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Julia y la impotencia


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11/05/2019

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JULIA Y LA IMPOTENCIA





Vicente Adelantado Soriano





Palabras seguras dirán quienes aseguran que se pueden conocer y se proclaman sabios.

Cicerón, Tusculanas.





Aquella tarde llegué a casa de Julia con un nuevo libro. Ni qué decir tiene que versaba sobre Cicerón. No conocía al autor. Tampoco tenía un precio excesivo, así que decidí arriesgarme. Y en el improbable caso de que a Julia no le interesara, me lo llevaría yo. Si valía la pena, luego se lo devolvería. Pero no tuve suerte: me lo quitó de las manos, y lo dejó inmediatamente en el pequeño montón de libros pendientes de lectura.

-Esto es una burrada -me dijo sonriendo- cuantos más libros leo, más tengo pendientes de leer.

-Bueno, afortunadamente -le respondí devolviéndole la sonrisa- tienes tiempo libre, mucho tiempo libre.

-Para leer siempre lo he tenido, cariño. Nunca me he creído esas necedades de la gente de “tener libros aparcados, qué expresión más horrible, porque no tienen tiempo para nada”. Es falso.

-La vida es una continua selección. Y cada uno escoge lo que le interesa.

-Sí; pero yo, por ejemplo, siempre he dicho que no voy a a los toros porque no me gusta ese espectáculo. Jamás me he escudado en la falta de tiempo. Con la lectura, sin duda porque está mal visto, nadie, o pocas personas, te dicen que no les gusta leer. Se escudan en el tiempo. Hace años en un libro de Salinas, El defensor, leí que el hombre actual se asemeja al medieval: como aquel, lleva una rodela en el brazo izquierdo. Y con ella detiene los los golpes de cuanto le desagrada: el tiempo le impide leer, vivir, hacer esto y aquello. Lo único que no les impide es vegetar. Eso traspasa la rodela.

-Tampoco es importante que lean o dejen de hacerlo. Si son felices así, adelante con los faroles. ¿Qué más da?

-Hombre, seríamos un país un poquito más culto. Ahora, que me cuestiones si eso es importante o no, ya es harina de otro costal. Yo creo que sí que lo es. Pero, doctores tiene la iglesia.

-Yo también creo que es importante. No obstante, hay algo que está por encima de la lectura, de la cultura. Es, tal vez, la virtud, el sentido común, la educación, la solidaridad... ¿Se consigue eso leyendo?

-Toda piedra hace pared, como me decía mi padre.

-Sí. Pero, no todo consiste en leer… Sabes que en nuestra familia siempre, al menos hasta ahora, hemos tenido problemas económicos. Yo me matriculé en la universidad por un férreo empeño de mi padre. Entrar allí fue para mí una inmensa alegría, la culminación de un sueño. Y tanto soñé con ella que llegué a idealizarla: imaginé que era un Parnaso, una academia de sabios, Atenas revivida ¡Y qué decepción! Hasta recuerdo que una vez vino a las aulas ni más ni menos que un premio nobel. Oyéndolo hablar me pareció un pobre imbécil.

-Creo que por esa decepción hemos pasado casi todos. No sé. Y con respecto a los premios, tal vez alguna vez los premios literarios o cinematográficos, o de lo que sea, han tenido alguna función orientadora o didáctica. Hasta que se descubrió que era un perfecta forma de promocionar algo, de venderlo, de hacer que la industria siguiera moviendo máquinas y produciendo ganancias sin causar grandes problemas. De ahí la vaciedad de muchas obras premiadas. Lo mismo sucede con algunas críticas. Sin olvidar la subjetividad de todo esto. Y los intereses crematísticos, por supuesto. Ahora bien, hay un problema añadido. No sé si derivado de lo que estamos diciendo o que tiene una cierta relación con él: en cuanto te sales del camino trillado, de lo que todo el mundo acepta, comienzan los verdaderos problemas.

-¿A qué te refieres? -le pregunté un tanto estupefacto.

-Me refiero a que si leo a cualquier autor de los anunciados y premiados, lo entiendo y lo digiero todo. Pero en cuando me voy, inducida por ti, a los clásicos, el sentido de la impotencia, muchas veces, me puede.

-Ya, Es como si a estas alturas comieras papillas. Las ibas a digerir muy fácilmente. Otros libros son duros de roer, y de digestión pesada. Pero ya sabes: lo dioses no regalan nada. O el que algo quiere, algo le cuesta.

-Sí; pero muy a menudo la impotencia y la desesperación pueden conmigo. Si fuera joven… Pero el tiempo pasa ineludible. Y cada día tengo la impresión de comprender menos cosas que el día anterior. No sé si debe a la pérdida de memoria, o a los años; pero hay días en los que termino de leer algo, trato de rememorarlo por la noche, y soy incapaz de hablar sobre lo que he leído.

