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Una tarde de fiesta


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14/08/2019

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Higueras






Cuantos más años vivo más aprecio los recuerdos de la niñez. No porque ésta fuera feliz, sino porque fue la época en que mi organismo recibió impresiones más fuertes y directas.





Julio Caro Baroja, Los Baroja









I





Camino de ida









Un día, aprovechando un evento en el que participó de forma un tanto indirecta, lo invitaron a asistir a una cena y a un espectáculo en un pueblecito de la Sierra de Espadán, Higueras. Nunca había sido muy dado a aceptar ese tipo de invitaciones, aunque tampoco se las habían hecho tan a menudo como para que su negativa se convirtiera en un tópico. Aun así, aceptó de buena gana. La edad le había enseñado a tener una cierta deferencia y prudencia en sus respuestas. Sabía que era un hombre sin ninguna importancia; pero no por eso podía dejar de herir a otras personas con sus negativas o sus desplantes. Reiteró la aceptación. Le pareció, además, un detalle muy a tener en cuenta que fuera a él, precisamente a él, a quien hubieran invitado. No recordaba que su intervención hubiese sido especialmente brillante. Algunos compañeros, entre bromas y veras, se burlaron de la invitación:





-Cuando uno espera ser reconocido en París, Roma o Berlín, resulta que tú terminas en Higueras, ¿Sabes dónde queda ese pueblo?





No hizo caso de tamañas palabras. Es un pueblo vecino al suyo, aunque lo había frecuentado muy pocas veces.





-Hay personas -se dijo- tanto en París como en la aldea más diminuta. Y estas son las que importan. El resto es vanidad. Bien es cierto que no todos hemos tenido la oportunidad de ver El lago de los cisnes; pero eso, al fin y al cabo, no es tan importante.





Pese a todo, se arrepintió de haber aceptado la invitación cuando llegó el día en el que debía acudir a la cena. Hacía mucho calor. No conseguía descansar bien por las noches, y no tenía más que ganas de estar sentado en su butaca o tumbado en la cama. Aun así se duchó y se cambió. Y bajó al garaje a por el coche. Pensando en lo que no debía, no se dio cuenta de una de las columnas que tenía delante hasta que el coche se estrelló contra ella. Se maldijo. Y tratando de salir del paso, rascó la parte derecha de la puerta trasera contra otra de las columnas. Bajó del coche maldiciéndose. No eran grandes los desperfectos debido a la escasa velocidad. Pero le sirvieron de toque de atención. Pues a partir de ese momento condujo con guantes de seda.





No tardó mucho en salir a la autovía. La autovía es impersonal. Había poco tráfico. Aun así ocupó el carril de la derecha, y adaptó la velocidad a las señales de tráfico. No le apetecía ni oír música ni ningún programa de radio que no fueran las noticias. Ya las había oído. Y cuando estas se alargaban dejaban de ser noticias para ser opiniones. Prefirió el silencio. Y en silencio continuó hasta salir de la autovía al cabo de una hora.





Ya en la carretera comarcal, se percató de que era muy pronto para presentarse en el lugar de la cena. Decidió entonces dejar la carretera, y desviarse hacia la Fuente de los Chopos, a pocos kilómetros de Benafer. Aparcó el coche sin ninguna dificultad, sin nada ni delante ni detrás con lo que pudiera chocar, y caminó durante unos minutos.





Recordó que en la Fuente había un paellero, una señora mayor que vendía bebidas y fruta; y que iba allí, con sus padres, los días de Pascua, a merendar, a “comerse la mona”. Pero el paisaje estaba enteramente cambiado. La señora hacía muchos años que había fallecido; y, debido a las restricciones, por miedo a los incendios, ya no existía el lugar donde igual hacían paellas que asaban chuletas. Lo que tenía ante la vista no le despertó ningún recuerdo. Era un paisaje enteramente nuevo para él. No obstante, recorrió el riachuelo arriba y abajo, varias veces, en busca de sus recuerdos. Fue inútil. Era como si no hubiese estado bajo aquellos altos chopos nunca en la vida. Y tal vez no estuvo. No se rindió. Volvió al coche, y cuando ya estaba a punto de subirse a él, decidió seguir caminando. Se acercó así al pueblo, a Benafer.





