. Por
coherencia con el dominio de la fuerza, la historia siempre ha estado
repleta de leyenda. De tal manera que es el vencedor el que ha ganado
también la batalla de la historia, hasta que la posteridad le pone
en su lugar, si es que lo permite la nueva
fuerza dominante, porque
para ello el sentido crítico y la libertad, aunque bienes escasos,
son fundamentales.
Hoy,
inmersos en un ambiente de supuestas libertades y aparente espíritu
crítico —evidentemente pura falacia propagandística—, la
dinámica tradicional continúa, por lo que objetivamente planteada
la cuestión no cabría hablar de un cambio de trayectoria en el
planteamiento de la historia como leyenda. Sin embargo hay que
matizar que la fuerza que mueve la maquinaria no tiene un sentido
abiertamente bárbaro, sino que se pinta con tintes más civilizados,
pero no por ello menos efectivos. Esa fuerza conductora es el
capitalismo, claramente orientado en una dirección, que no es otra
que crear capital sin limitaciones. A tal fin el objetivo es
domesticar a las masas y hacer de ellas fieles creyentes de las
bonanzas del consumo. Comprometido, como en otras épocas con la
tarea de conservar su fuerza, para no romper la tendencia, sigue
encomendado la función de escribir su particular visión de la
historia a una legión de fieles servidores académicos que ha puesto
en nómina, preparados en virtud de sus amplios conocimientos de
copia y pega en la tarea de ilustrar a las masas y construir su
historia. Esta elite intelectual, también al servicio de la
clase política, personajes que otrora se movían en la solemnidad de
la cátedra —procurada por sus méritos reconocidos con la ayuda
del poder dominante—, en los nuevos tiempos se han visto auxiliados
y a menudo desplazados por un colectivo de escribientes de vía
estrecha que campan por la prensa en exclusiva, haciendo de ella un
coto cerrado de amiguetes, para contar a las masas de creyentes su
verdad oficializada sobre lo cotidiano. A medida que han ido
avanzando los tiempos adquieren tal protagonismo que la vieja elite
ya apenas cuenta. Dada su efectividad entre los crédulos, han
asumido casi en exclusividad la tarea de construir esa historia de lo
que interesa al mandatario de turno, simplemente haciendo noticiable
cualquier estupidez, para regocijo de una masa de aburridos
individuos.
Hasta
hace poco tiempo quedaba en el aire el proyecto de internet, en el
aspecto que iba más allá de lo comercial, por donde algunos
campaban a sus anchas también tratando de dar una versión más o
menos sesgada de la leyenda de la historia. Lo que permitía, desde
la pluralidad, construir la historia con auxilio del sentido crítico
de todos. Pero hasta ahí llegó, ya sin contemplaciones, el interés
empresarial del capitalismo para poner orden. Aterrizaron las
empresas multinacionales made in USA y no quedó lugar alguno
para escribir la historia por libre, porque había que estar
acreditado en alguna cátedra o inscrito en el clan. En cuanto al
procedimiento, continúa siendo parecido al de antaño. Se da bombo y
platillo a lo que por unas u otras razones interesa —generalmente
publicitarias ya a primera vista— y se silencia aquello que no
concuerda con los intereses dominantes —pura y dura censura
en un ambiente de libertad de pacotilla—. Entre otros instrumentos,
se crean algunas organizaciones, enciclopedias, revistas digitales,
páginas web o blogs patrocinados por algún grupo de interés, en
los que probablemente está el empresariado camaleónico, y allí se
trata de concentrar la verdad del mandatario al uso, ya sea desde la
oficialidad o curiosamente desde la aparente oposición, dominada por
el mismo promotor.
Con
todo esto, la historia ya no ha sido entregada a la solemnidad propia
de las viejas elites para que ellas decidan en su sapiencia,
ahora quienes cortan el bacalao son ciertos siniestros e ignorados
personajillos del clan, autoconcienciados de su saber, que es muy
escaso, y adelantados en la astucia del internet, que a la sombra de
un nombre que les ampara aspiran a mandar decidiendo crear una
historia a su manera. Ya no queda espacio para dejar que los
hechos fluyan libremente, porque son ellos mismos quienes se ocupan
de encarrilarlos. Internet ha fracaso, porque ha acabado
siendo víctima de la publicidad, se terminó aquello que parecía
adelantar en sus primeros tiempos, al final ha triunfado el interés
del dinero de las multinacionales y la historia ha vuelto a ser
prefabricada. Quiere esto decir que la leyenda histórica se
ha devaluado en demasía, a la cátedra autorizada, pero fiel
servidora del poder, ha tomado el relevo no solo la mediocridad, sino
la simple ignorancia de una muchedumbre de creídos sabedores
meritorios que condenan al silencio o aúpan al estrellato la noticia
o los personajes que pululan por el mundo digital. La libertad que
prometía internet se ha enfriado, porque hasta allí ha llegado el
poder empresarial contratando mano de obra barata dedicada a evaluar
quien debe incluirse en el plantel de su historia.
En
este ambiente de puro monopolio informativo, el capitalismo debería
guardar las apariencias, como a menudo hace en otros asuntos, y
abrirse a la pluralidad empresarial sin censuras evidentes. Sin
embargo parece estar incurriendo de manera abierta en los mismos
vicios en los que otras fuerzas históricas, ya desaparecidas,
cayeron en su momento. Es que el problema no resulta baladí, puesto
que si se establecen censuras previas usando fórmulas sutiles o
simplemente burdas, dependiendo de la ignorancia de los censores, la
soberbia de los tapados responsables de estos últimos o el simple
interés de grupo, la libertad habrá perdido toda esperanza de
encontrar refugio y con ello sigue sin ser posible dejar fluir a la
historia.
Antonio
Lorca Siero
Jurista
y escritor
Julio
de 2019.