. Aunque en sus variadas formas ha venido siendo una
realidad muy presente hasta no demasiados años atrás, en teoría
esta situación de dependencia personal parecería que ha sido
erradicada o cuanto menos suavizada. Por lo que podría entenderse
que los hombres se han librado de semejante lacra. Mas llegados a
esta conclusión surgen dudas sobre si no será una verdad a medias.
Aunque la esclavitud en su sentido tradicional haya desaparecido,
salvo situaciones puntuales y casi anecdóticas, la realidad es que
en el fondo otra esclavitud sigue presente, y solamente han
cambiado las formas y el escenario en el que ahora tiene lugar.
Con
lo que pudiera llamarse esclavitud actual no se establece
abiertamente la dependencia a una institución, una corporación o a
un patrón siguiendo el modelo clásico, el entramado es más sutil.
Por una parte, parece no haber un dueño de la persona
afectada, pero lo hay, puesto que está obligada a seguir ciertas
instrucciones y pautas de comportamiento en beneficio de otro sin
posibilidad de rechistar. Por otra, la privación de libertad aparece
tan hábilmente disimulada que se vende a los esclavos la
creencia de que son libres. Hay que aclarar que ese dueño que
sigue atando con cadenas que impiden el libre movimiento de
las personas se llama consumo. A veces son tan cortas que no
permiten dar un paso al afectado y resultan en extremo agobiantes
para la libertad, en este caso se habla de consumismo.
El
nuevo patrón esclavista no podía ser otro que el entramado
de empresas capitalistas que coartan la libertad individual
utilizando técnicas de manipulación de última generación e
imponen a la mayoría de las personas la obligación de consumir para
que él pueda seguir alimentándose económicamente. Atendiendo así
las previsiones de la ideología capitalista, al objeto de hacer
extensiva su dominación sobre los hombres a perpetuidad. Claro está,
se dice, que siempre queda la opción de no seguir sus dictados. Sin
embargo, es tal la sensación de aislamiento que el afectado prefiere
ser esclavo a sentir el agobiante peso de la soledad
existencial.
Los
que ejercen los poderes
públicos, que se dice son producto de la voluntad del
electorado, aunque no sus decisiones, han visto en la promoción del
consumo la fuente del negocio de mandar, porque sobre esta base se
aumentan los ingresos y con ello las dimensiones del ejercicio del
poder. Y como el votante en el fondo no vota gobierno, sino a quien
dice promover el bienestar a través del consumo, hay que seguir el
juego establecido por el empresariado y satisfacer en lo posible la
pasión consumista de las masas. De ahí que en el mercado del voto
haya que promocionar discretamente el asunto de la esclavitud del
consumo para satisfacer a casi todos.
En
lo sustancial, algo tan aparentemente inocente como el
consumo, permite asegurar la fidelidad colectiva a un sistema que
habla permanentemente de derechos, libertades y democracia. Todo ello
con esa otra finalidad más crematística de incrementar las ventas
empresariales. Puesto que, al moverse sujetas a tales creencias, las
masas se entregan sin pestañear a los mandatos del consumismo,
aunque suponiendo que interpretan el papel central de la obra. Por
otro lado, lo de consumir concede cierto estatus personal a nivel
social, con su apreciable componente de bienestar espiritual.
A
la vista de lo cual todos parecen sentirse complacidos, sobre todo
el patrón, que ve como se
incrementa el negocio y se mantiene en disposición de dictar las
normas que marcan la existencia colectiva anulando la libertad de las
personas. Se observa que en realidad se trata de una nueva versión
de totalitarismo de naturaleza económica,
con la complicidad de la política que ampara sus intereses. Cuando
la posibilidad de elegir se ejerce dentro de la oferta del mercado
para el consumo no existe libertad, simplemente porque se trata de
una elección limitada que deja fuera otras opciones. En definitiva
es esto lo que viene a suceder. Por otro lado, se da la paradoja de
que el horizonte de la libertad está limitado al mercado, solamente
consumiendo se puede ser libre, fuera de él no hay libertad, porque
para eso están las normas que remiten al redil. A los indecisos, a
quienes dudan del poder del mercado, basta con imponerles consumir
por decreto y expropiarles su dinero, para
que el poder económico y el político puedan ejercerse con mayor
vigor.
Si el individuo dedica todos sus ingresos a consumir, y además se
endeuda, cumple su función social como ciudadano, porque satisface a
la sociedad, a sus gobernantes económicos y a los encargados del
orden político. Mas si se escaquea y ahorra, estropea las
previsiones presupuestarias. El flujo del dinero se escapa del
control del capitalismo oficial. De ahí la necesidad de atarle y
obligarle a consumir utilizando medidas de política económica y
técnicas de marketing comercial, diseñadas para dilapidar todos sus
ingresos y anular su capacidad de ahorro. El triunfo de la estrategia
oficial dependerá del grado de entrega al consumo y su mayor
eficacia reside en hacer más corta la cadena para sujetar de lleno a
los individuos a eso que se ha llamado cultura consumista. De
tal manera se conjuga cualquier posibilidad de contestación al
sistema.
Hoy la posibilidad de redimir a las personas de su condición de
esclavas del consumo y llegar a ser ellas mismas resulta utópica.
Aunque pudiera ser que estuviéramos ante lo que Bloch llamaba una
utopía realizable.
Antonio Lorca Siero
Junio de 2019.