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Ridiculeces


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09/05/2019

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@page { margin: 2cm } p.sdfootnote-western { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-size: 10pt; so-language: es-ES; line-height: 100% } p.sdfootnote-cjk { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-size: 10pt; so-language: zh-CN; line-height: 100% } p.sdfootnote-ctl { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-size: 10pt; so-language: hi-IN; line-height: 100% } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 115%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { so-language: es-ES } p.cjk { so-language: zh-CN } p.ctl { so-language: hi-IN } a.sdfootnoteanc { font-size: 57% } Dignificamos nuestras sandeces poniéndolas en letras de molde.


Michel de Montaigne, Ensayos (De la experiencia)





No hace mucho, hablando con una persona de diversos temas, me vino a decir, contestando a una pequeña broma, que sólo le faltaba a ella estudiar latín cuando tanto desahucio se estaba produciendo a lo largo y ancho del país. Al oírla pensé, estupefacto, que a quien le faltaba tamaña demagogia es a los pobres profesores de lenguas clásicas: cargar con las culpas de esas penas, y algunas más, por estudiar la lengua de César. Pregunté inmediatamente a dicha persona si el estudio del francés, del inglés, o de cualquier otro idioma, también estaba relacionada con lo que ella calificaba de felonías de los bancos y de los fondos buitres. Pasó a hablarme de la importancia de comer verduras varias veces a lo largo de la semana. Respuesta digna de un pobre político en apuros.

Cuenta la mitología griega, siempre tan sugerente y tan actual, que en las montañas de Tesalia había un caco. Este, que, al parecer, tenía un profundo sentido de la igualdad, no sólo robaba a quienes pasaban por aquellos andurriales sino que, luego, desplumados, los llevaba a una cueva donde tenía una cama de hierro. Allí los tumbaba en ella. A quienes les colgaban los pies, se los cortaba con una sierra. Y quienes no alcanzaban los bordes de dicha cama, los estiraba con cuerdas hasta conseguir la altura deseada. Y así, de esta forma y manera, el caco Procusto consiguió un pueblo de impedidos donde todos eran iguales, o, cuanto menos, alcanzaban la misma envergadura.

Como dice la zarzuela, los tiempos cambian que es una barbaridad. Sin duda porque no hay obra humana que no sea mejorable. Lo cual supone que la historia es como una especie de flecha que, más o menos rápida, va encaminada hacia el sol, hacia la felicidad. Así que el avance de la flecha nos acerca más y más a la dicha completa. No obstante, esta visión tiene su contrapartida: también los métodos de Procusto son perfeccionables. Y lo que antes este buen y primitivo bandolero lo hacía con las piernas de sus clientes, se hace ahora, o trata de hacerse, y se hizo también entonces, con las mentes y los cerebros. Es un trabajo más complejo y delicado, pero no menos efectivo y tan posible de calibrar como el otro.

Como se ha apuntado antes, no es un método nuevo. Ya se utilizaba en la antigüedad, bien exhibiendo la mesa de Procusto, la espada y el puñal, o lo que hiciera falta, o bien silenciando lo que no interesaba que se conociera. Así por ejemplo, se habló mucho, tal vez en demasía, de que el asesinato de César se debió a las ansias de poder de este, a querer ser coronado rey, un tabú para los romanos. Quienes lo asesinaron parece ser que fueron las mentes sanas que deseaban una sana república, como la que habían tenido hasta el momento, regida por senadores y tribunos y no por un déspota monarca, forma de gobierno que detestaban a muerte los romanos. Ahora bien, imaginemos que no estamos tumbados en la cama de Procusto, y podemos hacer algunas preguntas: ¿hubiera sobrevivido la república romana con toda la corrupción que arrastraba tanto ella como sus benditos senadores? Pocas veces se ha dicho, por ejemplo, que Bruto, uno de los asesinos de César, prestaba dinero a un altísimo interés, y que requería al ejército para, mediante la fuerza y la coacción, sacar el dinero que había prestado en provincias. Hasta el mismo Cicerón se escandalizó de estas actuaciones, pura extorsión y robo, que calló cuando le convino1. Tampoco se habla mucho de la corrupción no ya de los senadores sino del sistema electoral en sí: este, para llegar a los cargos públicos, exigía un enorme desembolso de dinero que, luego, recuperaban los senadores extorsionando a las provincias donde iban destinados. El mismo Cicerón actuó de acusador en el juicio contra Verres, famoso por sus robos a los sicilianos. Y él mismo defendió a otros, que hicieron lo mismo que Verres en otros lugares. No era muy coherente que digamos. Eso por no hablar de la corrupción en las mismas elecciones, donde todo cargo era factible de comprarse y venderse. Como dice el mismo Yugurta, cuando sale escaldado de la Urbe, en Roma, ciudad venal, todo estaba en venta2. Sobre esto no se ha hecho mucha insistencia3.

