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Efectos secundarios de las redes (anti)sociales


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16/08/2019


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Einstein ya había sentenciado que “el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad, el mundo solo tendrá una generación de idiotas”. Y ahora, más de un siglo después y llegados a la tan ansiada era tecnológica, o mejor dicho, de la dependencia tecnológica, me pregunto: ¿Compensa de verdad poseer todas las respuestas a golpe de click si el exceso de información no permite a nuestro cerebro asimilarla y mucho menos disfrutarla? ¿Resulta positivo que nuestra identidad esté al alcance de cualquiera que así lo desee? ¿Realmente vale la pena?




Este artículo no es en absoluto una apología a la vida sin electrónica (porque actualmente es impensable así como lo sería el abandono de la electricidad en la cotidianidad), sino más bien una invitación a la reflexión sobre la cantidad de horas que toda esta maquinaria innovadora nos hace perder. Y no me refiero al gran avance histórico que implicó la llegada de Internet, la imprenta, máquina de vapor u ordenadores, si no al erróneo uso de los casi recién llegados teléfonos móviles, y en especial, del contenido multimedia que se nos ofrece en bandeja o las plataformas que visitamos a diario. 



El problema no sería conocer a personas, aprender nuevos conceptos de variadas ramas o disfrutar con la edición de nuestro perfil. El problema no es interactuar con usuarios talentosos que comparten apasionantes estilos de vida con nosotros y el resto del mundo o gestionar nuestras “stories” presumiendo orgullosamente de nuestros seres queridos o de los últimos zapatos que hemos comprado. El problema no es tanto mostrar nuestra vida de forma digital (que también) entanto que perdemos disfrute en la realidad; el problema es la espiral de dependencia y toxicidad que provoca el que (casi) nadie muestre a una persona en lugar de a un personaje ficticio. 

El problema es la cantidad de celos y frustración generados por no alcanzar la perfección estereotipada impuesta. El problema es la preocupación por no ser “populares” o no alcanzar una determinada cifra de likes (de personas que ni siquiera nos preguntarían “¿Puedo hacer algo por tí?” si nos encontrasen llorando en un portal). Preocupante es que el nuevo hobby sea comparar quién es más o menos fotogénico y el nuevo deporte nacional criticar en base a defectos físicos. Aterrador es insultar tras un anónimo, acosar tras una pantalla, amenazar tras un pseudónimo, envidiar por un físico u odiar por defender ideologías opuestas a las propias. 



Despreciable es la maldad, la endemoniada velocidad de difusión de la fotografías que Ana mandó a su novio desnuda y culpar a Ana por mandarlas en lugar de repudiar a alguien que comparte intimidades de una persona en su estado más vulnerable. Decepcionante es reírse por jugar con varias personas a la vez y enorgullecerse de ello; responderle a una tercera personas cuando estás tumbadx en el sofá con tu pareja y excusándote con un “ah, es mi amigo que no me deja tranquilo ni en domingo”. 



¿Tristeza?, ¿Frustración?, ¿Rabia?, ¿Decepción?, ¿Ansiedad o agobio?, ¿Apatía?, ¿Incertidumbre?, ¿Enfado? No hay cabida para la debilidad en las redes; todos somos seguros y tenemos mil apoyos, nadie se preocupa o agobia por sujetos tan universales como el que dirán, el futuro de nuestro país, el que será de nosotros mañana. Que irónico, ¿No? Cuando un elevado porcentaje de usuarios editan sus fotos hasta disimular la mínima imperfección o ensayan hasta los temas de conversación cuando van a ver a alguien especial. Seguro que tú también has sentido cualquiera de esas emociones combinadas con tintes nostálgicos o bajones repentinos, pero en cambio cuando entras a la sección de noticias todo son piropos y buenas palabras, hipocresía disfrazada de admiración, amigos incondicionales, planes incomparables y una retahíla absurda de “influencers” y “Mr Wonderfulls” enseñándote a quererte, lo bonito de tus defectos y lo positivo de no encariñarte de nadie; porque enamorarse hoy en día es un acto suicida, y el mostrar interés sinónimo de “ser pesado” -entre un sinfín de tonterías-. 



