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Los que escriben la historia


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25/07/2019

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Cualquier mentalidad crítica suele tener claro que quien ha venido escribiendo la historia de la humanidad son los que disponen de la fuerza para ello y se presentan ante el auditorio como poder, al objeto de domesticarlo para hacerlo inofensivo para sus intereses. Por coherencia con el dominio de la fuerza, la historia siempre ha estado repleta de leyenda. De tal manera que es el vencedor el que ha ganado también la batalla de la historia, hasta que la posteridad le pone en su lugar, si es que lo permite la nueva fuerza dominante, porque para ello el sentido crítico y la libertad, aunque bienes escasos, son fundamentales.


Hoy, inmersos en un ambiente de supuestas libertades y aparente espíritu crítico —evidentemente pura falacia propagandística—, la dinámica tradicional continúa, por lo que objetivamente planteada la cuestión no cabría hablar de un cambio de trayectoria en el planteamiento de la historia como leyenda. Sin embargo hay que matizar que la fuerza que mueve la maquinaria no tiene un sentido abiertamente bárbaro, sino que se pinta con tintes más civilizados, pero no por ello menos efectivos. Esa fuerza conductora es el capitalismo, claramente orientado en una dirección, que no es otra que crear capital sin limitaciones. A tal fin el objetivo es domesticar a las masas y hacer de ellas fieles creyentes de las bonanzas del consumo. Comprometido, como en otras épocas con la tarea de conservar su fuerza, para no romper la tendencia, sigue encomendado la función de escribir su particular visión de la historia a una legión de fieles servidores académicos que ha puesto en nómina, preparados en virtud de sus amplios conocimientos de copia y pega en la tarea de ilustrar a las masas y construir su historia. Esta elite intelectual, también al servicio de la clase política, personajes que otrora se movían en la solemnidad de la cátedra —procurada por sus méritos reconocidos con la ayuda del poder dominante—, en los nuevos tiempos se han visto auxiliados y a menudo desplazados por un colectivo de escribientes de vía estrecha que campan por la prensa en exclusiva, haciendo de ella un coto cerrado de amiguetes, para contar a las masas de creyentes su verdad oficializada sobre lo cotidiano. A medida que han ido avanzando los tiempos adquieren tal protagonismo que la vieja elite ya apenas cuenta. Dada su efectividad entre los crédulos, han asumido casi en exclusividad la tarea de construir esa historia de lo que interesa al mandatario de turno, simplemente haciendo noticiable cualquier estupidez, para regocijo de una masa de aburridos individuos.

Hasta hace poco tiempo quedaba en el aire el proyecto de internet, en el aspecto que iba más allá de lo comercial, por donde algunos campaban a sus anchas también tratando de dar una versión más o menos sesgada de la leyenda de la historia. Lo que permitía, desde la pluralidad, construir la historia con auxilio del sentido crítico de todos. Pero hasta ahí llegó, ya sin contemplaciones, el interés empresarial del capitalismo para poner orden. Aterrizaron las empresas multinacionales made in USA y no quedó lugar alguno para escribir la historia por libre, porque había que estar acreditado en alguna cátedra o inscrito en el clan. En cuanto al procedimiento, continúa siendo parecido al de antaño. Se da bombo y platillo a lo que por unas u otras razones interesa —generalmente publicitarias ya a primera vista— y se silencia aquello que no concuerda con los intereses dominantes —pura y dura censura en un ambiente de libertad de pacotilla—. Entre otros instrumentos, se crean algunas organizaciones, enciclopedias, revistas digitales, páginas web o blogs patrocinados por algún grupo de interés, en los que probablemente está el empresariado camaleónico, y allí se trata de concentrar la verdad del mandatario al uso, ya sea desde la oficialidad o curiosamente desde la aparente oposición, dominada por el mismo promotor.

Con todo esto, la historia ya no ha sido entregada a la solemnidad propia de las viejas elites para que ellas decidan en su sapiencia, ahora quienes cortan el bacalao son ciertos siniestros e ignorados personajillos del clan, autoconcienciados de su saber, que es muy escaso, y adelantados en la astucia del internet, que a la sombra de un nombre que les ampara aspiran a mandar decidiendo crear una historia a su manera. Ya no queda espacio para dejar que los hechos fluyan libremente, porque son ellos mismos quienes se ocupan de encarrilarlos. Internet ha fracaso, porque ha acabado siendo víctima de la publicidad, se terminó aquello que parecía adelantar en sus primeros tiempos, al final ha triunfado el interés del dinero de las multinacionales y la historia ha vuelto a ser prefabricada. Quiere esto decir que la leyenda histórica se ha devaluado en demasía, a la cátedra autorizada, pero fiel servidora del poder, ha tomado el relevo no solo la mediocridad, sino la simple ignorancia de una muchedumbre de creídos sabedores meritorios que condenan al silencio o aúpan al estrellato la noticia o los personajes que pululan por el mundo digital. La libertad que prometía internet se ha enfriado, porque hasta allí ha llegado el poder empresarial contratando mano de obra barata dedicada a evaluar quien debe incluirse en el plantel de su historia.

En este ambiente de puro monopolio informativo, el capitalismo debería guardar las apariencias, como a menudo hace en otros asuntos, y abrirse a la pluralidad empresarial sin censuras evidentes. Sin embargo parece estar incurriendo de manera abierta en los mismos vicios en los que otras fuerzas históricas, ya desaparecidas, cayeron en su momento. Es que el problema no resulta baladí, puesto que si se establecen censuras previas usando fórmulas sutiles o simplemente burdas, dependiendo de la ignorancia de los censores, la soberbia de los tapados responsables de estos últimos o el simple interés de grupo, la libertad habrá perdido toda esperanza de encontrar refugio y con ello sigue sin ser posible dejar fluir a la historia.





Antonio Lorca Siero

Jurista y escritor

Julio de 2019.



Etiquetas:   Censura   ·   Libertad de Expresión   ·   Crisis Social

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