Hace mucho tiempo que se dijo, no sé por parte de quién, que un pueblo que no conoce su historia está obligado a repetirla. Es una frase digna de un subrayado, pero sin mucha sustancia. Un pueblo repite su historia, si es capaz de bañarse dos veces en el mismo río, si se dan las circunstancias que se dieron antaño. Cosa que sucede una y otra vez, con matices, ya que el ser humano siempre es distinto e igual a sí mismo. Tanto que sobrevive con tres o cuatro metáforas. Y así hemos podido comprobar que la corrupción ha campado a sus anchas por este país como lo hizo en su día por la Roma republicana. Nada nuevo bajo el sol. Se ha visto, una vez más, que a la corrupción lo mismo le da una monarquía parlamentaria que una república, una democracia o una dictadura: como persona inteligente que es se adapta a las circunstancias, y hace que estas se vuelvan siempre a su favor. ¿Y por qué conociéndose esto como se conocía no se denunciaba, o no se le prestaba la debida atención? Hay silencios muy cómplices.

Cierto es que en época de César y Cicerón no había periódicos ni televisiones. Ni había muchas personas que supieran leer. Pero eso nunca ha sido impedimento para transmitir noticias ni hacerse publicidad, ni para mantener cerrada la boca. Los senadores romanos lo sabían muy bien. Igual que César, que gastó ingentes cantidades de dinero en organizar juegos y luchas de gladiadores. El consabido pan y circo. Y, por supuesto, no descuidó a los letrados, a quienes dirige sus Guerra de las Galias y Comentarios de la guerra civil, entre otros. Pura publicidad, muy bien escrita, desde luego; pero pura publicidad. Terrorífica a veces.

El romano medio es, por excelencia, un espectador. Se le deslumbra con entradas triunfales, con luchas en el circo, con naumaquias o combates navales, con matanzas de animales exóticos, con carreras, etc. Todo para darle idea de que vive en una gran ciudad por la que vale la pena sacrificarse.

Ahora se habla mucho de las falsas noticias, dicho en inglés parece que es una cosa más seria y más novedosa. Pero las falsas noticias es algo tan viejo como el primer hombre que se rascó la cabeza. Interesaba, en tiempos remotos, saber o conocer, por ejemplo, si tal ciudad había caído en manos del enemigo o no para actuar en consecuencia. La noticia más famosa que nos ha llegado es de la carrera que se pegó el pobre soldado Fílipides, tras la batalla de Maratón, para que los atenienses no incendiaran la ciudad ni se dieran muerte. De haber sabido esto los persas, podían haber mandado dos o tres soldados con la noticia contraria, y Atenas, de haber ganado a Filípides en la competición, hubiera sido destruida.

No obstante, como se ha comprobado también a lo largo de la historia, y como sigue sucediendo, la mejor forma de hacer digerible una noticia, o de darle vuelta a la misma, es desvirtuar al enemigo, transformarlo para que esté permitido hacer sobre él todo tipo de barbaridades. Y así, de esta forma y manera, se han justificado todos los imperialismos, desde las matanzas de Galba en Hispania, las de los súbditos de Lepoldo de Bélgica en el Congo, las de Francia en Argelia, hasta las de España en México, etc. Sin olvidar, y hablamos del ayer más próximo, la esclavitud y los problemas que ha conllevado, frescos todavía en un país como Estados Unidos de América.