Presumimos de ser diferentes y tener nuestro propio estilo cuando somos “modas” hasta en nuestras creencias. Porque criticamos cuando alguien se inicia en una actividad diferente:

“es un friki, es un matado”, pero cuando ese alguien logra merecido reconocimiento rápidamente alabamos su esfuerzo y le soltamos un “yo creí en tí desde el principio”. Porque el error parece ser luchar por tus sueños. Porque valores como la amistad o el amor deberían ser totalmente desinteresados y sin embargo, preferimos conocer al de diez mil seguidores que al de cien, no vaya a ser un bicho raro. Que no falte el subir la canción que todos escuchan a las historias de instagram y hacerse el interesante con la sudadera de Trasher o la camiseta de Guns, cuando ni sabemos que es un “kickflip” ni que “Knockin’ on Heaven’s Door” es realmente de Bob Dylan. Porque crees conocer a Queen por haberte visto una película comercial, supones que serás amigo de tu vecino en un futuro no muy lejano simplemente porque en el “. y confieso” te ha soltado un “me llevaría más” o incluso piensas estudiar ADE porque “todo el mundo lo hace, tiene muchas salidas”. 



Aberrante es también la propia gestión de las redes sociales o de las apestosas condiciones que se escandalizan ante la naturalidad de un cuerpo pero no eliminan la violencia o el maltrato. Y así, creciendo con la pornografía disfrazada en una pestaña de incógnito, con la amenaza de “la ballena azul” o de ese chico que quiere conocerte y en realidad es un pedófilo de 41 años que acabará por chantajearte para beneficio propio, nos convertimos en piedra. Fríos. No hay censura ante el sufrimiento de un toro, porque es cultura, es costumbre. No hay censura en un vídeo de dos chicas siendo prácticamente asfixiadas mientras son brutalmente penetradas, porque “me pone que me hagan daño”, “me gusta que sean sumisas”. 

Si con 18 años todavía no estamos preparados para la crudeza de ciertas imágenes, ¿Qué hemos conseguido facilitando todo tipo de contenido a niños de 8 años? ¿Por qué pretendemos sustituír el dolor de las rodillas raspadas de un niño que se ha caído en el parque por el dolor de no ser un chico guay en las redes? ¿Por qué promovemos la crítica fácil e injustificada? ¿Por qué promovemos la insensibilidad? 





Independientemente de todo este compendio de actitudes infantiles y dependientes, lo que realmente me asusta es el interés que ponemos en estar al tanto de la vida de los demás. Menospreciar ese atardecer con los nuestros, ese paisaje que hemos descubierto por casualidad en un inesperado viaje en coche, el skyline que dibujan los rascacielos en algún lugar de vacaciones; preferir retransmitir momentos y continuar con nuestros quehaceres en vez de parar el tiempo y maravillarnos de la verdadera belleza: el mar, las flores, la juventud, la libertad, la diversión… observar queda relegado a un segundo plano, porque la prioridad es presumir de ello, como si fuese mejor la idea de enseñarle al mundo lo increíble de dónde estamos o lo que hacemos en lugar de estar o hacerlo; como si fingir una gran carcajada en una foto grupal hiciera el momento más feliz cuando realmente lo hace más ficticio. 



Estamos construyendo una sociedad más preocupada en su imagen que en su intelecto; más pendiente de ochenta chats que de diez amistades verdaderas; más interesada en resultar deseable que respetable; más capaz de dañar a alguien por “ser el fuerte” que de llorar frente a su hermano cuando siente que no puede más. Generaciones preocupadas por retransmitir momentos en lugar de vivirlos. Veo a hombres, mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas. Veo gente, pero cada vez me cuesta más distinguir personas. ¿Y tú, qué ves, o has visto hace diez segundos, en la sección de “inicio” (de selección de la máscara que cada quién decide portar)?

Patri Fariña 





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