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Inquietud


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06/06/2019

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Para Jesús Ríos, con agradecimiento y admiración.






Al hombre, al más completo y cabal, le falta siempre algo; es como la tierra en que vivimos, que jamás el sol la alumbra en su totalidad y a un tiempo, sino que hay en todo momento un hemisferio de claridad y otro de sombra.





Ramón Pérez de Ayala, Las máscaras.





“Yo, desde luego” -así rezaba la larga carta que, aquella mañana, me encontré en mi ordenador, apenas lo conecté- “jamás he tratado de pasar por una persona cabal y completa. Nunca lo he sido. Siempre, por el contrario, he notado que me faltaba algo, o algo fallaba en mí. A veces, personas más o menos allegadas, me han echado en cara el ser demasiado exigente conmigo mismo, y, por ende, con la gente que me rodea. Es posible que tengan razón: ser tolerante, por ejemplo, si es que lo soy, me ha costado mucho. Y sea como fuere, desde luego, no soporto a los intolerantes, a esos partidos políticos o personas de extrema derecha que todo su programa, y todo su afán, lo cifran en el desprecio al emigrante, al que huye de su tierra en busca de una vida mejor. Defienden lo que ellos entienden que es suyo, su casa, su religión, su lengua, con tanta estúpida vehemencia, que, con la misma, podían defender otras voces y otros ámbitos si hubieran nacido en otros lugares. Empieza a ser preocupante la cantidad de seguidores que tienen estas gentes. No los tolero. Y me lo recrimino. A menudo me lo recrimino. Pero no los tolero”.





“El ser humano, salvo contadas ocasiones, es un ser pequeño, mezquino y miserable. En cuanto posee una casa, un coche y un ridículo trabajo, todo cree que es obra de su ingenio, de su esfuerzo y de su persona. Se atribuye los méritos que, en el fondo, sabe que ni tiene ni son suyos. De ahí la vehemencia por defender aquello que no es sino producto del azar, del destino, como dirían los clásicos. Es una suerte, desde luego, un claro destino, haber nacido en esta tierra y no en la otra; y es una suerte haber nacido en esta época y no en aquellas en que la guerra y la violencia era el pan nuestro de cada día. Y nada de eso, ni el lugar ni el momento, es mérito de cada cual. En nuestras pobres vidas apenas si tenemos margen para tomar pequeñas e intranscendentes soluciones o determinaciones”.





“Yo” -proseguía contando la carta- “tuve un amigo que, en edad muy temprana, y por motivos que no vienen ahora al caso, ingresó en un seminario de frailes. Era muy joven cuando lo hizo, y tenía una gran fe en todo cuanto decía y predicaba la religión católica. Un día, sin embargo, le sucedieron un par de cosas que le fracturaron la fe, o lo dotaron de un cierto sentido crítico. Este amigo mío nunca fue un amante del deporte. Cuando todos sus compañeros se dedicaban a correr tras una pelota, o a rebotarla contra una pared, él prefería ir, con otros, a pasear, o a sentarse bajo un pino. Allí sí, si tenía público, hacía lo que verdaderamente le gustaba: imitar a este y a aquel, sacarles la punta y caricaturalizarlos. Nunca, sin embargo, y así lo juró una y otra vez, lo hizo con saña o con mala sangre. Sus imitaciones eran graciosas, sin bilis, bromas amables. Eso sostuvo siempre él; pero claro está que tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Y alguno de aquellos personajes no le sentó nada bien esas inocentes bromas. Un día, pues, estaba, ante un entregado público, haciendo una de estas imitaciones cuando el imitado, al que le habían transmitido la noticia, se presentó frente a él, y sin mediar palabra le pegó un puñetazo en las narices. Cayó al suelo tan largo como era. Pero sin pensarlo dos veces, se incorporó y devolvió el golpe con creces. Se arrepintió enseguida de lo que había hecho. Esa misma noche, mientras el resto de los seminaristas rezaba el rosario, se confesó con uno de los frailes, y lloró a lágrima viva, tanto por el dolor causado como, y esto lo sospecho, la pésima aceptación que tenían, para algunos, sus inocentes imitaciones”.





