Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Filosofía   ·   Ética   ·   Poesía   ·   Medio Ambiente   ·   Filosofía Social   ·   Solidaridad   ·   Cultura   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Escritores



Aníbal, el Cil y otros personajes


Inicio > Ciudadanía
10/07/2019

185 Visitas



E historias que antes refería la tradición, pero que raramente encontraban una confirmación en la realidad, dejaron de resultar inverosímiles.


Tucídides, Guerra del Peloponeso.





I





Caminos y reflexiones





Cuando era joven y contaba con pocos y escasos medios soñaba, muchas mañanas, con cerrar los libros, coger el coche que no tenía, y meterme en la carretera en busca de algún pueblecito donde pasear, conversar con algún desconocido y almorzar. Me imaginaba aquellas mañanas como unas mañanas luminosas, llenas de paz y de tranquilidad, sin las angustias que me oprimían en aquellos momentos.





Como suele suceder muy a menudo, cuando tuve los medios para cumplir mis sueños, no lo hice, traído y llevado entonces por otros intereses y otras preocupaciones. No obstante, la idea de salir a la carretera, sin un rumbo fijo y determinado, predominaba en mí. Así que una mañana, mucho antes del amanecer, sin saber muy bien porqué, me levanté, metí en la mochila varias cosas imprescindibles, y bajé al garaje.





Puse la radio nada más salir a la calle. Anunciaban un día bochornoso, aunque nublado y con posibilidades de lluvia. Pensé, pues, que lo mejor era estar en algún lugar conocido a fin de poder refugiarme. Nada mejor que el pueblo. Aquello no era, desde luego, viajar sin rumbo determinado, pero no dejaba de ser un viaje. Era, en el fondo, lo que me importaba: salir de la monotonía.





Cuando llegué al pueblo, el cielo estaba encapotado. Corría un ligero vientecillo que refrescaba mis atribulados miembros. Me animé con aquella sensación y decidí emprender un camino largo. En este camino, además, tenía la posibilidad de desviarme e ir a una fuente, o seguir recto e ir a otra, mucho más alejada. Me decidí por esta última. Cargué la mochila en mis espaldas y me puse a caminar con toda la resolución del mundo.





El camino arranca con una buena subida que si bien se suaviza a los pocos metros, nunca deja de ascender. Apenas iniciada la andadura me percaté de que estaba un poco mareado. Me detuve, abrí la mochila y me comí un par de barras energéticas acompañadas de un buen trago de agua. Me maldije entonces por haber cogido solo una pequeña botella. En la mochila hay sitio para dos. El calor comenzaba a apretar. Bien es cierto que seguía nublado, pero el bochorno era inaguantable. Cada dos por tres, ascendiendo por aquella cuesta, me detenía bajo la sombra de un pino y trataba de recuperarme. No me encontraba muy bien. Más de una vez pensé en volverme atrás y dejar la excursión para otro día. Lo pensé, pero seguí caminando hacia delante. He de confesar, no obstante, que, en cuanto pude, me desvié yendo hacia la fuente más cercana, La Cabaira se llama.





Este camino no deja de ascender. Una ascensión suave, pero ascensión al fin y al cabo. Pensé que el regreso sería muy fácil, si es cierto, y no tenía porqué dudarlo, de que todo lo que sube, baja. Noté con alivio que me había pasado el mareo, pero ni aun así me hacían gracia mis pobres chistes. Pensé, eso sí, en las diversas historias que me habían contado sobre caminantes solitarios: uno que se cayó y se rompió la pierna, y al que descubrieron, al cabo de varios días, gracias a su teléfono móvil. Cuando pregunté porqué no había llamado, me dijeron que se había quedado sin batería. Afortunadamente yo siempre tengo la precaución de cargar el móvil todas las noches. Nunca se sabe lo que puede pasar. Lo comprobé. La batería estaba a rebosar. Y así estaría, pues estaba convencido de que nadie me iba a llamar. También me contaron otra historia de un hombre que salió a pasear, se alejó del pueblo, y allá lejos, le dio un bajón de azúcar, y se tumbó en el campo para fumarse el que, estaba convencido, iba a ser su último cigarrillo. Lo descubrió un vecino antes de que colapsara, y se lo llevó con el coche al pueblo. Eso lo salvó.





