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Reseña "El año del pensamiento mágico" de Joan Didion


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13/06/2019


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Título original: The Year of Magical Thinking


Autora: Joan Didion.

Editorial: Penguin Randome House Grupo Editorial, S.A.U. (2005).

Traducción: Javier Calvo (2015).

ISBN: 978-84-397-2907-5

Páginas: 190.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz.

En El año del pensamiento mágico, la autora, Joan Didion, nos narra aquello que sucede tras la repentina muerte de su marido, el escritor John Gregory Dunne, el 30 de diciembre de 2003. Siendo los dos guionistas de éxito y escritores reconocidos en el ambiente literario estadounidense, quizá Didion se vio forzada a escribir este libro que narra una historia personal poco grata.

El resultado, es un libro magistral, de lectura ágil, sencillo, aunque profundo. Escrito con una aparente frialdad, es un texto analítico y racional, alejado del sentimentalismo fácil, pues pretende indagar en el proceso que sigue a la muerte de un ser querido antes que conmover. No le faltaban motivos a Joan Didion para que su narración se tiznara de emoción, dado que, tras la muerte de su marido, también su hija Quintana ingresó en el hospital a causa de una gripe.  Poco tiempo después, dicha gripe se transformará en neumonía y, finalmente, en un choque séptico. Antes de un año, Quintana encontrará la muerte. Suceso que Didion recoge en un libro emotivo titulado Noches azules.

La autora nos describe con precisión una etapa difícil en la vida de quienes tienen que sobreponerse a la soledad, a la angustia y al estado de alteración psicosomática que conocemos como duelo. Siendo una persona metódica y organizada, construye un relato en donde abundan los detalles personales (¿a qué hora ocurrió?, ¿cómo no pude evitar que sucediera?, ¿estaba vivo cuando entró en el hospital?) aunque se aleja de los sucesos para definir objetivamente ese estado personal, que tarde o temprano muchos tendrán que pasar.

Al principio, dirá Didion, hay una pérdida de la vida cotidiana que teníamos. Todo sucede en un instante y no queremos asumir aquello que ha ocurrido. Nos aturde ese impacto repentino, pues todo ocurre de modo imprevisto. En el momento del funeral y durante los primeros días tras el hecho luctuoso, las palabras de ánimo de los amigos y parientes nos mantienen en un estado ficticio. Con su apoyo, asumimos la pérdida de esa persona de un modo aparente.

No obstante, los días siguientes, cuando nos quedamos solos, crece la angustia y aparece el dolor. «Y el dolor por la muerte de un ser querido es otra cosa. Carece de distancia, viene en forma de oleadas, de paroxismos, de premoniciones repentinas que debilitan las rodillas, ciegan los ojos y cancelan la normalidad de la vida». Se tiene luego la sensación de tener «un nudo en la garganta; ahogo y necesidad de respirar», «un vacío en el abdomen, falta de potencia muscular y una intensa angustia subjetiva que se describe como dolor o tensión mental». Se cae así en un estado de shock que, lejos de catalogar como una situación pasajera de la que se sale con el tiempo, Joan Didion no duda en considerar como una enfermedad.

Cuando ya podemos pensar, negamos lo ocurrido. Ahí comienza el año del pensamiento mágico, en que no queremos tirar sus zapatos o corbatas, su ropa y objetos personales, para cuando vuelva a casa. «Yo había estado pensando igual que los niños, como si mis pensamientos o deseos tuvieran el poder de darle la vuelta a la narración y cambiar los resultados», nos dice la autora. No quería ver las esquelas mortuorias porque se negaba a creer que estaba muerto. No quería admitir su muerte, no quería dar la orden de que le hicieran la autopsia, no quise autorizar la donación de sus órganos, ni que le sacasen la córnea de sus ojos azules, porque no podía admitir que otros creyeran que John estaba muerto. No quería admitir esos ritos necesarios, porque si él quería volver necesitaría sus zapatos, sus órganos, y tendría que mirar.

Entonces, comenzamos a pensar como los niños, engañándonos a nosotros mismos, creando nuestra realidad imaginaria, ficticia pero creíble, verosímil para nuestra mente y, con más razón, cuando aquel que lo vive es escritor y tiene una imaginación poderosa.

«En la mayoría de los niveles superficiales, yo parecía racional», comenta la autora. Había admitido su incineración y participado en las exequias… «Yo había cumplido. Había reconocido su muerte. Y lo había hecho de la forma más pública que podía imaginar». Poco a poco fueron pasando cuatro o seis meses en la espera de que la vida cumpliera su parte del trato… «Que me lo devolvieran, fue durante aquellos meses mi objetivo oculto, un truco de magia», dice la autora. «Porque no creía en la resurrección del cuerpo, pero aun así creía que, si se daban las circunstancias adecuadas, John volvería».

«Y nada de todo eso me lo ha devuelto», afirma desolada.