“Poco después, estando una mañana en la cátedra, estudiando, alguien, en medio de un silencio sepulcral, emitió una risita. Coincidió aquello con el momento en el que él levantaba la tapa de su pupitre para buscar un libro. El fraile que los cuidaba, que iba por los pasillos formados por los pupitres, rezando con su breviario, entendió que estaba ocultando su cara para que nadie viera que había sido él quien se estaba riendo. Y ni corto ni perezoso se dirigió hacia él.





-Eres un hipócrita -le espetó el fraile.





Se quedó con cara de estúpido. Pero no tardó en relacionar lo que había pasado. No sabía, por otra parte, qué significaba la palabra hipócrita. Aunque por el tono empleado, algo le decía que nada bueno. La buscó en el diccionario, primero, cosas de la edad, escrita sin hache, y luego con esta grafía por delante. La escueta definición de su diccionario infantil se le grabó a fuego en la mente. Y se propuso, entonces y para siempre jamás, que nunca nadie más lo volvería a acusar de semejante cosa. Siempre haría aquello que pensaba, y siempre pensaría lo que iba a hacer”.





“Como puedes imaginar” -continuaba la carta- “una exigencia más alta que la más alta cumbre y a cuya cima han llegado pocos, si es que alguien lo ha hecho”.





“Aquello, y tal vez no podía suceder de otra forma, lo llevó a una crisis religiosa que, poco después, le hizo abandonar el seminario. Pues se dio cuenta de que estaba perdiendo la fe. A raíz de los sendos puñetazos que se propinaron durante el recreo, en el refectorio, antes de servir la cena, fueron llamados ambos contendientes para que se situaran en el centro de la sala. Allí, bajo la atenta mirada de todos los seminaristas, de pie ante las mesas, bajo un silencio sepulcral, conminado por un fraile, mi amigo se tuvo que arrodillar frente a quien había imitado y golpeado, y besarle los pies. El otro no fue obligado a hacer lo mismo. Mi amigo luchó durante meses y meses para aceptar la justicia de aquella exigencia contra la que, al mismo tiempo, no dejaba de rebelarse. Y fue así como comenzó a dudar de que el cristianismo tuviera la razón, o fuera la religión cierta y verdadera, en contra de otras a las que los frailes trataban de humillar o menospreciar. Inconscientemente, las comparaba con su compañero y con él”.





“-De acuerdo -se decía- yo lo he hecho mal: me he burlado, aunque sin malicia. Y no he puesto la otras narices, sin duda porque no las tengo, para que siguiera golpeando. Pero tampoco había motivos para pegarme. No. No los había. ¿Y por qué solo yo tuve que pedir perdón? ¿Qué hubiera pasado si hubiese sido al revés? ¿Y por qué un budista o un musulmán tiene que estar equivocado y nosotros en poder de la verdad? Si hubiéramos nacido en China, o en Arabia, seríamos diferentes, practicaríamos otra religión y hablaríamos otra lengua, y, tal vez, también estaríamos convencidos de que somos nosotros quienes estamos en poder de la verdad. Y otros frailes, estoy seguro, también hubieran hecho que este se disculpara conmigo. ¿Por qué solo yo?”





“Quizás saberse débil” -continué leyendo aquella mañana en mi ordenador- “sea algo privativo de personas fuertes. Siempre, no obstante, he creído lo contrario: admiraba a las personas que decían algo y lo mantenían contra viento y marea; me parecían dignas de lástima aquellas que dudaban, que cambiaban de criterio y que siempre parecían tener los pies sobre arenas movedizas. Hoy, por el contrario, lo veo de forma totalmente distinta: admiro a quien duda, a quien ofrece varias visiones sobre un mismo asunto, y sospecho de quienes mantienen una opinión a machacamartillo. Además, una persona que duda nunca, o muy rara vez, se enfada con el contrincante, pues sabe que las cosas, la realidad, se puede ver de formas distintas. Los otros, por el contrario, recurren enseguida a lo típico de quien no tiene argumentos: el insulto, la amenaza, la humillación. A menudo me he preguntado si se pueden sufrir estas sin alterarse, sin prestarles la más mínima atención. Me vino a las mientes entonces, no mi humillación en el refectorio del seminario, sino una anécdota que alguien me contó sobre Sócrates. Sí, creo que era sobre él. Alguien, en el transcurso de una conversación, en Atenas, golpeó a este buen hombre. Pero Sócrates no respondió a la violencia de su oponente. Asombrados los otros contertulios le preguntaron cómo se había quedado tan impasible ante los golpes. La respuesta fue de las que hacen época:





-¿Cómo enfadarte contra un mulo porque te haya pegado un par de coces? Está en su naturaleza”.





