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La Cueva Negra (Higueras)


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25/06/2019

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Cada cual está bien o mal según se sienta él. No es feliz aquel del que lo creemos sino aquel que lo cree de sí mismo.


Michel de Montaigne, Ensayos (Que el gusto de los bienes y los males depende en gran parte de la idea que de ellos tenemos).

Algo así, como lo afirmado por Montaigne, me dijeron una memorable noche en el curso de una larga cena. Vaya por delante, y esto quizás sirva para explicar lo que sucedió a continuación, que no me apetecía nada asistir a dicha reunión. Me di cuenta por aquellas fechas de que había perdido mi afición, de joven, de asistir a comidas y reuniones con conocidos y parientes. Cada día, y esto se me fue acrecentando con el paso de los años, detestaba más y más esas cenas en las que, inevitablemente, se producen tantas conversaciones, al mismo tiempo, como comensales hay. Me gusta, por el contrario, estar con una o dos personas, dependiendo también de quiénes sean estas personas. Pues las hay que jamás dejan terminar un razonamiento ni a la misma muerte: piden perdón, eso sí, para interrumpir cualquier conversación o razonamiento por muy serio o importante que este pueda ser. Me imagino que será porque, en el fondo, no les interesa más que su propia voz, con la disculpa incluida por truncar una exposición. Oyéndolos ecuerdo el dicho de que a algunos los dioses nos han dado una boca y dos orejas. A otros, por suerte o por desgracia, lo contrario.

Durante una época, finalizada ya felizmente, era inevitable que en toda reunión, cena o comida, apareciera un entendido en vinos y quesos, molestara a todos los camareros habidos y por haber, y nos hiciera servir un vino que era el mejor de cuantos se podían desear, y máxime, cosas de la moda, si se tenía en cuenta la relación precio-calidad. No había día que no repitiera alguien la consabida sandez.

Un día yo, de natural apocado y, en consecuencia, de pocas palabras, me atreví a decir que aquel vino ni de lejos era lo que se nos había prometido.

-Mira -me dijo el entendido- los vinos no todos los días ni a todos los paladares saben igual. Un buen vino, un día, por tu estado de ánimo, por un disgusto o una alegría, te puede parecer excelente, y al otro día no gustarte nada. Depende de ti.

-Entonces -le repliqué yo- las botellas de vino deberían llevar etiquetas que en vez de anunciar los grados de alcohol, y si tienen sabor a frutas, a madera, a cedro o a roble, indicaran: “para días soleados”, “para días felices”, “para días aciagos”, “bébase en caso de ruptura”, etc.

El sumiller, por supuesto, en ese preciso momento, fue atraído por otra conversación que se estaba dando en el otro extremo de la mesa; dejó mi digna apreciación sin su sabia respuesta. Pude oír que alguien estaba alabando la elección de ese caldo, así lo dijeron. Y él, ufano cual pavo real, se estaba deshaciendo en conocimientos vitinícolas. Nadie se atrevió a interrumpirlo.

Yo soy muy dado, allá donde voy a comer o cenar, cuando lo hago, a pedir el vino de la casa. Y ciertamente, he bebido vinos muy buenos, servidos en botellas sin etiquetas ni pegatinas. Bien es cierto que no tengo el paladar de muchos de estos egregios personajes. Tampoco, sin duda, tengo su vista, ni su sentido de la estética. Pero ese vino de la casa siempre me ha sentado bien, independientemente de mi estado anímico. Tanto como hacer lo que a uno le apetece en el momento en el que le apetece.

No pretendo convertir mis defectos, o posibles defectos, en virtudes. No. No es esa mi intención. Vaya, pues, por delante, y como ya he dicho antes, que soy un hombre bastante apocado, y de muy pocas palabras. Además, ni sé idiomas ni tengo facilidad ni para estudiarlos, ni para aprenderlos. Eso mismo ha hecho que haya viajado muy poco. Y lo poco que he viajado siempre ha sido por el país. Me aterroriza que me hablen y no entender lo que me dicen, o tener una necesidad, y que nadie me entienda a mí. Añádase a esto una creciente sordera que siempre me ha acompañado; y que, conforme pasan los años, como casi todo en esta vida, va creciendo y aumentando.

-Si es cierto -me dije un día con un tanto de sorna- que hay un vino para cada momento, y para cada situación, también debe haber un paisaje, un camino y unos libros.

Lo de los libros y las películas ciertamente ya lo había experimentado: releer algún libro, que en su día me encantó, me ha costado un verdadero esfuerzo. Creo que debido a mi situación anímica, pues en ese momento ya no estaba yo receptivo hacia ese autor y sus obras. No por ello le negaba su mérito.