Cuando era un niño, Benafer no tenía párroco. Era el de Caudiel quien asistía a los fieles. Entre sus recuerdos, sin saber muy bien porqué, estaba el de un domingo por la mañana. Con varios amigos más, de su edad o poco mayores, acompañaron al párroco desde Caudiel hasta Benafer. Fueron a pie. No recuerda si ofició o no, si alguno de sus amigos ayudó a misa o dejó de hacerlo. Sólo recuerda que sentaron a don José, el cura, en un lugar preferente de la plaza, y ante él, mozos y mozas le bailaron varias jotas. Recuerda el revuelo de una falda al sonar de las castañuelas, y unos pantalones blanquísimos, con lazitos rosas y azules, bajo ese revuelo de telas pesadas. Sonrió al recordar que se asustó: creyó que don José iba a reñir a las chicas por aquello. El bueno del cura dijo nada.





Paseó por la plaza del pueblo. Ni recordaba la plaza ni la iglesia. Sólo tenía en su mente aquel revuelo de faldas, aquellos pantalones y el sonido de las castañuelas. Volvió sobre sus pasos.





Subió al coche, aparcado a pocos metros de la Fuente de los Chopos y regresó a la carretera. No quiso detenerse en su pueblo. Pasó de largo camino de Higueras.





II





Camino de vuelta









La cena, preparada por los dueños del restaurante de Higueras, fue deliciosa, una maravilla.





-No creo -se dijo sonriendo, pensando en alguno de sus compañeros- que hubiera cenado mejor ni en París ni en Berlín. Podéis estar seguros.





A las delicias de los platos se unió la compañía. Sentada frente a él había una señora mayor. Tenía alrededor de noventa años, y una mente privilegiada. Era la madre de uno de los organizadores del evento. Esta señora, hablando con un vecino, contó las enormes diferencias que había entre la forma de vida actual y la de su época. Ella nació y vivió en dos masías, hoy en ruinas, muy alejadas del pueblo. Apenas si fue a la escuela donde le enseñaron las cuatro cosas básicas: leer, escribir, y hacer sumas y restas. Ir al colegio le exigía una caminata de largas horas por medio del monte. El resto del tiempo, y de su vida, lo dedicó a trabajar, a patear aquella sierra en busca del pueblo, Caudiel o Higueras, donde iba a vender huevos, o productos que sobraban en la masía, para comprar los que les faltaban. Se podía defender en esos pequeños negocios puesto que ya sabía contar.





Se hizo cruces como ya le había sucedido en alguna que otra ocasión. Él, con el coche, había tardado unos veinte minutos en ir de un pueblo a otro. Bien es cierto que ella iría por caminos de montaña; pero aun así, ¿cuánto tardaba en ir de un lugar a otro? En aquellas masías, además, no tenían luz, ni más distracciones que contarse historias al amor de la lumbre. Reventarse a trabajar para sobrevivir. Cierto es, también, que algunas de aquellas masías tuvieron el privilegio de acoger a algún que otro desertor de la guerra civil, harto de los tiros y de las bombas, de los muertos sin sentido y de los lamentos de los heridos. Bien escondidos allí, o por las cercanas montañas, y avisados y cuidados por los masoveros, los guardias civiles nunca pudieron dar con ellos.





Terminada la cena, la actuación del cómico de turno, subido sobre un improvisado escenario, interrumpió el relato de la anciana. Se percató entonces de que se caía de sueño. Se despidió de unos y de otros y se fue a la cama. Le sorprendió, muy agradablemente, la habitación que le habían reservado, así como el resto del pequeño hotel. Estaba todo tan nuevo y moderno como limpio y aseado. Montado todo, además, con un gusto exquisito.





-¡Jo! -exclamó lleno de admiración- tengo que traer a los chalados aquellos que se burlaron de mí. En París, seguro, no los hubieran alojado en un lugar tan acogedor y agradable.