II









Un viejo corral









No sé cuántas veces he leído, a lo largo de mi dilatada vida, que asusta más la pompa de la muerte que la misma muerte. Es posible que sea así. Allí, en medio del monte, no había ninguna pompa. Todo era silencio y soledad, pues estábamos en época de veda, y ni perros ni cazadores se veían ni se oían corriendo, disparando o ladrando. Pensé entonces que, tal vez, había sido una desgracia que aquel vecino encontrara al hombre que había tenido un bajón de azúcar. Morir en el monte, sin que nadie incordie ni moleste, sin máquinas llenas de lucecitas y gráficos de colores, sin médicos ni enfermeras vestidos de extraterrestres, tal vez sea una envidiable muerte. A veces lo que juzgamos suerte no es sino todo lo contrario.





Detenido de nuevo bajo la frondosa sombra de un gigantesco pino, pensé que la única parte negativa de morir en el campo es yacer sobre la dura tierra en vez de hacerlo sobre un mullido colchón. Los caminos estaban llenos de pequeñas y grandes piedras, redondas, con aristas, negras, blancas, y de matas que era mejor no tocar. No obstante, siempre se podía buscar el arrimo de un pino, con una base un tanto uniforme donde poder sentarse y apoyar la espalda. No habría más que pedir en ese caso. Y, tal vez, entrado en trance de muerte, el cuerpo no note dónde está recostado. Quizás en esos momentos el hombre se convierta todo él en un puro y abstracto pensamiento sin contacto con la tierra; y, por ende, sin notar dolor.





-Como si el pensamiento -me dije poniéndome de nuevo en marcha- no fuera capaz de crear dolor y placer.





Tuve que reconocer, sin embargo, que no era equiparable ese dolor al de una aguda piedra clavándose en la espalda o en otras partes del blando cuerpo.





El calor comenzaba a agobiarme. Por momentos salía el sol. Era un sol furibundo, rabioso, casi imposible de soportar, al que seguían unos minutos de sombra, cada vez más bochornosa y pesada. Tenía la boca seca; pero quería racionarme el agua, así que me serví un caramelo y seguí caminando. Mis pasos eran muy cortos. Vacilantes. No hacía más que repetirme que debería volver al pueblo. Pero al mismo tiempo que me decía esto, seguía caminando hacia la fuente. No debía de faltarme mucho para llegar a ella cuando me pareció oír el ruido del motor de un coche. Me detuve en una orilla del camino. Efectivamente a los pocos segundos, me rebasó una furgoneta. El conductor, un hombre más o menos de mi edad, me saludó agitando la mano. Se perdió en una revuelta del camino. Cuando el camino se volvió a enderezar, vi que tenía que salvar una pronunciada cuesta si deseaba llegar a la fuente. La cuesta, además, era un furibunda mancha de sol pardusco. Me quité el sombrero para limpiarme el sudor y hacerme aire. Pensé muy seriamente en volver atrás. En dejar la fuente para el invierno o para otro día menos caluroso. La cuesta abajo sería, sin duda, mucho más llevadera.





Pensando en estas cosas, descubrí las paredes semiderruidas de un abandonado corral. Me reí. Pues tengo un conocido al que le encanta ir por esos montes de dios fotografiando corrales y masías abandonadas. Luego enmarca las fotografías. Y cuando hace exposiciones, todas esas ruinas se convierten en palacios y residencias de héroes homéricos.





-No le falta razón -oí que decía un día un visitante-. Seguro que los palacios de Edipo, Penélope y todos aquellos no serían muy distintos de estos corrales o masías.





-No creo que fueran -le respondió alguien- como esos palacios que nos ha presentado el cine con baldosas brillantes, acabadas de pulir, y con más cirios y velas que en una peregrinación a Luordes.





