. Este último es el soporte del dogma que se
despliega en una doctrina que durante los dos últimos siglos se ha
desarrollado de forma imparable por el mundo, al objeto de construir
la sociedad capitalista. Para poner aquella al alcance de
todos, se expresa en ciertos mandatos recogidos en un catecismo
preparado para uso de fieles confesos y simples seguidores.
A los primeros se les adoctrina sobre cómo deben generar
permanentemente más capital sobre la base de la inversión y la
especulación. Para los otros, aunque no lo practiquen como
productores, basta con que se sometan a los mandatos de los fieles
del capital y no manifiesten oposición a la doctrina.
Como la cuestión siempre acaba por ventilarse en el mismo terreno,
cabría decir que, a efectos éticos, el capitalismo no es ni
bueno ni malo y en la práctica se podría añadir que ha aportado
algo más que sus predecesores a mejorar en lo material la vida de
las masas. Cabría señalar su contribución a la existencia de los
derechos individuales. E incluso, a decir de sus defensores
tradicionales —caso de Rothbard—, habría hecho posible la
libertad de las personas; mientras que para otros —por ejemplo
Hobson— es simple imperialismo dispuesto para arrasar con la
libertad. Lo único que parece estar claro es que como algunas
ideologías trata de ser renovador. En este punto hay que reconocerle
cierto mérito por eliminar de la primera línea existencial la
violencia, como fuerza dominante e instrumento para acceder al poder,
y sustituirla por el dinero.
En las formas, la doctrina coloca en primer plano el capital,
mientras que la cuestión de fondo es el control del dinero
como elemento clave del poder. Sobre la base económica, que ha
desplazado a la política de la fuerza, el capitalismo se ha
convertido en el centro del poder mundial a todos los niveles.
Su dominio sobre las masas se ha reforzado hasta tal punto que hoy
marca la línea a seguir en la existencia colectiva a través de sus
empresas fieles, imponiendo una forma de vida de la que casi nadie
puede escapar. Bajo su dirección se ha construido la cultura del
dinero, guiada por ese catecismo en el que se recogen los
preceptos a cumplir por fieles y seguidores, en la parte que
respectivamente les corresponde. A unos les anima la perspectiva de
riqueza y a otros la expectativa del bienestar. Pero
como todas las ideologías que buscan adhesiones resulta que es
utilizada por un grupo para dirigirla al ejercicio del poder, que en
este caso habla por boca del dinero. Y aquí está la elite
capitalista, es decir la que utiliza el capitalismo como poder de
grupo para gobernar el mundo.
Aunque no exenta de componente paradójico, la aparición del
capitalismo quizá sea una consecuencia del avance de la
civilización desde una perspectiva algo más pacifica, en la que las
masas asumen el papel de peones del poder y pasan a ser consumidoras.
Tanto los primeros oficiantes de la doctrina, por entonces llamados
burgueses, como hoy los empresarios, cumplen los
preceptos recogidos en el texto del catecismo y se dedican a producir
dinero para hacer crecer el capital, entregados a disfrutar del
atractivo de la riqueza, que no es sino un cebo para las
personas. Seducidos por la riqueza, trabajan para el desarrollo de la
ideología. Mientras que el capitalismo extrae sus beneficios
uniéndolos al capital y se queda con la mayor parte del poder,
a ellos les deja la miseria de la distinción con su cuota de poder
social y al grupo elitista el poder residual.
Objeto para la explotación son las masas, con sus individuos
anónimos, seguidores de la doctrina y fieles cumplidores de los
preceptos que les dedica el catecismo capitalista. Su cumplimiento no
requiere gran esfuerzo, basta con consumir para mayor gloria
del capital y desarrollo de las empresas. Dependientes del consumo
creciente les atrae con la falacia de un bienestar construido
desde la supuestas satisfacción de necesidades creadas por el propio
empresariado. Es un juego dirigido a atender necesidades crecientes
para alegría del mercado y hacer a las personas dependientes de sus
experimentos materiales sujetas a la tesis de la compra compulsiva.
Los individuos se sienten como hermanos, relatando al auditorio sus
problemas existenciales atrapados en sus redes que se han
llamado sociales, mientras permanecen unidos por el vinculo común
del consumismo, etiquetados con un número más que permite
acrecentar el poder de la empresas y la fuerza de la ideología.
Pocas preguntas y escasas respuestas, el catecismo capitalista es
extremadamente sencillo. No hay profundidad, al objeto de aliviar la
carga del pensar. Todo en él es formalmente abierto, rezuma
libertad, democracia, derechos, progreso, bienestar, pero el mandato
de fondo deja bien claro que nadie puede escapar de la jaula
capitalista. Allí dentro, el interrogante fundamental es: ¿cómo
ser un buen creyente en la doctrina capitalista?. La respuesta
es, para unos, produciendo sin límites y, para la inmensa mayoría,
consumiendo sin mesura.
Antonio Lorca Siero
Julio de 2019.