-Quizás -le dije sin duda buscando consolarla- eso se deba a una deformación profesional: a los años pasados tomando notas de los libros, subrayando esto y aquello a fin de aprovecharlo en alguna clase…

-No te falta razón -me respondió-. Recuerdo que el primer día de mi jubilación, fue una verdadera alegría coger un libro y leerlo por el placer de leerlo, sin estar pensando en ejemplos, clases, charlas y demás cosas. Pero, claro, la parte negativa es que ya no retengo las cosas como las retenía antes.

-¿Y tiene eso alguna importancia? La memoria es muy importante, desde luego. No lo niego. Ahora bien yo, con un oído que es un desastre para la música, soy incapaz de saber, de memorizar, si las notas que están sonando son de Beethoven o de Mozart. No lo sé. Y no por eso dejo de oír música.

-Entiendo lo que quieres decir. Pero comprende que es muy frustrante estar tres o cuatro meses seguidos leyendo a Cicerón, por ejemplo, y ser incapaz de decir algo sobre él de forma sistemática, y con un mínimo de interés.

-Eso sólo lo podrías hacer si estuvieras recopilando datos y notas para un libro o un ensayo. Y si tuvieras una libreta llena de citas. Y no hace falta llegar a eso. Mira, cuando yo comencé a estudiar latín, me tropecé con varios libros y ensayos en los que los autores citaban ejemplos en esta lengua con una soltura sin par. Y los autores actuales dicen y sostienen que se habían leído esta obra y aquella, en latín, infinidad de veces. Tuve claro, desde ese momento, que yo jamás llegaría a su nivel. No por eso he dejado de estudiar.

-Quizás nos ha faltado nacer en otros lugares distintos, y con unos padres un tanto más agraciados.

-No creo que tengas ninguna queja, Julia: tu padre te apoyó siempre. Fuiste a la universidad, estudiaste. Tu padre fue un buen hombre. Otro te hubiera dicho que a coser, y a casarte…

-No me estoy quejando de él, por dios. Ni se me ocurre. Estaba poniendo de manifiesto las circunstancias. O como decía Van Gogh, si no recuerdo mal, la pobreza impide levantarse a los buenos arquitectos.

-Creo que las últimas lecturas te han sentado un poco mal. Tal vez ni tú ni yo seamos capaces, así de pronto, de explicar el pensamiento de Cicerón. Pero lo hemos leído, y lo seguimos leyendo, y hablamos de él… ¿Qué más quieres?

-Comprenderlo totalmente. Ya sé: me vas a decir que pido un imposible.

-No. Está muy bien que te plantees eso. Pero recuerda lo que has dicho antes sobre la universidad y algunos profesores: no todo lo que brilla es oro. Ni necesitas explicar a Cicerón ante ningún público.

-No, porque seguramente sabrá más ese público que nosotros. Ahora bien, me quedé sorprendida cuando, hace algún tiempo, leí que cuando le dieron el premio Nobel de literatura a Gabriel García Márquez, y le enseñaron la galería donde están las fotos, o los cuadros, de todos los ganadores de dicho premio, él apenas si pudo reconocer a unos pocos.

-Muchos de ellos son flores de un día. Y muchos de aquellos libros que yo me leí, donde se afirmaba haber leído en latín no sé cuántas obras, eran autobombos y autoalabanzas. Y no te discuto que hay gente muy buena, que han leído muchos libros en latín y aun en griego, y que dominan estas lenguas… Pero...

-Y nosotros no vamos a llegar a su nivel…

-No sé tú, Julia, pero yo jamás me lo he propuesto: en la vida hay muchas cosas que me gustan. Soy aprendiz de todas y oficial en ninguna.

-Te envidio. Me gustaría tener ese sentido tuyo. Yo me siento un poco impotente y fracasada.

-Ahora es cuando comienzo a comprender, efectivamente, que no has entendido a Cicerón -le espeté con toda la seriedad del mundo-

-¿Me estabas examinando? ¿Me estas dando cuerda para ver hasta dónde llegaba?

-Por supuesto. Pero tienes a tu favor que todavía no te has leído todas las obras de Cicerón. Por eso te he traído ese libro. Y me alegro porque te lo he dedicado utilizando un razonamiento suyo en latín.

Cogió el libro rápidamente buscando la primera hoja.

-Traduce -me dijo.

-Libremente -le respondí- sólo quienes se dicen sabios hablan con aplomo.

-Vale. No nos decimos sabios. Yo me consuelo, cuando por las noches soy incapaz de sistematizar mis lecturas, pensando que todo va formando un poso que conforma mi forma de ser y de actuar. Y tal vez, a través de los libros, he aprendido a ser, creo, una buena persona. ¿Tú qué dices?

-Que buena persona lo eres, y que tengo hambre. Y que, como mínimo, hemos aprendido a cocinar pocas cosas, pero muy sustanciosas.

-Tenemos que hablar de Cicerón.

-Julia, cariño, hemos hablado de él.

-Vale. Eres imposible. Vamos a hacer la cena.







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Vicente Adelantado Soriano, Educación Los absurdos encabezamientos de este y otros artículos, imagino que órdenes informáticas, no son del autor. Declino toda responsabilidad. Y lo lamento, pues ya he pedido varias veces alguna solución a fin de evitarlos.




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