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La palabra


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19/07/2019

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Con la democracia, con el reino de la palabra, con los constantes intercambios de ideas, se desarrolla así mismo una cierta actitud moral más amable y más abierta.






Jacqueline de Romilly, Porquoi la Grèce?









Nunca como hasta ahora se me ha hecho más evidente, por si no lo tenía claro, que hay ciertos estudios, ciertos libros, y muchos ensayos, que se van complementando los unos a los otros. No se desdicen o contradicen, o cuestionan unos lo afirmado por los otros. No. Se van perfeccionando, añadiendo matizaciones, detalles o nuevas acepciones y ejemplos que van enriqueciendo las aportaciones anteriores.





Así lo primero que llama la atención en el libro de Jacqueline de Romilly, Porquoi la Grèce? es que, en ningún momento, se acude a la definición, muy manoseada por otra parte, de democracia. En lugar de ello, y nunca la etimología ha sido más irrelevante o falsa, se narran sus orígenes, su nacimiento y su desarrollo. Se debe la democracia a la idiosincrasia de un pueblo, a su forma de ser, a su gusto por el debate, por el intercambio de ideas. Así lo demuestra la autora del libro poniendo ejemplos y más ejemplos sacados de la Ilíada y de la Odisea. Y es tal ese gusto por la asamblea, por la discusión, que hasta el mismo Zeus acude a ellas, con los otros dioses, antes de tomar ninguna resolución.





Podríamos decir, por lo tanto, que la democracia consiste en el uso de la palabra, uso del que todos pueden participar. El heraldo, en el areópago, siempre pregunta si alguien tiene algo más que decir. Y no hace falta ser rico o poseer muchos bueyes o tierras para poder hablar en la asamblea. Ahora bien, también queda claro, acudiendo a otro libro, Guerra del Peloponeso, de Tucídides, que no es la democracia, precisamente, el poder del pueblo, pese a la misma definición dada por él: “Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia”1. El pueblo puede hablar, incluso juzgar, formar parte de un tribunal; pero será el estratego quien lleve a cabo la política que él desea. Previamente, eso sí, habrá participado en una asamblea, y habrá defendido sus puntos de vista, y habrá hecho lo imposible por sacar adelante sus proyectos. Es ejemplar, al respecto, el discurso fúnebre de Pericles, donde se viene a exaltar a la ciudad de Atenas, sus leyes y a su forma de gobierno. Todo conduce a un fin: al deseado por Pericles.





Evidentemente, y no solamente Pericles insistirá en ello, si la ciudad de Atenas ha llegado a la cumbre, a la plena convivencia y al sumo poder, es debido a que sus ciudadanos siguen a quien gobierna; y todos, sin excepción, obedecen a las leyes. No conocen otro soberano. Y por eso mismo no están dispuestos a ceder ante Jerjes ni ante ningún rey.





Bien es cierto, en palabras de Pericles, que “en la elección de cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad”2. Pero no menos cierto es que el poder siempre se decantó hacia la aristocracia. Que esta gobernara de una forma o de otra, es harina de otro costal. Pero esa inclinación, y el respeto a las leyes, es lo que convertirá a un régimen en tiránico o democrático. En este, además, se tienen que rendir cuentas. Y los tribunales no estarán formados, como en Roma, por la misma clase social que va a juzgar al encausado. Es decir, los senadores juzgan a los senadores. Tal como sucede ahora en ciertas partes de Europa. Siempre hay jueces afines y benévolos con los denunciados, máxime si han recibido prebendas o tienen tendencia a ello.





Evidentemente Pericles no era un cualquiera: su discurso, el que Tucídides pone en su boca, es un ejemplo acabado, muy bien trabado, para llegar al fin que él desea. No se logra semejante conocimiento labrando campos o pescando en los ríos. No habla Pericles, rindiendo homenaje a los muertos, en una asamblea. Nadie le replicó. Pero difícil hubiera sido, no imposible, oponer a ese discurso otro tan eficaz. Pericles, pues, logró lo que deseaba: no enfrentarse a los espartanos en campo abierto, resistir, tener paciencia. Por desgracia para la paz, y para los griegos, Pericles pereció durante la peste que se desató en Atenas; los estrategos que le siguieron ni de lejos tenían su visión de la política y de lo que era conveniente para la ciudad y el estado. Atenas se encaminó hacia la ruina por la ambición de unos y las prisas de otros.





Y sí, el pueblo tomará la palabra, y formará parte de los tribunales y asistirá a infinidad de juicios, y llegará al hartazgo3. “Pero la verdad -dice Evélpides, uno de los protagonistas de dicha obra- es que las cigarras cantan uno o dos meses sobre las ramas, mientras que los atenienses cantan en los pleitos toda la vida”4. No conviene olvidar que Aristófanes no era muy partidario de la democracia. Como tampoco lo eran Sócrates y Platón, entre otros.





Al poder participar todos los ciudadanos en los juicios, y poder denunciar todo el mundo a quien quisiera, hacía falta estar mínimamente preparado para poder pleitear. No tardó nada, pues, en nacer la retórica. Y la retórica, como muy bien demostró Gorgias de Leontinos,5 lo mismo sirve para salvar a un inocente que para acusarlo y conseguir su condena del mismo. De tal forma que la bella Helena puede ser inocente o culpable. Todo dependerá del enfoque que le dé el juez de turno. Y de lo hábil que sea con las palabras. No hace falta, por lo tanto, añadir que de la retórica a la palabrería hay poca distancia. El ejemplo más cabal es aquella famosa anécdota de un pastor que denunció el robo de unas cabras. El abogado defensor durante el juicio pasó horas y horas hablando de Homero, de Iliada, Odisea, y cuanta obra literaria le vino a las mientes para demostrar sus conocimientos y su erudición. Hasta que el pobre pastor le preguntó, angustiado, que cuándo iba a habar de sus cabras.





