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Heredarás el viento


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27/09/2011

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De nuevo se enfilan las baterías contra las Empresas Polar y la harina precocida. ¡Será posible que se llegue a extinguir algo tan característico como la arepa! Ya ha habido antes algunos amagos de este tipo en relación con estas empresas y hasta contra la misma cerveza que ellas producen. Podríamos decir que con una precisa destrucción gransciana primero fueron las tierras, luego los edificios, las empresas cementeras, los estacionamientos, los medios de comunicación ( por el espectro radial se transmite ahora una insoportable letanía que recuerda las pretensiones de la religión civil de Rousseau), y aunque la constitución habla de “sentencia firme” y “pago oportuno”, sin juicio ni nada que se le parezca el término “exprópiese” ha terminado dirigiéndose a esto y a aquello, esgrimiéndose como un trofeo de caza. (Maquiavelo, sin conocimiento por supuesto de este proceso, ya recomendaba al Príncipe no apoderarse de los bienes de los súbditos, pues, decía, “los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”). Por si esto fuera poco, al mismo tiempo se ha perseguido y hasta inhabilitado a los críticos importantes, o con evidente figuración política, que se han opuesto a este régimen, así como a muchos ciudadanos que se han manifestado en contra de estos procedimientos.


Recientemente he visto una vez más una película que siempre me da que pensar. En plena época de persecución y caza de brujas del macartismo, los escritores Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee escribieron una obra de teatro, Inherit the Wind (Traducida al español como Heredarás el viento), que se estrenó en Broadway en 1956 y que sería considerada una de las mejores obras del siglo pasado. La misma fue llevada a la pantalla por Stanley Kramer, con un reparto que incluía actores de la talla de Spencer Tracy, Fredric March, Gene Kelly y Dick York (coprotagonista de las primeras temporadas de la serie Hechizada). Considerada como la mejor película en el festival de Berlín de 1960, también obtuvo varias nominaciones al Oscar ( mejor actor, mejor guión adaptado, mejor montaje, etc.). Aunque el argumento está basado en el juicio que se le siguió en 1925 a John Scopes en el sur de de EE.UU. ,en lo que se conoció como “el juicio del mono”, es una obra maestra que se erige sin reservas contra todo tipo de intolerancia y a favor de la libertad de pensamiento.

En Hillsboro, un pequeño pueblo del estado de Tennessee, el maestro de secundaria Burt Kates (Dick York) es arrestado por enseñar a sus alumnos de ciencias naturales la teoría evolucionista de Darwin y desafiar con ello la ley de ese Estado que exigía como única enseñanza de nuestros orígenes el creacionismo. En el juicio coinciden dos personajes antagónicos, el fiscal Matthews Harrison Brady (Fredric March), conocido orador y excandidato presidencial, y su otrora amigo Henry Drummond (Spencer Tracy), famoso abogado, enviado por el Baltimore Herald para asumir la defensa de kates.

Son muchos los diálogos significativos de esta obra, donde se revela, por ejemplo, la soledad y la persecución que sufren los que se apartan del pensamiento oficial, y la clase de vida que se tendría si se renuncia a pensar libremente, pero hay un diálogo entre Sarah, la esposa del fiscal Brady, y H. Drummond, el abogado de la defensa, que es particularmente interesante. Sarah le dice a éste, mientras toman algo en el Hotel y recuerdan los viejos tiempos que pasaron juntos cuando su esposo estaba en campaña presidencial: “No se hacen muchos amigos en una vida. Jamás soñé que nuestras ideas nos separarían algún día”. H. Drummond, quien escucha al esposo de Sarah en otra mesa, señala: “Aun tiene buena voz”. A lo que Sarah contesta: “Todavía tiene algo que decir”. Y Drummond replica: “Sí; cómo tienen que vivir todos los demás”. El diálogo continúa más o menos así:

Sarah: No seas cínico. Creo que todo hombre quisiera ser el guardián de su hermano y a cambio recibir atenciones.

Drummond: Cuando pienso en el pasado, no creo que Mat hubiese sido un gran presidente…



En fin, esto de guardar a toda costa a nuestros hermanos y decirle a los demás cómo tienen que vivir, me ha hecho relacionar esta maravilla fílmica con los procedimientos con los que comencé este escrito. Además, la película recibe su título del Libro de los proverbios (11:29), donde se dice “que aquel que perturba su casa heredará viento”. Yo, que no soy muy santo precisamente, no puedo dejar de estar de acuerdo en lo aleccionadora que resulta también en este sentido, pues el que tanto altera y trastorna la casa no puede heredar sino eso: soplos. Santa palabra.

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