Entonces, la autora se dedicó a leer metódicamente cuanta literatura especializada sobre el duelo encontraba: Una pena en observación, de C.S. Lewis; algunos pasajes de la novela de Thomas Mann La montaña mágica; los versos de W.H. Auden; los textos especializados de Freud, de Melanie Klein y de J. William Worden; los artículos en The Lancet y los del Brithis Medical Journal, y tantos otros, que la autora va analizando en el presente libro. Páginas que, alejadas de la emoción, van desmenuzando los efectos y las tipologías del duelo con un análisis certero y directo, tan en contraste con aquellas otras páginas en que nos muestra las anécdotas de su hija Quintana, sus miedos de infancia y los cuentos que le narraba: el miedo a ser cogida por El Hombre Roto, ese ser imaginario que representaba el miedo a la muerte y lo desconocido; o el cuento del niño dorado, ese niño al que se le pidió en el acto de coronación de un Papa que interpretara a un ángel, lo recubrieron con una capa dorada y a las pocas horas murió. Páginas extrañas que nos hacen pensar y nos introducen en ese pensamiento mágico y simbólico en el que “malviven” quienes pasan su duelo.

Otro aspecto interesante del libro destaca aquel pasaje del Cantar de Roldán en que se le pregunta a Gawain: «Oh, buen señor, ¿creéis acaso que tan pronto moriréis». Y Gawain contesta: «Yo os digo que no viviré dos días». Tal como había oído contar en otros casos y recordando los instantes previos a la muerte de su marido, la autora deduce que hay una cierta percepción en quien va a morir que le permite actuar a sabiendas de ello. Y en este sentido afirmará: «Solo el hombre que agoniza sabe cuánto tiempo le queda».

Joan Didion, analiza la visión del mundo clásico ante la muerte y, en contraste, el miedo de nuestro mundo contemporáneo ante ella, nuestra incapacidad para hablar de un modo natural de ese trance, a fin de no perturbar la alegría de quienes se divierten.

La autora analiza también la delgada línea que separa la vida de la muerte y se pregunta si los muertos se comunican con nosotros mediante premoniciones, pensamientos o intuiciones. Y Didion cita ese tipo de anécdotas en que los sucesos, no siendo lógicos ocurren, como aquel en que al abrir un libro de su marido encuentra frases que parecen respuestas directas a sus preguntas. ¿Existen esos hilos invisibles que conectan todas las cosas? ¿Se comunica el ser querido con nosotros mediante símbolos o detalles que son muy personales y nos mantenían unidos a él? ¿Es cierto que tras el instante de la muerte se percibe un túnel de luz blanca? ¿Pueden regresar el muerto a voluntad? ¿Se puede alcanzar ese trance y volver siendo el mismo? Todas estas cuestiones son motivo de reflexión en esta obra.

Pero tras la muerte de los seres queridos, la vida sigue y, a medida que ese año de duelo transcurre, se siente una gran sensación de vacío. ¿A quién contar esos detalles íntimos, esas preocupaciones que nuestro ser querido reconocía de inmediato? Ya no se tiene a nadie con quien compartir la vida en tal nivel de complicidad. Y en ocasiones, ese vacío y soledad da lugar a un sentimiento de rabia hacia el ausente. Rabia que se alterna con los sentimientos de culpa, por aquello que no hicimos por él, por aquello que no atendimos, «porque la rabia crea culpa y viceversa».

Joan Didion comenta en este maravilloso libro que, «siempre me había considerado a mí misma una persona capaz de buscarle y encontrarle el lado bueno a cualquier situación», aunque «no le veía el lado bueno a aquello». Había tenido mucha suerte hasta el presente, se repetía, y, por tanto, parecía lógico que ahora le tocara el lado más difícil y oscuro de la vida. Pero este es un mecanismo absurdo, que trata de repartir los beneficios y los males en todas las personas por igual, cosa que la experiencia nos enseña que no sucede; un mecanismo en que nos flagelamos a nosotros mismos cuando las circunstancias extrañamente funcionan y nos benefician, por temor a que cambie el sentido del viento.

Tras un año doloroso y complejo, nos dice la autora, «había atravesado la tormenta», «había buscado el lado positivo», y ahora tenía que encontrarle sentido a todo, sin refugiarse en la autocompasión que predicaban las canciones populares.

En este libro mágico, hay también un canto a esa relación sincera y profunda que es el matrimonio cuando se da una sana conjunción de caracteres: todos los recuerdos pasan por el ser querido, el tiempo se mide en relación a él, pues según la visión de la autora, «el matrimonio es memoria, el matrimonio es el tiempo». Aunque existía una falla en ese sólido matrimonio que Didion reconoce al fin: «Me pasé cuarenta años viéndome a mí misma con los ojos de John». Y en cambio, en este último año, «por primera vez (…) me he visto a mí misma con los ojos de otra gente», porque «cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal».

Y podríamos resumir las experiencias de la autora en un poema de Delmore Schwartz que ella cita:

«El tiempo es la escuela en la que aprendemos,

El tiempo es el fuego en que nos quemamos».   

En suma, este es un libro de cabecera que nos enseña a interpretar la vida, porque nos muestra el proceso de la muerte tal cual es, nos predispone a mirarla cara a cara, evitando los tabúes y prejuicios con que la encubre nuestro mundo contemporáneo. Un libro indispensable para comprender el proceso del duelo, ese trance doloroso que sigue a la muerte de un ser querido.







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