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Requiem para los Partidos Instrumentales


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24/06/2019


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La narcopolítica o la corrupción de la política por el poder del narcotráfico, una amenaza de impacto internacional.


Para tomar razón del significado del riesgo que enfrentan los países de convertirse en narco-estados, es preciso contextualizar con algunas evidencias la entropía vivida por nuestra sociedad, a merced de las malas prácticas de las últimas cinco décadas.

La corrupción de las instituciones se ha incrementado a nivel global y se ha convertido en una pandemia que ha remecido Chile, América Latina y Europa. Era sospechoso que la clase política, supuestamente progresista, nunca intentara transparentar los hitos de corrupción durante los 16 años del gobierno militar. Un silencio que ahora se explica después del destape de los acuerdos secretos de la vergonzosa transición a la democracia que vivimos.

Chile durante la Concertación, asumió con gran autocomplacencia ser el menos corrupto dentro de la región. Pero, la verdad es que la política de los acuerdos incubaba una corrupción estructural que hoy nos tiene en crisis. Las antiguas fuerzas de izquierda descuidaron la ética en la política y la falta de principios generó hechos de profunda corrupción, que se fueron acumulando en el historial, como fuera el caso de los Pinocheques, los escándalos del MOP Gate y MOP CIADE, luego de los cuales la UDI de Pablo Longueira lanzó un salvavidas a Ricardo Lagos y se apagó esa crisis vía acuerdos secretos que pavimentaron el camino para el empate y la impunidad de los corruptos, manteniéndose ese lineamiento en los sucesivos escándalos que iba reporteando el periodismo alternativo de investigación.

Los escándalos acumulados fueron tumbando esa percepción de integridad que queríamos lucir, pasando gradualmente desde la entrega del Salar de Atacama a SQM en el gobierno de Patricio Aylwin, al archivo del caso de los Pinocheques en el gobierno de Frei Ruiz Tagle, los casos tenebrosos de corrupción en las obras públicas, en el gobierno de Ricardo Lagos y los escándalos de CAVAL y SQM durante el último gobierno de Michelle Bachelet. Cabe recordar que en los casos MOP las coimas por sobreprecios se triangulaban a los funcionarios de ese Ministerio usando a la Universidad de Chile, que aceptaba boletas ideológicamente falsas para blanquear pagos impropios, que los políticos quisieron justificar como “sobresueldos necesarios”. Luego vendrían los contratos leoninos en el sistema de concesiones, y el mencionado acuerdo Lagos-Longueira para “fortalecer la probidad” y tirar bajo la alfombra toda la basura, abriendo camino a una etapa mucho más generalizada de corrupción duopólica.

El resto es una situación constante que ha llevado a la pérdida de la capacidad de asombro de los chilenos: el financiamiento irregular de las campañas políticas en casos Penta- SQM, las facturas ideológicamente falsas, las asesorías orales, el cohecho para sacar la Ley de Pesca; la cínica acción de cobertura a los corruptos que se dirigió desde el poder utilizando indebidamente al SII, frenando las querellas por delitos tributarios. Luego, más recientes, la malversación extendida de los fondos reservados del cobre en el ámbito de la Defensa, las prácticas corruptas en Carabineros; el caso de los Jueces de la Corte de Apelaciones de Rancagua, los mismos que aparecieron en una foto de camaradería con el Senador Letelier. Todo se ha ido acumulando en un tropel de corruptelas a diestra y siniestra, incluyendo a los medios oficiales que desinforman con el mentiroso eslogan de que “las instituciones funcionan”. Es cierto, sí funcionan pero para beneficio de quienes se coluden desde la política y los negocios para mantener el poder y el statuo quo a como dé lugar.

De lo anterior están los registros vivos en la Memoria Ciudadana, gracias a la acción independiente de medios como Radio Bío Bío, El Mostrador, Radio Universidad de Chile, Ciper Chile, y la prensa digital ciudadana que funciona desde la RRSS como voceros de la sociedad civil.

Si oteamos la región latinoamericana veremos situaciones de corrupción a todo nivel, como ha sido el caso Odebrecht, que corrompió gobiernos en toda la región, con ex presidentes actualmente en la cárcel, en Perú y Brasil. En Europa se ha observado la acción corrupta de líderes progresistas de la social democracia y como consecuencia se ha visto que el péndulo ha inclinado las elecciones hacia la extrema derecha, que de esa forma ha accedido al voto castigo que viene del desencanto, el cansancio y la indignación.

A nivel global, una avalancha de hechos ilícitos y anti éticos se han sucedido sin tregua, abarcando todas las instituciones. Las relaciones impropias, el clientelismo, el tráfico de influencias, la colusión y la asociación ilícita para delinquir y encubrir. De esta decadencia no han escapado las instituciones religiosas, envueltas en sus propios casos de abusos a menores, pederastia al interior de los claustros, en una vorágine de corrupción que ha remecido la Iglesia Católica y también la Evangélica.

¿Cómo se llegó a este punto?

