Lo peor de nuestra desgracia

 

. Tampoco que cancele, nomás porque sí, un aeropuerto internacional a medio construir que nos va a costar más de setenta y cinco mil millones de pesos sin siquiera usarlo. ¡No! Nada de eso, parafraseando el título de un libro que leí hace muchos años "Lo peor del horror es que no hay horror", nadie se espanta, ni mucho menos alarma, por la cantidad de trivialidades, dislates, mentiras, errores, engaños y sandeces que se dicen todas las mañanas en Palacio Nacional ni tampoco de los personajillos del quinto al enésimo lugar, que gustosos se presentan como el payaso del día para hacerle el caldo gordo al señor Andrés Manuel López Obrador. No, nada nos mueve ni nos inmuta, el cero crecimiento económico, la escasez, intencionalmente provocada lo mismo de medicinas que de medicamentos de todo tipo, incluso los del cáncer, la devaluación del peso mexicano frente al dólar norteamericano y peor aún, el crecimiento de la banda especulativa, es decir, de la diferencia entre el precio de compra y el de venta al público en general. Tampoco nos aterra el incremento de la delincuencia, organizada, o no, del derramamiento de sangre, la represión de todo tipo contra los periodistas, la complicidad gustosa de las dos principales televisoras del país, del señor Carlos Slim y en general, de la cúpula empresarial de este país que está apoyando y financiando la soga con la cuál no solo nos están ahorcando a nosotros, los humildes clasemedieros, sino que incluso a ellos mismos. Hemos caído en un estado de resilencia y pasmosidad tal que no se vislumbra en elincondicionalmente la primera estupidez que le dicen, los opinólogos televisados, más vendidos que una prostituta barata del callejón de Manzanares, a un costado horizonte cercano, ni lejano, una pequeña lucecita de salida de este nebuloso, fangoso y muy apestoso túnel. Nuestro estúpido pueblo aplaude  del Mercado de la Merced dan tanto asco que ni siquiera me molesto ya en verlos o escucharlos, tanto menos leerlos. La corrupción generalizada no solo en todos los niveles del gobierno federal, estatales y municipales, sino en el mismísimo pueblo no tiene parangón alguno en nuestra historia. Me aterra pensar que esto pueda realmente prolongarse por sesenta años más, tal como dijo esa lacra desvergonzada llamada Fernández Noroña y es que hasta en muy queridos y cercanos amigos míos observo una adoración ciega a lo que nos está pasando. Les vale grillo a sus millones de admiradores, que se haya plegado lambisconamente ante Trump. Ya ni hablar de la prácticamente nula inversión en ciencia, tecnología, arte, deporte y tantas otras vitales áreas de la vida nacional. Por todo eso, y muchas cosas más, como dice una canción, es que digo, lo peor de nuestra desgracia es que ni siquiera nos damos cuenta de ella. ¿Hacia dónde nos arrimamos pues? 

UNETE



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