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El cuarenta de mayo


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12/06/2019

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Las palabras latinas versus y prosa, de las que se sacaron en los siglos XII y XIII los términos franceses correspondientes, pertenecían al vocabulario musical y designaban, por lo demás, sin gran precisión, diversos casos de ritmo.






Paul Zumthor, La letra y la voz de la “literatura” medieval.









Conocido es el famoso refrán de “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”. Hasta esta fecha, pues, según el refrán, hay que tener preparada la ropa de abrigo, no despojarse de ella, dado que el tiempo, pese a que parece decir, con su brillante sol y el aumento de temperaturas, que ya ha llegado el verano, puede cambiar, como de hecho lo hace.





He observado, además, que con esto del tiempo los medios de comunicación, algún que otro periódico, suelen ser bastante alarmistas. Sin duda prefieren ser tildados de exagerados que no llegar, o ser acusados de no haber previsto la tormenta que se avecinaba. Así llevo ya varios días leyendo noticias del mal tiempo que se aproxima, de lluvias, borrascas e inclemencias de todo tipo. Mientras no tenga que salir de casa esto no me preocupa mucho ni poco. Pero ayer tuve que salir.





Frente a la exigua terraza de mi casa, balcón lo llamaría yo, hay un panel electrónico puesto por la farmacia del barrio. En él me es posible ver, en sucesivos pases, el horario de la farmacia, la copa con las serpientes, el caduceo, el día en el que estamos, y la temperatura. Como lo puedo ver sin salir al balcón ni abrir el ventanal, no suelo apercibirme de si hace viento o no. No hay árboles en esa parte de la calle. En más de una ocasión, por lo tanto, he salido de casa con manga corta, y me ha tocado volver a por ropa.





Dice otro refrán que vale más sudar que estornudar. Hace años que, vaya donde vaya, siempre voy con una pequeña mochila en la espalda. Allí llevo las cosas que me pueden hacer falta. De vez en cuando, sin embargo, me da por ser elegante, y prescindo de tan deportiva prenda. Ahora bien, gracias al cine y a la televisión, he visto a muchos empleados de grandes empresas dirigirse al trabajo completamente trajeados y encorbatados, y con una mochila en sus espaldas. No son mochilas de paseo ni de alta montaña, desde luego; pero son mochilas al fin y al cabo.





Esas mochilas tan elegantes, de empleados de oficinas, no me acaban de convencer: soy de los que tomaron conciencia, rápidamente, de la necesidad de prescindir de las bolsas de plástico en tiendas y mercados. Voy a comprar, pues, con mi famosa mochila. La enseño a la graciosa cajera cada vez que me pregunta, al ir a pagar, sin quiero bolsita. No sé porqué estas chicas siempre hablan utilizando diminutivos: “¿Quiere bolsita”, ¿Tiene tarjetita?, ¿Quiere una pastillita de chocolate que está de oferta?”





Ayer por la tarde, antes de salir de casa, consulté el verde termómetro de la farmacia. Tuve que esperar a que pasara el caduceo, la hora de apertura y cierre y la fecha. Según los verdes números hacía calor. Decidí prescindir de la mochila. Luego, recordando las predicciones del tiempo, lluvia, pensé que era una tontería. La cogí y metí en ella un ligero jersey por si acaso. Aunque no me lo puse cuando comencé a caminar, me felicité por haberlo cogido. De hecho, en la parada del autobús, lo saqué de la mochila, hecho un higo, y me lo puse. En el autobús me lo quité. Y de nuevo en la calle, me lo volví a poner. Parecía el tonto del circo quitándome y poniéndome la chaqueta. O ciertos políticos desdiciéndose de lo que habían dicho y previamente negado.





Había quedado con un amigo para darle unos libros. Estuvimos hablando durante unos breves minutos. Y la conversación, en una cafetería cercana a la facultad de filología, versó sobre mi último y apabullante descubrimiento:





-Estoy convencido, desde hace muchos años -le dije a Esteban- de que me voy a morir sin saber latín.





-Así estamos todos -me respondió él-. Estoy haciendo una traducción de Salustio. El texto lo he leído infinidad de veces. Casi me lo sé de memoria. Pero una cosa es leerlo y entenderlo, y otra, muy distinta, traducirlo.





-Sí -afirmé- para eso hay que conocer muy bien los dos idiomas.





-Evidentemente. Cuando te poner a traducir se plantean infinidad de problemas que, de otra forma, ni aparecen.





-Eso sin olvidar -añadí- que toda traducción tiene fecha de caducidad.





-Por supuesto. Las palabras cambian y varían. El otro día, en una clase, traduciendo unos versos de Catulo, una alumna empleó los términos “bujarrón” y “sodomita” para designar lo que denomina Catulo con una palabra que, tal vez, se pueda traducir así. El problema estuvo en que el resto de los alumnos no sabía lo que significaban ni bujarrón ni sodomita. La traducción, por lo tanto, no era válida.