A mí me llamó la atención que romanos y griegos siempre aparezcan en las películas perfectamente afeitados o con unas barbas con más caracolas y rizos que la mar.





Pensé en gastarle una broma a mi amigo. Saqué el móvil y me acerqué al corral a fin de fotografiarlo. En el móvil cayó una gruesa gota. Creí que era de sudor. Rápidamente la limpié con el pañuelo. E iba a limpiarme la frente cuando cayó otra gota y otra y otra. Y a ellas siguió una avalancha furiosa y cerrada. No tenía refugio. Aun así guardé el móvil y crucé el camino para resguardarme bajo uno grupo de tupidos pinos. A los pocos segundos estaba empapado. Y a los pocos segundos vi que la furgoneta divisada poco antes se detenía frente a mi inútil refugio, y su conductor me hacía señas de que me acercara. No me hice de rogar.





-Lo he visto cruzar mientras descendía por el camino -me dijo-. Suba. Dese prisa -añadió invitándome con el brazo





-Le voy a poner el coche hecho un asco.





-Se secará con el tiempo. ¿Qué hace por aquí con este día? -me preguntó en tanto reanudaba la marcha.





-Estaba cansado y aburrido, y he decidido tirarme al monte.





-Ha escogido un mal día.





-Desde luego. Y lo malo es que no había dónde refugiarme. En ese corral donde estaba no queda ni un pedazo de techo.





-Todo eso ya ha sido abandonado. La vida, en algunos aspectos, ha cambiado mucho.





-Es innegable. Y no me diga -le dije intentando ser un tanto simpático- que ha venido usted por aquí para trabajar en algún bancal.





-No, no. He venido en busca de vestigios antiguos.





-¿Cree usted que estuvieron por aquí los romanos o los árabes?





-No he encontrado huellas ni de unos ni de otros. Pero yo quería buscar fósiles un poco más arriba





-Tal vez los moriscos -dije sin pensar muy bien lo que decía- si que estuvieron por aquí.





-Tal vez. Dígame, ¿tiene usted prisa por volver al pueblo? ¿Le espera alguien?





-No, ninguna prisa. Y nadie me espera.





-¿Le apetece ver una antigualla?





-Mientras no haya que caminar, lo que usted quiera.





-No se preocupe por eso.





III









La torre de Aníbal









A los pocos minutos de habernos conocido estábamos en la carretera nacional. El hombre conducía con una lentitud pasmosa. Tanta que me permitió ver una pequeña fuente conocida a un lado de la carretera. Le pedí, por favor, que se detuviera. Y allí bebí y me mojé la cabeza sintiendo un placer inmenso. Luego, y por si acaso, me comí otra barrita energética. Un tanto repuesto y descansado, y dando gracias por su generosidad, dejé que me llevara a visitar lo que él llamaba una antigualla. Intuí a dónde me llevaba. Estaba situada en una pequeña explanada rodeada de pinos.





Bajamos del coche. Ya no llovía. Este quedó a muy pocos metros de la torre que quería enseñarme. Era una torre redonda, no muy alta, con una puerta de entrada, y unas pequeñas ventanas casi a la altura del techo. El tejado era una pequeña cúpula parecida a un sombrero que viniera pequeño a la posible cabeza. Los ojos no se los iba a proteger, desde luego.





-Yo -comenzó a decirme mi generoso acompañante- siempre he conocido esta torre como la Torre del Molino. Cerca de aquí, es cierto, había un molino. Creo recordar que estaba gestionado por una familia de protestantes. Eso lo recuerdo porque un día fui al horno a comprar pan. Y allí estaba la molinera explicándole a la hornera que ellos, los protestantes, no comen caracoles porque estos son animales mundanos. Aquella expresión me llamó la atención.





-Todo el problema está -le dije entonces- en criar caracoles en cautividad.





-Pues los caracoles con la movilidad que tienen no creo que sepan mucho del mundo.





-A saber. Recuerde que uno se puede emborrachar con su propio vino.





-Sí, es cierto. Pero con eso nos estamos desviando del tema. ¿A usted que le parece esta torre?





