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No obstante existe el riesgo de que crezca tanto que acabe por
devorar a todos. El nuevo Leviatán ya no es aquel imaginario
hobbesiano, hoy simple siervo del poder del dinero, sino el capital
que crece vertiginosamente y exige permanentemente nuevas víctimas
para satisfacer su insaciable apetito. Estas no son otras que los
irresponsables consumistas que, comulgando con la doctrina dominante
en casi todo el mundo, se entregan al culto oficialmente establecido
para crear más capital —en interés del Capital— y nuevos ricos
—en interés de la riqueza material—.
Las masas, ese filón que no entraña competencia para los
capitalistas, que da la vida a sus mercados y, de otro lado, permite
conservarles en su puesto elitista, engañadas con la etiqueta del
consumo —que viene a decir que consumiendo se encuentra ese
bienestar natural al que todos aspiran—, creen en la verdad del
dogma, sin caer en la cuenta de que tiene trampa. Por decirlo de
forma sintética, se trata de trabajar para consumir, pensando en el
bienestar, y entregarse al débito para que el capital y la riqueza
empresarial crezcan sin control. Es decir, ganar dos —eso es lo
que, en el mejor de los casos, le dan sus empresas, por un lado, para
hacerle su servidor—para gastar cuatro —como consumidor, por el
otro— y ahogarse en el crédito que generosamente ofrecen los
prestamistas. De esta manera ya no hay competencia porque no hay
competidores, sino sumisos seguidores.
Se
ha dado orden, a los gobernantes capitalistas confesos y a quienes
rigen oficialmente los destinos económicos, de que se colabore con
las empresas en el proceso de desarmar el
ahorro de las masas,
porque el monstruo
necesita más comida. Decisivo mandato, porque las elites
ya no tendrán competidores y las
tajadas
se las repartirán entre sus afiliados. Como complemento del
consumismo dominante y cumpliendo con la superior directiva
capitalista, los gobernantes gastan sin mesura —siempre mirando de
reojo a la parte que les corresponde en concepto de comisión por la
mediación en el negocio—, se dice que lo hacen en interés de la
democracia
y para regocijo de las masas incautas que esperan la limosna del
reparto. Propaganda aparte, el beneficiario último del despilfarro
siempre es el empresariado. El problema viene cuando hay que pagar
lo que se debe. Entonces ya se sabe que la solución no es otra que
más impuestos y mayor pobreza. Los directamente afectados son los de
siempre.
No hay remedio, porque quienes creen escurrirse del cerco, guardando
sus bienes a buen recaudo, pensando que han burlado al sistema,
tampoco tienen escapatoria. Por ejemplo, los inmuebles refugio son un
bocado siempre apetecido por las haciendas locales. En cuanto al
efectivo, los bancos que antes pagaban intereses ya no pagan y van
más allá destruyendo cualquier posibilidad de ahorro, expropian los
depósitos a cuenta gotas. Si se acude a la inversión en la bolsa de
por aquí, baste decir que camina errática a base de maquillaje,
mirando cada día al gran oráculo norteamericano para bajar,
aprovechando cualquier eventualidad, y cuando dice que hay que subir,
se sube, pero bajando. Los expertos, que operan desde la
ciencia inversora, asesoran, recomiendan y elucubran para animar a
los crédulos a entrar en la trampa, para caer ellos mismos en otra
de más alto nivel. En todo caso, la víctima sigue siendo la misma,
el que trata de escapar de la bolsa y se pierde en los fondos, para
satisfacción de quienes se quedan con los beneficios de la
información de pago. Queda el torpe consuelo de que en todo
esto el dinero se pierde, si bien con cierta angustia, sin trabajar
en exceso. Lo fundamental es que se hace en beneficio de los
intereses dominantes.
El proceso parece que viene funcionando, pero si resultara que, a
fuerza de explotar a las masas, se agotara el negocio, el capitalismo
se encontraría con un problema. Además, cuando el monstruo
ya no tuviera nada que llevarse a la boca, acabaría por devorar
hasta a sus más fieles servidores.
Antonio Lorca Siero
Agosto de 2019.