Hace un año, para ser exactos la noche del primero de julio, cuando salió José Antonio Meade ante los medios, derrotado a reconocer el triunfo de López Obrador en las elecciones a la presidencia de la República, a pesar de que mi cabeza giraba a mil por hora y el miedo me invadía, guardaba la esperanza (ya voy a desterrar de mi vocabulario esa palabra que nos ha llevado a todo menos a eso), que todo se trataba de una pesadilla; de una lamentable equivocación en el conteo rápido, pero no fue así, por eso ¡no creo en los milagros!




