos ante alguna catástrofe.





-Como la del Vesubio -le puntualicé-. Lo más gracioso es que estas mujeres iban hablando de lo solas que se han quedado, de la indiferencia de hijos, deudos y parientes.





-Creo que tenemos una idea muy equivocada de lo que es la vida. Es posible que antes, en la edad media e incluso hasta el siglo XIX, por poner una fecha, la gente mayor, abuelos y demás, estuvieran en casa de los hijos, todos juntos, y jamás vivieran solos. Habría que ver cómo se las ingeniaban. Hoy en día eso es prácticamente imposible.





-Sí. Es, desde luego, un tema apasionante. Porque en Roma, por ejemplo, no todo el mundo vivía en una domus. Los pobres malvivían, hacinados, en pisos endebles, muy caros, y estrechos. No creo que allí pudiera estar una pareja con los padres de los dos y los hijos, ni que pudieran alimentarse.





-Imagino que pocas personas llegarían a una edad tan avanzada como para conocer a sus nietos.





-La palabra nieto existe en latín, lo mismo que la palabra abuelo. Eso quiere decir que se daban ambas realidades.





-Sí, es posible; pero seguro que no se daba en todos los escalafones sociales.





-Eso ya es más difícil de determinar. Habría que investigar las lápidas funerarias. La mortandad infantil era terrible en aquellas épocas, así que tal vez haya alguna estela dedicada por unos cariñosos abuelos a su nietecito, arrancado de sus brazos por la muerte. Pero tampoco sería muy significativo la aparición de una sola lápida.





-Y hoy creo que te sería muy difícil dar con una actual. Ahora son los nietos quienes entierran a los abuelos. Y estos, en muchos casos, hacen el papel de padres: los llevan al colegio, los traen, juegan con ellos en los parques… No tienen motivo para quejarse de la soledad.





-Ni todos los abuelos tienen nietos, ni todas las familias se llevan bien, salvo intereses. Y aun siendo así, llega la terrible noche…





-Y uno está solo. Pero si bien lo piensas, es más el tiempo que pasamos solos que en compañía. Al menos es el caso de algunos -dijo sonriendo y señalándonos a los dos.





-No creo que seamos una excepción. O una excepción muy significativa. No sé el caso de los demás, pero, desde luego, yo paso más tiempo solo que acompañado. También es verdad que mi teléfono móvil apenas si suena un par de veces a la semana. Cuando subo al autobús, o voy a alguna tienda, siempre veo a la gente hablando por el móvil, paseando con el móvil pegado a la oreja, yendo de aquí para allá utilizando el móvil, y hasta en el cine los he visto dándole al móvil. Imagino que estas personas nunca estarán solas.





-Eso es lo que tratan de demostrar. Recuerdo que hace años, cuando éramos un poco más jóvenes, antes de la aparición de los móviles, había cabinas telefónicas por las ciudades. Quien necesitaba llamar a alguien se metía en una cabina, y la cerraba para que nadie oyera la conversación. Hoy, por el contrario, como has dicho tú, te sientas en el autobús, y se te pone al lado alguien que, sin ningún pudor, saca el móvil, y te hace partícipe de su insustancial charla o de lo buena persona que es, o de cuanta gente conoce. Y ya sabes: dime de qué presumes y te diré de qué careces.





-Sí, la verdad es que dan un poco de grima esos que siempre van con el teléfono en la mano.





-Yo -dijo riéndose- una vez, tras llegar con avión al aeropuerto, estuve pensado que el móvil tiene, o puede tener, la misma función que los heraldos en la edad media. Iba a mi lado en el avión un hombre joven, casado no hacía mucho, que se pasó todo el vuelo con el móvil en la mano. Cada media hora, más o menos, informaba a su joven esposa de dónde estaba, y cuanto le faltaba para llegar al dulce hogar. Sólo le faltó darle las coordenadas. Temí que se las iba a pedir a la azafata de un momento a otro... Siempre he sospechado que los heraldos, los bombos y los platillos, trompetería y ruido anunciando la llegada del rey, tenía la función de avisar a la reina para que el bufón, o el trovador de turno, abandonara el lecho real, y no fuera cogida ella en fragante y flagrante adulterio. Ojos que no ven, corazón que no siente.





-¡Eres malvada y perversa! -dije riéndome-. No se me había ocurrido.





-En esta vida -me replicó- quien no puede segar, espiga. ¿Qué crees que hacían en la edad media las pobres castellanas cuando ellos se iban a las cruzadas a salvar al cristianismo y a defender la civilización? ¡Hombre! Tejían tapices, desde luego. Pero no estaban todo el día con la aguja en la mano.