Viajar viajaba de mi casa a mi pueblo, y de mi pueblo a mi casa. Guardaba silencio, pues, cuando en alguna reunión alguien hablaba de sus viajes a Cancún, al otro extremo del mundo, e incluso proyectaba ir a la luna o a donde fuera, siempre que estuviera lejos de su ciudad. Yo apenas me separaba cien kilómetros de esta. Pero un buen día, paseando por el monte, me encontré un fósil. Y a este siguieron otros. Eso despertó mi curiosidad y comencé a indagar. Fui adentrándome por sendas y caminos de la sierra, y descubriendo unos paisajes que cada día me gustaban más y más. No sé si debía a la tranquilidad de mi estado de ánimo. Desde luego, era una verdadera alegría levantarme, coger el coche y adentrarme por aquellas tierras. Un día, caminando, conocí a un chico de un pueblo vecino. Quedamos en que iríamos, los dos, a visitar la sierra de su pueblo, conectada con la del mío.Hicimos el trayecto por el monte tanto en coche, un todo terreno, como a pie, por allá por donde el coche no podía subir. Y fue así como conocí la Cueva Negra. Accedí a ella gracias a la ayuda de este chico, pues no sé tampoco caminar por sendas intrincadas. Rara es la vez que, yendo por ellas, no doy con mis huesos en tierra. Desde la Cueva Negra se disfruta de un paisaje magnífico. Abusando de la paciencia de Carlos, es el nombre de este buen chico, examiné la cueva con mucha atención. No descubrí nada: ni pinturas ni nada de nada. Me dijo Carlos que la cueva había sido utilizada para guardar ganado a lo largo de muchos años. El suelo, por lo tanto, estaba compuesto por años y años de excrementos.

-Tal vez si excaváramos encontraríamos algo.

Ni llevábamos instrumentos para hacerlo, ni era cuestión de ponerse a ello sin los correspondientes permisos. Pregunté entonces por fósiles.

-Estos se dan en la tierra caliza. En aquel monte de allá enfrente es posible que haya algo.

Permanecimos en la Cueva Negra durante bastante tiempo. Hicimos unas cuantas fotografías. Y pensé que era muy posible que, allá por la Prehistoria, allí hubiesen vivido nuestros antepasados. Me informó Carlos de la existencia de fuentes no lejanas. Aun así subir y bajar por allí les debió de exigir un esfuerzo ímprobo. Miré el paisaje una vez más antes de descender de la cueva. A lo lejos se extendía una cadena de montañas. Y extensas manchas de árboles.

-Esas -me dijo- señalándolas con su bastón- son las que recorren todos estos pueblos.

-Por aquí -dije pensando en voz alta- tuvieron que vivir los hombres durante la Prehistoria. Igual esta cueva les sirvió de abrigo.

-Más arriba, vamos allí y te lo enseño, hay un poblado ibero. Allí un conocido mío se encontró una moneda, no sé si de bronce o de qué metal. Y había una necrópolis. Pero las losas y lápidas las utilizaron para hacer las masías. Apenas si queda algo.

Y fue así como recorrimos parte de la sierra de Higueras. Y conforme lo hacíamos yo estaba más y más contento: aquel paisaje era una maravilla. Pinos, alcornoques, corrales. Y silencio y soledad.

-Mira -me dijo deteniendo el coche- este corral es muy curioso: está construido con arcos.

El corral es muy grande. Me llamó la atención el color de sus piedras: predomina el negro. Y me impresionó la anchura de sus arcos. Está en un buen estado de conservación aunque lleno de maleza. Pasamos allí largos minutos mirándolo y observándolo todo y haciendo fotografías. Luego me llevó a una lejana masía, donde, me contó, nació su madre.

-¡Cuánto trabajaron nuestros antepasados! Vivir ahí, sin luz, sin agua corriente, sin ninguna distracción. Lejos del pueblo…

-Sí, la verdad es que la vida ha cambiado mucho. Y en este caso para bien.

-Sería interesante -le dije- fotografiar todas esas masías, y escribir una pequeña historia sobre las familias que las habitaron.

-No sé si vivirá alguien que te pueda contar algo. Se puede intentar, sin embargo.

Bajamos a Higueras. Fuimos al restaurante. Allí nos tomamos unas fresquísimas cervezas, y me presentó a un grupo de personas. Unos eran del pueblo y otros eran veraneantes. Me llamó la atención un señor con un pequeño lazo metálico, amarillo, prendido de la camisa1. A mi lado una mujer, con un fuerte acento catalán, trató de llamar mi atención:

-Yo soy muy de sant Jordi, y todos los años, en su festividad, me compro un libro y una rosa. Para celebrarlo.

-Yo soy más bien de todos los santos -le dije rememorando la visión, desde la Cueva Negra, de todas las cadenas de montañas uniendo todos aquellos majestuosos paisajes tan solos y tan tranquilos.

Me di cuenta, entonces, cuando ya se iban todos, de que sí, de que tenía razón Montaigne: me sentía bien, había pasado una mañana preciosa. Estaba muy contento y satisfecho. Y comiendo en el restaurante de Higueras, con los dueños del mismo, me sacaron un vino de la casa al que no había más que pedir. Por no hablar de la comida y de la compañía. Un día perfecto.

1Se ha convertido en el símbolo de los independentistas catalanes, aquellos que quieren separarse de España.



Etiquetas:   Relativismo

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