-Algo parecido me sucedió a mí en una clase, muy divertida por cierto. Hablando de las transformaciones del lenguaje les puse la famosa inscripción pompeyana, hic fotui cauponam. La autocensura funcionó. Tradujeron “aquí hice el amor con la tabernera”. Les hice caer en la cuenta de que cauponam estaba en acusativo. Y que sería más correcto decir, “Aquí me jodí a la tabernera”. El problema estuvo en que para mis queridos alumnos la palabra “joder” es una expresión, una exclamación; pero no una acción. Para eso está echar un polvo, tener sexo y demás lindezas.





-Además -me dijo Esteban- para hacer una buena traducción, hay que tener en cuenta el momento histórico en el que se produce el texto. El valor que las palabras tenían entonces.





-Durante estos días -le dije reafirmando lo que decía él- he vuelto a leer a Julio César. Esta mañana sin ir más lejos, he releído la batalla de Farsalia y el asesinato de Pompeyo. Y me ha puesto los pelos de punta la frialdad de César: relata muertes y muertes con una frialdad sorprendente.





-La grandeza del estilo de César. En clase hacemos lo mismo. Traducimos, explicamos, e ignoramos lo que hay detrás de las palabras.





-Sí, desde luego. ¿Cuántos muertos y sufrimiento hay tras el famoso Veni, vidi, vici?





-¿No te parece que estamos yendo demasiado lejos?





-No lo sé. Tal vez. Pero es lo que me preocupa últimamente.





Tenía prisa mi amigo. Siempre tan atento, pagó, se despidió y se fue.





Yo también me levanté para irme. Estaba abriendo la mochila en busca de mi jersey, cuando la persona, un profesor supongo, que estaba en la mesa de al lado, se me aproximó.





-Los filólogos -me dijo tendiéndome la mano- siempre tan preocupados por las palabras. ¿Tan importante les parece eso?





-Pues -le respondí sonriendo y apretando la mano que me tendía- por una parte qué quiere que le diga, y por otra qué le voy a decir.





-¿Y qué quiere decir con eso?





-Ya que la cosa está de moda, ¿Ha visto usted la serie televisiva Chernobyl?





-No, ni la he visto, ni la veré. No me interesa la televisión.





-Hace mal. Pero no soy quien para darle consejos. De todas formas, imagino que estará al tanto de todas las negociaciones de los líderes políticos tras las últimas elecciones.





-Sí, desde luego. Menudo pasteleo.





-¿Son importantes entonces las palabras? ¿Sí o no? Algunos aprovechan las traducciones para hacer proselitismo. Traducción hay que presenta a Séneca como cristiano, o cuasi cristiano. Y declaraciones hay de algunos líderes, memos, de estos partidos políticos que parecen leyendas. Sus declaraciones dejan en paños menores a eso de que Zeus, por no hablar del Espíritu Santo, se transformó en lluvia de oro y dejó preñada a una bella señorita encerrada en una torre.





-Pero para eso no hace falta saber latín.





-Nadie ha dicho lo contrario. Tampoco hace falta saber ruso para saber lo que sucedió en Chernobyl. Pero el caso siempre es el mismo: se juega con las palabras, se miente, y con las mentiras se defiende un determinado status quo. Lo hace César, lo hace Cicerón, Salustio… y no le digo nada de los líderes actuales y de los de la Rusia del famoso accidente nuclear. Todos tratan de lo mismo: de hacernos comulgar con ruedas de molino. Por cierto ¿ha visto usted alguna rueda de molino?





-Sí. Me la enseñaron el otro día en un museo. El guía nos recordó el refrán que acaba de decir usted, y los visitantes no pudimos por menos que reírnos. Es una terrible exageración.





-Lo es, desde luego. Y por eso mismo es muy gráfica. Las hipérboles tienen su aquel.





Y hasta aquí llegó la conversación. Nos despedimos. No sin antes decirle que jamás he considerado, como quieren creer algunos, que la filología esté fuera del mundo real, o no se preocupe por este. Conocer un lenguaje es conocer a quien lo usa o utiliza. Entre otras cosas para percatarse de la poca vergüenza que tienen algunos políticos. Como se sabe, toda la regeneración que traían, generación tras generación, es ocupar un sillón y vivir sin hacer nada. Y aquí paz y allá gloria. Y a mentir, que la vida son dos días.





Y con esas me fui a la librería. Y allí, una bella y joven dependienta, que me gusta mucho, me ofreció un libro que hacía tiempo que iba buscando. Me sonrió de tal forma que me emocioné. Pero en vano busqué entre las hojas del libro un papelito con su número de teléfono. No había nada. El texto en latín puro y duro. Otra vez será.





Al salir de la librería se puso a llover. Guardé el libro en la mochila, saqué el jersey de nuevo, me lo puse y eché a andar bajo la lluvia. Me di cuenta entonces que habíamos pasado ya el cuarenta de mayo, y todavía seguía el mal tiempo. Como me dijo alguien en una determinada ocasión: refrán antiguo mentira moderna.





-Habrá que seguir leyendo -me dije bajo una fina lluvia-. Tal vez algún día me encuentre el dichoso papelito con el número de telefóno.





La esperanza es lo último que se pierde en esta vida.



Etiquetas:   Palabras   ·   Traducciones

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