-Ya. Había tiempo para la poesía.





-Por supuesto.





-Eso me recuerda una historia de la Roma clásica. Unos guerreros discuten, allá en el campamento, sobre sus mujeres. Mientras ellos montan guardia frente al enemigo, dicen que ellas son virtuosas y amas de su casa… Hacen una apuesta, se van a la ciudad, y se las encuentran a todas, menos a una, en medio de una cena, bebiendo buen vino, y, tal vez, haciendo otras cosas que el pudor castrense no quiso nombrar.





-La soledad es muy mala consejera. Eso dicen. Yo no lo creo así.





-¿Crees que hacían esto por huir de la soledad?





-No lo sé. Es posible. He visto hacer muchas cosas por no estar solo. Desde casarse o juntarse con el primero o la primera que se pone a tiro, sea quien fuere, hasta ir por ahí, con el móvil en la mano, anunciando la llegada para no llevarse ninguna sorpresa desagradable, quedarse solo y tener que comenzar de nuevo. Salir de caza no es tan divertido, ni todos los días se encuentra una buena pieza.





-A mí la soledad no me molesta lo más mínimo.





-A mí tampoco. Ni en ningún momento se me hace pesada.









A mis soledades voy,





de mis soledades vengo,





porque para andar conmigo





me bastan mis pensamientos1.









El problema de mucha gente, y de ahí el problema de la soledad, es que no tiene pensamientos. Por lo tanto necesita llenar su vida con reuniones, citas, televisiones, eventos deportivos, películas y series absurdas e interminables, etc. Y, a veces, con otras cosas que cuestan, en muchas ocasiones, mucho más de lo que valen.





-Visto así, la verdad es que el género humano da un poco de pena.





-Sí. Es digno de compasión. Salvo cuando una parte de ese género intenta imponer sus miserias al resto de la humanidad. También, entonces, puede convertirse, y de hecho lo hace, en una bestia feroz y temible. Siempre actúa por intereses, desde luego, y por disfrazar su nadería, lo poco que es.





-Me hizo gracia lo que me contaste, cuando falleció tu marido, la cantidad de veces que en el mercado te preguntaron si ya habías rehecho tu vida.





-No fueron tantas. Aquí, como también en muchas otras cosas, se distingue entre un hombre y una mujer. Parece que las mujeres, solas, nos las apañamos mejor que los hombres. Algunas personas siguen teniendo la noción de que un hombre solo es una especie de Adán, un inútil que no sabe hacer nada de nada. Salvo ir a cazar.





-Sí. Y de hecho -dije sin mucha lógica- la soledad siempre se ha entendido como uno de los grandes castigos. Quizás más terrible que la misma muerte. Me viene a las mientes ahora el larguísimo y terrible exilio de Ovidio. Un hombre que disfrutaba de los cenáculos, de sus amigos, de las lecturas en público, condenado a vivir en un lejano país cuya lengua no conoce, y a cuyos habitantes la poesía les importa tanto como a nuestros vecinos de escalera. Pobre Ovidio. Qué mal lo tuvo que pasar.





-O tal vez no. Quizás se adaptó a lo que tenía. Y es lo mejor que se puede hacer siempre. La vida es pura soledad, salpicada de vez en cuando por una buena amistad, o por un amor que dura lo que dura la fragancia de una rosa. Y, por otra parte, la soledad es muy difícil de representar. No la soportaría nadie. Así que en películas y novelas, el protagonista se tiene que encontrar con alguien, buscar algo y hablar. Se falsea la vida. El monólogo interior cuesta de digerir. Supone un gran esfuerzo para el lector. Pero creo que es lo que mejor expresa la sociedad actual.





-Que, al fin y al cabo, no es tan distinta de las otras. Estoy pensado en una obra de Ovidio, Epístolas de las heroínas. Son cartas que estas escriben a sus amados, que las han abandonado, o están por esos mundos corriendo aventuras… Sería muy fácil, o relativamente fácil, transformar esas epístolas en monólogos interiores.





-Pues ahí lo tienes.





-Efectivamente. Tal vez el secreto esté en aceptar lo que viene, y tratar de vivir de la mejor forma posible, sin darle mucha importancia a si la gente saluda o deja de saludar.





-Efectivamente. Tener los propios pensamientos para andar con uno mismo. Y si se añade alguien más al simposio, bien venido sea. Caso contrario, Desnudo nací, desnudo me hallo…





¿Y si cenamos algo?





-Ahora mismo te lo iba a proponer. Que cenar en compañía siempre añade a la vianda un tantico de alegría.









1Lope de Vega, La Dorotea.



Etiquetas:   Educación

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