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"Los saqueadores empresariales"


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12/09/2019

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Decía en otra ocasión que, a mi entender, el capitalismo es un monstruo dispuesto a devorarlo todo. Su espíritu depredador toma forma en las empresas, pero a menudo esta creación no siempre está diseñada para cumplir los fines previstos por la ideología capitalista. Es sabido que, lejos de establecerse como prioritario el culto al capital, hay empresas en número creciente diseñadas simplemente para ser saqueadas por sus promotores o bien, afectadas por la tendencia personal al saqueo de sus gestores, acaban tomando esa dirección. A su sombra conviven siniestros personajes —los saqueadores—, rodeados de un aura de dignidad y supuesta competencia prefabricada a tal fin —aunque realmente algunos ni tan siquiera gozan de renombre dada su mediocridad, lo que hace pensar que el verdadero saqueador permanece a su sombra— que la utilizan para construir su pequeño mundo particular basado en la riqueza y el lujo. De manera que, aunque se les suela llamar capitalistas, no son sino simples vividores que se amparan en una aureola de poder basada en el reparto del dinero ajeno entre estómagos más o menos agradecidos, que les ayudan a conservarse gracias a la publicidad y los tejemates de trastienda. Y en esa tendencia, que se va convirtiendo en algo casi habitual, están embarcados muchos de los gestores empresariales de renombre, tendencia que además se acentúa a medida que priman los intereses bastardos sobre los de la actividad empresarial y, de otro lado, se institucionaliza el hecho de escalar posiciones en el organigrama de la empresa por parte de esos de personajillos menores a la espera de la llegada de su momento para, una vez ascendidos al podio, participar en el espolio.

Por consiguiente, el hecho es que, si se separa la paja del grano, es decir la publicidad de la realidad, el problema del saqueo empresarial está a la orden del día, aunque, si bien no generalizado, hay que reiterar que abunda. Pero tal práctica solamente llama la atención cuando las empresas de cierta relevancia acaban en la más estrepitosa quiebra, mientras que en otros casos pasan desapercibidas y solamente alimentan las estadísticas. Al capitalismo, se dice que tal práctica no le afecta en virtud del principio de la destrucción creativa. Con cierta lógica, pudiera entenderse que el saqueo sin inversión solo puede conducir a la falta de ideas y con ello al desastre, para que lugar se ocupado por la innovación. Sin embargo, debiera servir de llamada de atención para el sistema, entendida como crisis anunciada del verdadero sentir capitalista, desplazado por el predominio de la técnica de gestión. El declinar del capitalista frente al gestor con plenos poderes no deja de ser un riesgo empresarial que trasciende al plano general. A lo que hay que añadir que no se puede pasar por alto la mala imagen de identificar capitalista con el individuo saqueador. Lo que al final resulta ser claro descrédito para el capitalismo, que, aunque no goza del aura de santidad, a veces aporta algo mejor en lo material puesto que ayuda a mejorar la vida de las personas.

Ahora habría que mencionar a quienes resultan ser los directamente afectados con estas prácticas, y está claro que fundamentalmente la empresa que desaparece, los que han invertido su dinero en ella, junto con los trabajadores que se quedan sin empleo y otros estafados. Lo probable es que la empresa quede definitivamente muerta, los accionistas pierdan su dinero, los trabajadores se acojan en parte a la solidaridad pública y lo estafados tomen nota de la experiencia para que en lo sucesivo traten de ser precavidos. Al final, abordando el tema de las responsabilidades, todo queda en papeleo, el que más o el que menos tratará de escurrir el bulto y a otra cosa. A menudo los artífices seguirán con el negocio en otra parte, cargando las culpas sobre la empresa, como si se tratara de un organismo vivo, con pleno uso de razón y sujeto a responsabilidades, cuando la empresa es lo que sus dirigentes quieren que sea, porque solamente es un aparato que hay que manejar. No se pueden exigir responsabilidades a la máquina, sino al conductor. Del lado del capitalismo, no le afectan los saqueos, puesto que es un asunto de personas, y en cuanto a la empresa, si desaparece, surgirán otras dejando intacta la ideología.

Los saqueadores juegan ante el auditorio con cartas marcadas, aprovechando que la realidad política y social viene acompasada a la actividad de las empresas capitalistas, pero en su caso distorsionándola. La tolerancia política para con los representantes del sistema, tanto por puras razones económicas como sociales, es aprovechada para eludir la normativa utilizando variados artificios legales, con lo que el control se reconduce al aspecto formal. Si se guardan las formas, todo es legal pero no por ello justo. Y es de esta circunstancia de la que se aprovechan los saqueadores, incluso incentivándola, haciendo partícipes de los beneficios personales del saqueo empresarial a determinados personajes de la política, bien en tanto permanecen en activo o como reserva para el retiro. Lo que lleva a que el control de la norma no se adentre en el terreno de esa otra realidad mucho más real que la meramente formal. Hay que tener en cuenta que en el fondo de la cuestión, el control legal depende de la política, y en ella juegan demasiados intereses, que no son precisamente justos o al menos, en puridad, honrados.

En el plano empresarial el saqueo se materializa operando con esas mismas cartas trampeadas en todos los frentes. Al accionista se le entretiene con el dividendo, y si no llegan los ingresos se pide un crédito. Se gana el silencio del personal con dinero bobo y beneficios llamados sociales, que son limosnas para comprar su complicidad y silencio. A los fiscalizadores, basta con un sobornillo regular. A la norma, con otra norma, porque para eso están los amigos. De cara a la opinión pública se encarga una buena publicidad. Aunque a la empresa no haya posibilidad de engañarla, basta con dar a sus cuentas una dosis de oportuno maquillaje. Los saqueadores se asignan sueldos fabulosos —aprobados por la junta de accionistas, que son ellos mismos—, sus bonus, sus acciones de regalo, sus gastos pagados, sus lujos, sus tarjetas sin límite de disposición y algo más, todo a cuenta de la empresa.

Tales prácticas se encuentran tan fuertemente arraigadas y generalmente toleradas que, aunque irracionales para las empresas y ejemplo de descrédito del sistema capitalista, no hay disposición por parte de los poderes públicos para establecer soluciones reales al problema.





Antonio Lorca Siero

Septiembre de 2019.











Etiquetas:   Capitalismo

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