La humanidad atraviesa un expectante viaje y al mismo tiempo se ve asaltada por problemas ecológicos, espantosa desigualdad, inmensa masa de pobres globales, discriminación étnica, crímenes contra la mujer, ultraje a nuestra madre tierra, descomunal armamentos nucleares, bárbaro egoísmo, terrorismo global, refinada corrupción y el latente grito de guerra, masificada gracias al discurso de la competitividad y el consumismo, fomentado por un sistema educativo cognitivo relegando la praxis de la educación para la paz. Ante esta sociedad somnolienta en regazos de la tecnología que aún rinde culto a los más agresivos y sigue tendencias banales en la web, germina el docente ético, ejerciendo conscientemente un liderazgo educativo y como ingeniero social hace viable la construcción de una cultura de paz desde la trinchera pedagógica, demostrando su poder generador de paz en la esfera personal, social y profesional consciente que, “todo ser humano busca la felicidad” como sostiene nuestra amiga Rigoberta Menchú (2018).