Siempre se ha supuesto que la gente sobre la que se ejerce violencia es una gente bárbara, sin alma, peor que animales, y, por lo tanto, todo está permitido con ellos. A veces hasta las falsas etimologías sirven para justificar semejantes barbaridades. Sabido es que la palabra fémina tiene su interesado origen en fe mina, de minus, a, um, es decir la mujer tiene menos fe. Es digna, por lo tanto, del desprecio. Apreciaciones son estas que hoy en día pueden inducir a la risa. Como la aseveración de que los negros no tenían alma. De ahí que en Valencia, en el siglo XVI, se produjera una gran expectación porque un negro cantó misa. La iglesia se llenó de bote en bote. Para más inri el sacerdote, negro él, dijo la misa en latín4. ¿Propiciaría esto algún desahucio? Las crónicas no dicen nada al respecto.

Leo en algún que otro medio que, hoy, para luchar contra tamañas ridiculeces y noticias falsas, se han creado oficinas capaces de detectarlas e impedir su circulación. Me parece un buen chiste. Pues evidentemente el antídoto en contra de todo esto no son las oficinas sino el sentido común, dos dedos de frente y un poco de cultura. Tener los pies en tierra, como decía un conocido. Lo cual no dejó de provocar la risa entre varios amigos, pues últimamente la tierra no está muy valorada como no sea para llevar una camiseta con animalitos estampados y algún que otro lema. Y así, no ha mucho, nos hemos enterado de que el dueño de un hotel rural, de un pueblo, ha puesto una denuncia porque un vecino tiene, o tenía, un gallinero, y a los gallos se les ocurre la feliz idea de cantar a la salida del sol despertando a quienes han ido al pueblo a poner los monótonos zumbidos de sus altavoces a toda pastilla y hasta altas horas de la noche, molestando a vacas, carneros, cerdos y hombres. Y a los gallos. Pese a todo, parece ser que el juez ha admitido la denuncia a trámite dándole la razón a Michel de Montaigne en eso que dijo en uno de sus ensayos, y que figura en el encabezamiento de estos desmadejados pensamientos. También se han puesto denuncias porque molestan las campanas de las iglesias o de los escasos conventos que quedan por el país. Y estamos a la espera de alguna queja porque la leche sale de las vacas. También hay de cabra y de burra, como sabía doña Cleopatra.

Sí, es una pena que los gallos no sepan escribir: también podían poder denuncias contra algunos de estos viajeros tan rurales. Pero dejémoslo, cantemos cosas de mayor entidad.

Hasta aquí, pues, las noticias falsas, o interesadas. Nada o poco podemos decir de aquellas que se silencian porque no interesan, puesto que las desconocemos. Aunque más o menos se pueden detectar. No deja de ser significativo, al respecto, que hoy en día un periódico, normal y corriente, dedique muchas de sus páginas a lo que se ha dicho o se ha dejado de decir en la televisión, a los gazapos de alguna serie televisiva, y, por supuesto, a todas las incidencias de algún partido de fútbol. Con eso, y con saber con quién se acuesta este o aquel famoso de medio pelo, vamos servidos. Bien es verdad que la flecha sigue avanzando a buen ritmo hacia la felicidad; y, como mínimo, hoy en día no se permiten los combates de gladiadores. Otra cosa son las corridas de toros. Pero sabido es que el bicho sale, como el gladiator cuando se enfrenta al emperador, herido y tocado del ala. Si aun así hay desgracias, no es culpa del toro. Vale.













1Luciano Canfora, Julio César, un dictador democrático, Barcelona, 2007. Traducción de Xavier Garí de Barbará y de Alida Ares, p. 37 y ss.



2Salustio, Guerra de Yugurta, XXXV, 9 “Urbem venalem et mature perituram, si emptorem invenerit!”



3Una excepción es el citado libro de Luciano Canfora, p. 41 y ss donde se compara la democracia con el libre mercado.



4Vicente Adelantado Soriano, Rituales, procesiones, espectáculos y fiestas en el nacimiento del teatro valenciano. Tomo II, p.1004. Tesis doctoral.





Etiquetas:   Democracia   ·   Manipulación   ·   Demagogia

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