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Julia y la nostalgia


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21/06/2019

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El valle… Aquel valle significaba mucho para Daniel, el Mochuelo. Bien mirado, significaba todo para él. En el valle había nacido y, en once años, jamás franqueó la cadena de altas montañas que lo circuían. Ni experimentó la necesidad de hacerlo siquiera.


Miguel Delibes, El camino.

Ni Julia ni yo éramos muy dados a hablar de política. No porque tuviéramos ningún tipo de prejuicio, sino porque la conversación se agotaba a los pocos segundos. No obstante, de vez en cuando, como es el actual caso, fue el tema central de alguna de nuestras conversaciones.

-Hay veces -me dijo aquella tarde- que viendo a la gente por la televisión, o en fotografías de los periódicos, en manifestaciones, saltando, gritando y reivindicando cosas, que me sangra el corazón.

-Sí -dije sin saber muy bien a qué se refería- hay injusticias que claman al cielo.

-No, no me refiero a ninguna injusticia en particular, sino al hecho de pedir cosas que son imposibles de alcanzar. Exigirlas me parece un poco necio.

-¿A qué te refieres?

-A lo que sucedía en aquella película, La vida de Brian. Uno de los revolucionarios se empeña en que en el programa de su partido se contemple la posibilidad de dar a luz los transexuales -él lo quiere ser. “Pero si tú no puedes tener hijos” -le viene a decir uno de los cabecillas-. Da lo mismo: él, o ella, quiere que conste ese derecho en el programa de su partido. Absurdo, ¿no?

-Sí, desde luego.

-Desde luego. Por eso me ha sangrado el corazón durante estos días. Ya sabes que estamos en período de elecciones. Y que este período se caracteriza por algo así como soltar a los más necios del país para que compitan entre ellos a fin de comprobar quién tiene menos sentido común y menos sentido del ridículo.

-Algo de eso hay.

-Debido al sistema electoral, todos se lanzan a pescar en cualquier río… Y durante esas fechas descubren que hay pueblos con ríos. Y que aquellos están dejados de la mano de Dios. Así que comienzan a prometer lo que nunca van a cumplir. Y la gente a reclamar lo que jamás van a conseguir. Todo sea por el sacrosanto voto.

-Ya, ya sé de lo que hablas -dije-. De lo que han dado en llamar la España vacía, ¿es así?

-Sí. Y del deseo de repoblarla.

-Una de las veces que fuimos al pueblo -le conté- en el bar estaba el filósofo de turno hablando del abandono de los bancales y de todas las tierras. Proponía, a fin de volverlos útiles otra vez, que todos esos emigrantes que dejan morir en el mar, los llevaran a las masías, les ofrecieran tractores y aperos de labranza y se pusieran a trabajar. No tardó, un vecino, en replicarle: ¿Y quién iba a comprar sus productos? ¿Quién va a levantar las masías? ¿Cómo van a competir luego con las grandes multinacionales? Contó, a modo de ejemplo, que tiene todavía bancales de olivos… pero un año, como sabes, hay cosecha, y otro no. Y lo que él, ayudado por sus hijos, tarda quince días en recoger, con maquinaria, en otras plantaciones, lo hacen en un día, y con un solo jornal. Imposible competir.

-De eso se trata, efectivamente: la vida ha evolucionado en un sentido, y es imposible dar marcha atrás. Para bien o para mal. Tendrían que cambiar muchas cosas. Y, desde luego, la solución no está, como dicen algunos necios, en fomentar la caza. Valiente estupidez.

-Pero eso, desde luego, no es una razón para tener a los pueblos tan abandonados como los tienen: sin médicos; y algunos sin los servicios mínimos.

-Estamos de acuerdo. Y cuando pasen las elecciones, nos vendrán otra vez con la milonga de que no hay dinero, de que no se puede tener un médico en cada pueblo… Y tal vez tengan razón. Pero quizás habría que hacer una distribución de la riqueza más equitativa, más justa y solidaria. De eso ya no quieren hablar. Ni ellos, ni prácticamente nadie.

-No. Ahora están muy ocupados con el aborto. Es todo de una hipocresía apabullante: dejar morir a un no nato es un crimen; pero dejar que cientos de personas se ahoguen en el mar es lo normal y lo corriente. Lo justo y necesario.

-El otro día sin ir más lejos -me contó Julia- una conocida me envió por el móvil una foto de un feto con la consiguiente inscripción del crimen, el pecado y no sé cuántas cosas más. Fíjate lo que son las cosas: jamás me han enviado una foto de un menor de edad segando en un bancal o cogiendo olivas con un frío que pela, y sin derecho a ir al colegio, o a tener una pequeña distracción… ¿Cómo quieren que no se vacíen los pueblos? Yo no emigré por gusto. Por mi gusto me hubiera quedado en mi pueblo. Estaba muy bien en el valle.

-¿Y qué hubiera sido de nosotros sin los libros? -pregunté un tanto estúpidamente.

-Hubiéramos sido distintos. Hay muchas formas de ser feliz y persona. Al fin y al cabo -me dijo riéndose- tampoco Cicerón, que sepamos, fue nunca a la ópera.

-Ni al cine ¿Y qué me dices de los niños obligados a participar en guerras como guerrilleros?

