Con el corazón puesto en Venezuela



...Venezuela, más que de acusaciones personales, está urgida de un mea culpa colectivo. Hasta cuando no adoptemos una actitud humilde y serena frente a los problemas de la Nación, no alcanzaremos la claridad requerida para entender nuestra propia función social. Se necesita abrir un proceso de sinceridad y austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico. Volviendo sin cesar sobre los grandes y sobre los pequeños problemas de la sociedad y enfrentándonos a ellos con sencillez, con reflexión, sin impaciencia, lograremos hacer de la propia evocación de nuestra historia una manera de espejo donde podamos ver con claridad, no ya los acontecimientos pasados, sino nuestro desfigurado rostro presente... No, no son de mi autoría las anteriores líneas. Confiado en que la mayoría de nosotros, venezolanos, siempre pueda hablar como indica el título de esta entrada, que tampoco es mío, he querido traer a colación un fragmento escrito por Mario Briceño Iragorri, en febrero de 1953, durante su estadía-exilio en Costa Rica. Y lo hago impresionado por dos cosas:  1) Tuve hace algunos días un punto de honor a través del twitter con una personalidad venezolana de mucho curriculum y grandes pretensiones quien se expresaba con un discurso lleno de desprecio y desprendimiento respecto al país, tanto que, pensando se tratase de una ofuscación momentanea, me atreví a llamarle gentilmente la atención. El señor insistió y más se alteró. Y en todas sus posturas, hablaba de los venezolanos como si él fuese no sólo de otro continente, sino marciano o de otro planeta más lejano. Siempre he dudado de la gente que, cuando se va a referir a nuestros problemas dice "...en este país..." pudiendo, en cambio, decir en nuestro país. ¿Es que Venezuela es nuestra sólo cuando funciona? ¿Dónde estábamos cuando comenzó el declive? ¿Sabemos realmente cuándo comenzó?  Son preguntas que me parecen inevitables y urgentes.  Yo he desconfiado siempre de quienes dicen "en este país" como si se tratara de pasajeros de un buque del cual se van a apear en el próximo puerto. Yo vivo aquí y he trabajado siempre para construir y hacer progresar esta patria, y me resulta inaceptable que alguien que se dice académico, diplomático y demás yerbas finas, hable de Venezuela comos si, de repente, estuviera dándose un paseo por esta "sucia" plaza. No es la manera.  Creo, con Don Mario Briceño, que los mea culpa deben ser colectivos, que es hora de entender que la responsabilidad es de todos y es nuestra. Nunca será de un extraño maluco que nos quiere hendir su garra imperial. Las garras con que esta tierra ha sido infligida no han venido de contrabando ni por la fuerza, la mayoría de las veces han ingresado por la alfombra roja del aeropuerto de Maiquetía.  Así que basta de echar culpas, y mucho menos al otro. A ese otro extraño, inasible, imposible.  Asumámonos. Aceptémonos como somos, buenos y menos buenos. Y echemos p'alante de una vez por todas. 2) La segunda cosa que confieso me impresiona y por la que he querido compartir este escrito de Don Mario, es que pareciera que el tiempo no nos pasa, no nos hace mella: 1953 - 2011...  ¡¡Son casi sesenta años!! y las líneas de Briceño Iragorri cabría publicarlas en cualquier periódico de los que van a circular hoy mismo. ¿Qué nos ha pasado?  ¿Qué nos pasó? ¿Tendremos alguna responsabilidad en esta falta de progreso o de evolución?  ¿O será que alguien levantará la mano para señalar al culpable? Es todo, por hoy.