En el libro de Jacqueline de Romilly hay una enorme admiración por Grecia y por sus logros. Ambas cosas son indudables. Pero también lo es que no hay ningún régimen político que sea perfecto. Por la sencilla razón de que no lo es el hombre, que es quien los crea. Así que no le faltaba razón a Sócrates cuando se quejaba de que en democracia valga lo mismo su voto que el de un zapatero. O el de aquel que no sabía escribir, y le pidió, al mismísimo Arístides, que escribiera su nombre en la teja para que lo condenaran al ostracismo. ¿Razón? Que el campesino estaba harto de oír hablar de las excelencias del tal Arístides.





Ahora bien, y mal que le pese a Sócrates o a Platón, o a ambos, entre Atenas y Esparta, por mucho que ellos admiraran a esta, es mejor la otra. No hay más que ver lo que cada una de ellas ha legado a la posteridad. Está claro, no obstante, que el mal uso de las palabras, de los juicios, de todo, conduce siempre a la corrupción, a la charlatanería y a todo tipo de abusos. Pero todavía causa más espanto, y más estragos, una sociedad totalmente militarizada, como lo era la espartana. Creo, con Jacqueline de Romilly, que es mejor, mucho mejor, confiar en la palabra. Por supuesto siempre habrá descerebrados, necios y malas personas, que las utilizarán en su provecho, o para acrecentar el odio, que no la paz ni la concordia, entre las sociedades. A río revuelto, ganancia de pescadores Y siempre habrá gente descontenta, personas que creen merecer más de lo que tienen, que estarán dispuestos a prestarles oídos. Curiosamente algo similar plantea Pericles al comienzo de su discurso fúnebre. “Porque los elogios que se pronuncian acerca de otros sólo resultan tolerables en la medida en que cada uno cree que él mismo es capaz de realizar las mismas acciones que oye elogiar; pero ante lo que va más allá, los hombres enseguida sienten envidia y no lo creen.”6 Alguien juzgado inferior no puede, en consecuencia, estar en un escalafón superior por mucho que se lo haya ganado a pulso.





Y es más fácil, mucho más fácil, por eso mismo, mover a una sociedad hacia el odio y el motín que hacia la tolerancia, la paz y la concordia. Todavía no he visto, y me encantaría ser testigo de ello, a ningún político, o líder de masas, azuzar a estas para que vayan a todas las bibliotecas del país, y las disfruten y las gocen hasta el punto de que los libros se tengan que estar imprimiendo un día sí y otro también, sin descanso. No he visto una cosa semejante, ni creo que la veré ni en esta vida ni en la otra. Entre otras cosas porque eso sería, por parte de los políticos, tirarse piedras a su tejado. Además, y por desgracia, la retórica ha desaparecido. Ahora se trata, con grandes voces y gesticulaciones, con mucha megafonía y ruidos ensordecedores, de hacerse con el butacón, tal vez igual que hacían entonces los demagogos. No hay más fin ni propósito. Y como se carece de toda idea que no sea esa, y deshacer lo hecho por el otro, la política se ha convertido en el rechazo de los emigrantes, en escudos para protegerse de estafas y engaños, y en la feina del matalafer, fer i desfer7.





Por eso precisamente se debería ser muy cuidadoso a la hora de ir votar. A fin de evitar la llegada al poder de ciertos patanes, malas personas indudablemente, con las entrañas más negras que el carbón, incapaces de una palabra de concordia, integración y de paz. Lo patético de muchos de estos personajes es que, con sus soflamas, no hacen sino ocultar carencias, propias y ajenas. Como se sabe, y como puso en evidencia nuestro querido Torquemada, no hay peor inquisidor que el converso. Y aquí, si rascamos un poco, somos todos metecos o hijos de Adán y Eva o de Deucalión y Pirra, que tanto monta, monta tanto. Y con un puñado de esa tierra que juzgamos nuestra, y de la que se quiere expulsar a todo emigrante, nos va a bastar para toda la eternidad. Seamos, pues, buenos y benévolos en tanto estamos aquí. Y hagamos uso, al mismo tiempo, de aquello que es propio del hombre: la palabra. Y que esta sirva para tener actitudes más abiertas y amables. Vale.









1Tucídides, Guerra del Peloponeso, II, 37. Traducción de Juan José Torres Esbarranch. Biblioteca Gredos, Barcelona, 2006. Una nota a pie de página del traductor advierte que, según otros, la democracia se llama así “debido a que no se gobierna en interés de unos pocos sino en el de la mayoría.” Opus citada, p. 344





2Tucídides, Op.cit. II, 37





3Nada más ilustrativo al respecto que el comienzo de Las aves, de Aristófanes, donde los dos personajes de la obra huyen de Atenas hartos de juicios.





4Aristófanes, Las aves. Traducción de Francisco Rodríguez Adrados, Cátedra, letras universales. Madrid, 1987, p.188





5Platón, Gorgias.





6Tucídides, Op. Ctda. II, 35, 3





7En la faena del colchonero: hacer y deshacer.



Etiquetas:   Tolerancia   ·   Democracia

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