-Que eso no es vendible, políticamente hablando. ¿Qué van a proponer que no suene a falso? Como tampoco lo de los pueblos. Hay que cambiar muchas cosas para que la gente vuelva a su lugar de origen, o al del de sus abuelos. ¿Sabes? Una cosa que siempre me molesta mucho de nuestra literatura del Siglo de Oro, o de los Siglos, es el trato que se le da al campesino. Siempre es el tonto de la comedia, el hazmerreír, o el bruto infame y burdo que vive más allá de las murallas… Bien es cierto -añadió tras unos segundos de vacilación- que don Miguel de Cervantes, a través de Sancho Panza, reivindica al labriego. Sancho no es una figura cómica...Te podría citar tantas y tantas frases memorables suyas. Pero es mejor que te leas el libro -dijo por no levantarse e ir a por la libreta donde las tenía anotadas.

-Prometo hacerlo. Y con respecto al aborto, para seguir discutiendo, fue ese asunto el que, de bien joven, me provocó una fuerte crisis…

Julia me miró asombrada, con unos ojos como platos. Entendí lo que estaba pensando.

-No -la tranquilicé-. Por suerte, nunca he tenido que pasar por ese trance. Creo que, en general, se habla de este tema con demasiada ligereza. No es, ni debe de ser, una solución fácil ni para una mujer ni para un hombre, si llega a enterarse… Yo, en la universidad, me metí en un partido político, clandestino en aquella época, por supuesto. Pero no veía las cosas claras. Todo me parecía un poco inútil y absurdo. Y, desde luego, no comulgaba con todo.

-No te hago a ti hombre de partido.

-No sé si es un defecto o una virtud; pero no lo soy. Aun así milité durante un tiempo. Y un verano, con un compañero de clase, me fui a París. Allí, una tarde triste y gris, asistí a una clandestina conferencia de los más extremosos de los partidos que luchaban contra la dictadura, y se autoproclamaban demócratas. Y no sé porqué, en un momento determinado de la revolucionaria charla, comenzaron a hablar del aborto. Por supuesto todos los miembros de la mesa, organizadores y demás, eran partidarios del aborto. Pero una chica del público, no sería mucho más mayor que yo, pidió la palabra para defender otros métodos, pues un aborto, dijo, al fin y al cabo es una agresión contra el cuerpo de la mujer. Un miembro de la mesa le contestó agriamente, y al replicarle la chica, este hombre se puso en pie, y, puño en alto, comenzó a cantar La Internacional. Los demás lo secundaron. Nunca se me ha dado bien cantar. Salí de allí asqueado. Y nunca más he militado en ningún partido, ni en nada.

-En todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas. Y tienes razón: no es una decisión fácil para una mujer. Yo tampoco me he visto nunca en la tesitura de tener que elegir…

-Era mucho peor lo que se hacía en Roma o en Grecia. Allí exponían a los niños que no deseaban o no podían mantener. Edipo es el ejemplo más relevante.

-Y Pulgarcito en la cuentística. O Blancanieves. Y tantos y tantos otros…

-Sí, tantos que con ellos se hubieran podido repoblar varias aldeas de la España vacía. Pero me temo que eso es un proceso irreversible.

-Salvo que cambien muchas cosas. Es lo mismo que sucede, por ejemplo, con las grandes superficies, con los supermecados: estos han acabado con las pequeñas tiendas de los barrios. Compran en grandes cantidades, y sus productos son más baratos, aunque de peor calidad, que los de las pequeñas tiendas. Además, debido al ritmo de vida que llevamos, en una gran superficie puedes comprar de todo sin necesidad de ir de aquí para allá, sin perder un tiempo que luego se derrocha frente a la insulsa televisión.

-¿Sabes? -le dije- en París no sólo tuve esa “revelación” que te he contado antes. No sé porqué también me acordé mucho del pueblo. París me encantó. Pero resulta que no podía ir al teatro ni a la ópera porque no tenía dinero para ello. Iba por la calle y no conocía a nadie. Me pasaba días sin hablar con otra persona que no fuera mi compañero. Comencé a añorar el pueblo. Mucho. Aunque sabía que no iba a volver allí como no fuera de paseo, como hicimos el otro día. No obstante, me entristecía hasta el llanto cuando, de pequeño, me subían al tren y me hacían ir a la capital… No había para mí momento más placentero que cuando, al regreso, veía, a través de la ventanilla del tren, el campanario de la iglesia. No había, ni hubo, alegría más grande… No, ni es fácil emigrar ni abortar. No lo es.

-Se ríe de las llagas quien jamás ha sufrido herida alguna. O al revés. Algo así dice el primo de Romeo o este mismo. Ya no lo recuerdo.

-O quien las tiene en secreto. Creo que me entiendes.

-Te entiendo. Yo también hubiera preferido no salir del pueblo. Pero mis padres se empeñaron en ofrecerme una vida mejor de la que habían llevado ellos. Ahora, en justa compensación, todos estos que están en contra de los emigrantes, podían ocupar aquellas tierras y labrarlas. Por sus obras los conoceréis. Menos predicar y más dar trigo.

-Como diría un clásico estás pidiendo lo imposible: aquam a pumice postulare.

-¿Cotufas en el golfo?

-Agua a una piedra pómez. Pero tanto monta, monta tanto.

-Pues siendo así, vayamos a hacer la frugal cena de esta irrepetible noche de brujas o walpurgis.

-No me digas más.



Etiquetas:   Emigración

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