“Durante mucho tiempo” -proseguía la carta- “me he preguntado si en la naturaleza del hombre está la violencia, la segregación, la estupidez, o la solidaridad, el humanismo, o todo junto y revuelto como en un cajón de sastre. Me inclino a pensar que está todo esparcido, y que a lo largo de la vida, cada uno va escogiendo, según educación, o lo que sea, este o aquel hilo, este o aquel botón. Y así, al final, quedan trajes distintos… No es una metáfora muy afortunada. Pero, y sabiendo que soy incompleto, que no llega la misma cantidad de sangre a todas las partes de mi cuerpo, prefiero, con mucho, a quienes no desprecian a nadie, a quienes son capaces de hablar sin ofender.





“El otro día” -continuaba la carta tras un interlineado más espaciado- “me fui a pasear por la ciudad. Al cabo de unas horas, entré en una librería. Sobre un enorme mostrador había un montón de libros. Estaban de oferta. Por unas pocas monedas salí cargado con muchos libros. Entre ellos había uno de Azorín. Fue el primero que me puse a leer nada más llegar a casa. No tardé en percatarme de que lo había leído hacía tiempo. No obstante, lo volví a leer. Azorín es el escritor que, dejando aparte su maravillosa prosa, dice cuanto tiene que decir sin que nunca sus palabras resulten ofensivas, amargas o ácidas. Creo que nadie se puede sentir ofendido leyendo sus críticas. Me vino a las mientes porque ahora, gracias a un partido político, se está reivindicando la España de la Reconquista, o del Impero. Azorín, en su libro, hace una crítica terrible de esa España. El libro se titula El alma castellana (1600-1800). Hay pasajes verdaderamente inolvidables: la picaresca, los maridos que viven de sus mujeres, que son malas de su cuerpo… Qué maravilla de expresión. O de las madres que casan a sus hijas con un hombre tan lleno el cuerpo de bubas como la bolsa de oro”.





“Aquí tienes, querido amigo” -la carta estaba finalizando- “una bella tradición de la que nadie habla, y que, como muchas otras, ha sido enterrada y olvidada. Pero que estuvo vigente al menos hasta el siglo XVIII. La critica Moratín, también sin acritud, en su famosa pieza teatral El sí de las niñas. Casar a los hijos por la conveniencia de los padres. Tampoco creo que haya maridos que alcahuetean a sus propias esposas. Al fin y al cabo ya no somos un imperio en decadencia, aunque a algunos les gustaría volver a pronunciar aquello de que en España nunca se pone el sol. Es posible. Pero creo que es mejor alegrarse de que ese sol salga para todos, de que aún esté tras las bardas, y que no sea privativo de nadie, como la lluvia y el agua”.





“Y sí” -así rezaban las últimas líneas, donde se traicionaba- “con esto me despido: no fui capaz de asimilar el que sólo yo tuviera que pedir perdón, el que solo yo tuviera que besar los pies de quien me había golpeado. Creo, aunque tal vez exagere, que aquello fue el inicio de la pérdida de mi fe, de mi paso a persona un poco más adulta. El fraile que me impuso el castigo no le dio ninguna importancia al hecho de que abandonara el seminario poco después. Me gusta pensar, ahora, que tenía una gran confianza en su método de enseñanza, y que aquello lo hizo por mi bien. Lo quiero creer así. Y quiero, con Azorín, no ofender a nadie, pero tampoco callarme nada. Tal vez algún día lo consiga. Vale.”







Etiquetas:   Tolerancia   ·   Justicia   ·   Dogmatismo

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