No acabó ahí la sorpresa. Antes de subir a su habitación, lo llamaron a parte y le regalaron una pequeña estatuilla de la fuente del pueblo. El detalle lo emocionó. Y cuando quiso pagar para poder marcharse al día siguiente, en cuanto se despertara, nadie le quiso cobrar nada. Pese a todo, le vino justo quitarse la ropa antes de caer rendido de sueño.





Durmió seis horas de un tirón. Nada más despertarse se metió en la ducha, recogió sus pocas pertenencias y salió a la calle. Llevaba en la mano la pequeña estatua de la fuente. Entonces, sin saber porqué, aunque había una conexión lógica, se acordó de una vieja película estrenada en su infancia, El manantial de la doncella. El agua como purificación, como señal de que, pese a todo, alguien está ahí. Él no lo creía. Sin embargo, veía aquella estatuilla como un pequeño reconocimiento, o una pequeña muestra de simpatía. Sonrió.





Bajó todas las ventanillas del coche. Estaba amaneciendo. Enfiló la carretera, llevando la estatuilla de la fuente en el asiento del copiloto. Sin prisas, disfrutando del paisaje, se acordó del estreno de aquella vieja película. Tenía ocho años entonces, y no pudo verla. Pero sí recordó el enfado, la ira, de una tía suya y de los escupitajos que lanzó, inducida por algún cura. ¡Marranos, Marranos! -repitió varias veces llena de indignación-. Tanto dijo que terminó por recordarle lo que una mañana contara una masovera en su casa: el intento, en plena guerra civil, de unos moros de entrar en la masía, donde estaban ella y su hija. Contándolo todavía le temblaban las piernas a la pobre mujer… Atrancaron puertas y ventanas, y saltando por una de ellas, corriendo monte a traviesa, se pusieron a salvo en una cueva que aquellos no encontrarían ni aunque estuvieran por allí mil años. ¿Por qué? -se preguntó él entonces- ¿Por qué? La indignación y las exclamaciones de su tía ante aquella película, que ella nunca vio, comenzaron a abrirle la mente.





No circulaba nadie por la carretera a aquellas horas. Se detuvo donde el arcén se lo permitió para disfrutar de los olores, de los bancales y del amanecer. Llevando la estatuilla en su mano, decidió ir a Caudiel y pasar por la masía de aquella mujer a la que habían intentado agredir aquellos salvajes. Así lo hizo. No bajó a la masía. Se limitó a contemplarla desde la carretera. No se atrevía a ir solo por aquellos andurriales.





-Algún día -se dijo- se lo diré a mi amigo Paco, y si puede, me vendré con él.





Estaba también bastante lejos del pueblo. Aun así, aquella mujer, día tras día, siempre llegaba a su casa, situada en la plaza, antes del amanecer.





-¡Dios mío! -se dijo recordando a las dos mujeres- ¡Cuánto trabajó aquella gente! Y desde luego que ha cambiado la vida. Y mucho. Para bien en algunos casos.





Yendo ya por la autovía recordó que, bastantes años después, en un cine de los llamados entonces de Arte y Ensayo, vio la película de Bergman. No entendió entonces, ni nunca, las diatribas lanzadas contra El manantial de la doncella, ni por su tía ni por otras muchas personas. A él le pareció una película tan bella como inquietante, nada escandalosa desde luego. La violación de aquella muchacha por parte de unos pastores sólo puede excitar a personas enfermas.





No recordaba ni una palabra, ni un insulto, en contra de las salvajadas de moros y cristianos. Pensando tales cosas volvió a sentir otra necesidad perentoria. Se desvió hacia una área de descanso. No había nadie. Detuvo el coche en medio de una explanada, sin árboles ni pilares pero llena de suciedad y desperdicios. Sacó la estatuilla, y la estuvo contemplado durante largos minutos, como si de ella pudiera salir alguna explicación. Luego, volviéndola al asiento del copiloto, enfiló el coche hacia el triste garaje lleno de columnas.





Para Amelia y Ricardo y la Asociación Cultural Aguanaj de Higueras



Etiquetas:   Recuerdos

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