La transición a la democracia arrastró los vicios de un régimen de facto que demolió la democracia en los 70, en plena guerra fría. Y se inició precisamente cuando desaparecía la Unión Soviética, la URSS, caía el muro de Berlín y algunos postularon el fin de la historia, con el advenimiento del capitalismo global.

El neoliberalismo, dictaduras mediante, había generado una institucionalidad que en lo medular establecía un Estado minimizado, Subsidiario, dedicado sólo a atención de aquellos tópicos que no constituyeran puntos de interés para los negocios privados. Por ello, la transición a la democracia no fue un retorno a los valores democráticos republicanos anteriores al golpe de Estado, sino la consolidación y profundización del modelo neoliberal, con una oligarquía que concentraba el poder económico y que se transparentó en el libro Mapa de la Extrema Riqueza de Fernando Dahse, 1979. En la profundización del modelo ingresaron en los 90 a la minería, la banca, a las AFP, al retail, a las sanitarias, a las concesiones de carreteras, firmas multinacionales que mantenían lazos con la social democracia europea y en Chile tuvieron como anfitriones a las élites de la Concertación que regresaban de Europa. Con vasos comunicantes entre la política y los negocios, esos políticos otrora revolucionarios, actuaron por 25 años como administradores eficaces del modelo, que mejoraron en beneficio de sus relaciones empresariales internacionales. Irónicamente, los lobbistas de las multinacionales fueron termocéfalos revolucionarios que le hicieron la vida imposible al Presidente Allende, élites que en los 70 proponían la revolución a la cubana antes que a la chilena. Cuando Salvador Allende empujaba cuesta arriba la estrategia de vía democrática al socialismo, la desobediencia de grupos ultristas de su propio partido, el Partido Socialista, terminó siendo funcional al complot y al golpe de Estado.

Esa izquierda de la Unidad Popular reingresó a Chile a fines de los noventa, levantando el pragmatismo, creando partidos instrumentales, desprendida de principios doctrinarios, huérfana de liderazgos éticos a partir de la caída de los socialismos reales, con una visión utilitaria de la política. Esos sectores, otrora progresistas, migraron a una estrategia de alianza y negociación con sus clásicos “enemigos de clase”, resignando en el intento su propia legitimidad ante las masas de desposeídos. Frente al colapso de los socialismos reales, esas élites controlaron los partidos como instrumentos de poder. El vaciamiento de los principios provocó que , sin escrúpulos, los clásicos partidos de izquierda reclutaran militantes como agencia de empleos, que incurrieran en la distorsión de la Ley de Exonerados para colocar a su militancia como falsos exonerados para que se les asignara pensiones no contributivas.

Durante sus gobiernos generaron un sistema electoral basado en el binominalismo, que les aseguraba una cuota de poder permanente. Los partidos políticos se hicieron dueños de los sillones y en caso que un parlamentario fuese removido o falleciera, el cargo lo llena a dedo el partido, sin que se respete la segunda mayoría en las elecciones. En el poder, esa clase política perdió el norte y se cebó con el dinero, hasta perder todo pudor frente a sus representados, profitando del ejercicio de los cargos parlamentarios mejor pagados de la OCDE y elevando sin escrúpulos sus ingresos con una desfachatez repudiable.

El clientelismo generó máquinas internas que pelean no por ideas o miradas de país, sino por el control del timbre y la campanilla, porque detrás vienen los aportes del SERVEL, las inversiones inmobiliarias y el manejo financiero de un fuerte patrimonio. De esa concepción empresarial de la política, monopolizando cualquier clase de representación popular, los partidos pasaran a asociarse con poderes fácticos como lo es el poder corporativo multinacional, cuyo interés o máxima es conquistar espacios para buenos negocios. Esto significó que los partidos que en los 60 se nutrían y alentaban la lucha revolucionaria derivaran a un pragmatismo en donde el capitalismo no era ya la expresión materialista de la dominación, sino un espacio donde se podía construir oportunidades de fortalecimiento partidario. Este razonamiento significó que los partidos se convirtieran en verdaderas empresas destinadas a compartir cuotas de poder, obteniendo de ello ganancias reflejadas en influencia, universidades, ONGs, bienes materiales, financiamiento para sus campañas que les han permitido a muchos perpetuarse en poder con inmensas remuneraciones y privilegios.

De allí a negociar con financistas del narcotráfico hay sólo un paso. Sin el filtro de la ética y la debida fiscalización de la ciudadanía que contrapese su enorme poder, que “el fin justifique los medios” es un riesgo inminente.

Auditar las militancias, auditar a los caudillos y sus operadores rentados, es una urgencia nacional. Puede que ya muchos hayan aceptado apoyos económicos oscuros, apoyo de dinero sucio, colocando el alto riesgo la seguridad nacional. Una línea tenebrosa que quizá ya muchos han cruzado, lo que evidencia que estamos en el límite crítico, con los poderes del Estado corroidos por la penetración de las mafias. Y esto no es paranoia sino una cruda evaluación del actual estado de cosas.

Periodismo Independiente, 23 de junio de 2019 @hnarbona en Twitter.



Etiquetas:   Corrupción   ·   Democracia   ·   Partidos Políticos   ·   Sociedad Civil

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