-No lo sé. No soy historiador del arte. Pero no creo que Aníbal tenga o haya tenido nada que ver con ella. ¿A qué distancia está Sagunto de esta torre?





-A unos ochenta kilómetros, calculo.





-No creo que Aníbal viniera por aquí. Tal vez lo hicieran los forrajeadores del ejército. Pero ¿para qué querrían estos levantar una torre y más de piedra? No, imposible que se demoraran tanto tiempo.





-¿Cuánto duró el asedio de Sagunto?





-Entre seis y ocho meses, creo recordar. Imagino que durante ese tiempo devastarían todos los campos de los alrededores. Pero que yo sepa no los fortificaron. Bastante faena tenían con derribar las murallas de Sagunto.





-Mis razonamientos no son tan sutiles o bien fundados como los suyos. Pero siempre he sospechado, desde que le cambiaron el nombre, hace pocos años, que todo esto era falso. Es como la infinidad de carteles que anuncian, vaya por donde vaya, que aquello fue el camino del Cid. Si uno hace caso de esos carteles el pobre don Rodrigo de Vivar apenas descabalgó de Babieca, y eso que murió muy joven.





-Más les hubiera valido poner que fue camino de Julio César. Este sí que no paró. No sé como todavía no ha dado nombre a una agencia de viajes.





-¿Y qué le parece como torre de vigilancia?





-Que estas no tenían tejado. Puede ser un añadido posterior, desde luego. ¿Estos caminos llevan a algún poblado?





-No.





-Pues no lo sé. ¿Habitaron por aquí los moriscos? En la Sierra Espadán hubo muchos.





-Ese es un asunto que deberíamos estudiar.





-Sí. Esos y los maquis siempre han estado un poco dejados de lado.





-¿Y qué sentido tiene endosarle esta pobre torre a Aníbal?





-Pues el mismo que poner carteles anunciando que esta carretera o aquella fue el camino del Cid. Seguro que si le pregunta a la gente del pueblo ni saben quién fue Aníbal ni el Cid. Es absurdo. No creo, además, que haya venido ninguna expedición a ver la torre, ni que eso le haya dado vida al pueblo. Tal vez alguien cree que haciendo estas tonterías se le da prestigio al pueblo.





-No. Que yo sepa no se han hecho expediciones para conocer la torre. ¿Entonces?





-No le de vueltas. Darle un cierto brillo. Algún chalado que se leyó dos libros, no tenía nada mejor que hacer, y puso el cartel sin estudiar ni tener nada en cuenta; por el bien del pueblo. Siempre los hay allá donde vaya.





-Sí. Es posible que fuera así.





-Lo mejor es que venga algún historiador del arte, y le de su opinión.





-No vale la pena. Creo que es suficiente con lo que me ha dicho usted. Ahora, imagino que de tanto repetirlo, la mentira pasará a ser verdad. Al menos aquí... Por cierto, ¿qué va a hacer ahora?





Miré el reloj. Era temprano. Seguía estando nublado. Pero no me apetecía nada caminar. Estaba muy cansado.





-Sí, tiene razón: la mentira se hará verosímil. Pero no cambiará nada… Y, dada la hora que es, me voy a casa.





-¿No tiene familia aquí?





-Sí, pero no quiero molestar a nadie.





-Si quiere quedarse a comer…





-No, no. Se lo agradezco. Prefiero irme a casa y descansar. Aunque le parezca mentira estoy reventado. Ya sé que he caminado poco, pero…





-Lo llevo al pueblo.





Nos despedimos a pocos metros de mi coche. Al cabo de unos minutos me percaté de que ni sabía cómo se llamaba aquel buen hombre. Menos mal, eso sí, que le dí las gracias por haberme rescatado en aquel viejo corral en medio de un buen chaparrón. Fue una suerte que me encontrara en un camino por donde, seguro, ni pasaron el Cid ni Aníbal. Yo sí. Derrotado, pero pasé.







Etiquetas:

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
18873 publicaciones
4749 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora