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¿Qué puede haber más estúpido
que tener lo insensato por cierto y lo falso por verdadero?
Cicerón,
Sobre
la vejez.
Siempre he creído que una persona
inteligente, sin prejuicios por lo tanto, es capaz de hablar, no de
pontificar, sobre cualquier tema; de oír las opiniones de los demás
y de contrastarlas con las propias sin airarse ni enfadarse. Lo
pienso así pese a que a mí me resulta bastante enojoso hablar de
elecciones, y de sobre si se debe ir a votar, o no, y a quién
hacerlo. Le hablé a Julia de mi hastío, pues por aquellas fechas
estábamos ya en plena campaña electoral. Y estaba cansado del
asunto.
-Yo
-me dijo ella- hace tiempo que tengo tomada mi decisión, así que ni
oigo la radio, ni veo la televisión, ni apenas leo los periódicos.
O, mejor dicho, sólo leo ciertas noticias.
-Verdaderamente
los voceras de los políticos cansan al sol de mediodía. Me
recuerdan, aunque sin su simpatía, al doctor Dulcamara de L’elixir
d’amore.
-No
se me había ocurrido -dijo sonriendo-; y sí, algo de razón tienes.
Pero, bueno, nadie te obliga a ir a la plaza en busca de una pócima
que, sabes, no es milagrosa. No vas a enamorar a nadie gracias a sus
efectos.
-Una
pena. Quizás mi insistencia en ir al ágora se deba -le dije
sonriendo- a que no he perdido la esperanza de oír a algún político
haciendo un bello y sensato discurso. Rindiendo cierta pleitesía a
la retórica ciceroniana, por ejemplo. Hay que reconocer que esto es
pedir peras al olmo. Pero… No lo he seguido quizás con la atención
que se merece; no obstante, sí, de vez en cuando, he visto sesiones
del juicio a los presos catalanes que proclamaron la república de
Cataluña. ¡Y Dios, qué alejado está todo esto de dicha retórica!
Y no sólo de eso sino del buen decir, de la honestidad y de todo lo
demás.
-¿No
esperarías que fueran allí presidentes y ministros a declarar todas
sus incompetencias? No hace mucho, sin embargo, en un periódico,
pude ver una sesión en el Congreso de los Estados Unidos. Una joven
senadora preguntaba por una serie de normas que atañen a los
políticos. De ellas se vino a deducir que un político, sin saltarse
la ley, puede recibir dinero de no sé cuántas empresas o
multinacionales… A partir de ahí ya te puedes imaginar. Sobornos y
mentiras.
-Hecha la ley, hecha la trampa. Y
volvemos a nuestro querido Cicerón y a sus leyes.
-Cicerón,
como todos, deseaba mantener un estado de cosas, las que le
beneficiaban a él y a un grupo de personas, ricos, comerciantes y
banqueros. Poco o nada le importaba el resto. Por desgracia, siempre
es lo mismo. Ahora bien, el engaño consiste en hacerle creer al
público que lo que interesa a una determinada clase es un bien para
todos. Y dicho por algún representante de la misma, con la boca
grande, eso mismo es un enorme beneficio para la patria. Dígase esto
agitando banderas.
-Y es todo mentira, por supuesto.
-Tú
lo has dicho. ¿Has visto algo más bajo y rastrero que lo sucedido
estos días con el juicio a los presos catalanes? ¿O lo que sucede
de vez en cuando en el Parlamento? Muy a menudo, viendo a los
políticos en el senado, me ha dado la impresión de estar en una
clase de 4º de la ESO: diciendo tonterías, riéndose, mostrando
esposas, fotocopiadoras y no sé cuántas estupideces más. ¿Y
legislar? ¿Sabes cuántas reformas educativas he sufrido a lo largo
de mi vida?
-Lo
interesante sería saber si han servido para algo. Lo dudo. Pero no
lo sé. Y, a decir verdad, tampoco tengo mucho interés en saberlo.
De joven pensaba que la culpa de todo la tiene la gente de este país:
no lee, no estudia, son personas incultas que tienen suficiente con
las necias televisiones y el fútbol. Ante esto, quien se ha leído
medio libro cree que ha participado, como mínimo, en la conquista de
Troya. Y a partir de ahí discute de todo con un orgullo y una
solvencia que no hacen sino poner de manifiesto los armatostes en los
que se apoya el tambaleante edificio.
-Sí, son cabezas hueras que no
hacen sino repetir las voces, como el eco. Es el mito de la hidra:
cien mil cabezas repitiendo lo mismo al mismo tiempo.
-No
son otra cosa los partidos políticos. Oyendo a sus militantes, me
parece que no hay nada más democrático e igualitario que unas
consignas políticas. Salen doscientos mil afiliados de la sede del
partido, y tienes doscientas mil repeticiones de lo mismo. Ni una voz
discordante. Ni un traidor. Es un poco sospechoso, y algo que no deja
de infundir pánico o malestar. Como el croar de las ranas en un
charco.
-A
mí lo que me infunde verdadero pánico es lo que he dicho antes: la
similitud que guardan los políticos con un un grupo de alumnos de
catorce o quince años. Recuerdo clases en las que no hacían sino
molestar, incordiar, hacer lo imposible porque la clase no se pudiera
impartir. Y luego, si sucedía algo grave, nadie era culpable.
Siempre había sido el vecino. O alguien que pasaba por allí.
-Eso
es lo que te estaba explicando yo sobre el juicio a los presos
catalanes. Resulta que el ex presidente del gobierno no recuerda si
hubo un mediador entre él y quienes querían proclamar la república
catalana. Y el ministro del interior ignora quién dio la orden a la
guardia civil para cargar contra la gente. Nadie sabe nada. Estábamos
gobernados por una pandilla de ignorantes.
-¿Hubo
violencia? ¿Lo crees así?
Yo
no estuve allí, desde luego. No lo sé. Y las imágenes pueden haber
sido manipuladas. No me fío. Ahora bien, me ha resultado muy útil
haber leído ciertas cosas y haber visto algunas películas: en
algunos libros y en muchas cintas, he visto y leído que varias
personas, en una situación determinada, provocan a alguien, y si
este entra al trapo, ya se tiene la excusa para actuar con todas las
de la ley. ¿O no? Tal vez me quiebre de sutil, pero no quiero pecar
de ingenua.
-Sí, evidentemente la violencia se
da de muchas formas distintas. Platón sostenía que por violencia
entiendo todo aquello que me hace cambiar de forma de pensar.
-O
aferrarte a lo que quieres y en lo que crees. Mira, recuerdo una
clase en la que un profesor, haciendo una metáfora que me encantó,
definió la historia como una sierra. Unas veces el hombre está en
lo alto de un diente, y otras en la sima que hay entre dos de esos
dientes. Y vuelta a empezar. Ahora algunos países y regiones, si se
pueden denominar así, se quieren separar y ser independientes. Tal
vez dentro de un tiempo les pegue a todos por unirse. Vete a saber.
-¿Crees que es posible -le pregunté
sonriendo- que vuelva a resurgir el imperio romano?
-Nada es imposible en esta vida. No
hay nada más inconstante que el ser humano. Quizás algún día se
percate de su inconstancia, y trate de remediarla con un poquito de
sentido común y mucha solidaridad.
-Me
temo que eso no se va a producir nunca. De la misma forma que he
sospechado que jamás hubo una época de oro o dorada. Son mitos que
nos construimos para poder seguir hacia delante. A veces la vida es
bien triste.
-Eso
mismo me ha hecho sospechar siempre que ser inmortal, si se lograra,
sería caer en una desesperación inmortal también. Debe de ser
terrible no poder huir de una situación dada. Es el problema del
conde Drácula. Los romanos y los románticos se suicidaban con una
facilidad pasmosa; pero el pobre conde no lo puede hacer. Está
eternamente condenado.
-Ni tampoco los dioses.
-Efectivamente.
La muerte es una desgracia para quien se queda; pero un alivio para
quien la sufre. Al menos en ciertas circunstancias.
-Sí, tienes razón -le dije bajando
la cabeza-. Y de alguna forma es también lo que nos humaniza. Nunca
me he notado más cercano a Cicerón que en los momentos en que este
se retira al saber de la muerte de su hija Tulia, su querida hija
Tulia.
-Tal
vez Cicerón no tuvo más amor que el de esa pobre muchacha. Y lo
supo apreciar. Pero hay personas que ni lo tienen ni lo aprecian. He
visto tantas ridiculeces ante los muertos… Tantas como las personas
que al depositar la papeleta en la urna creen que han cumplido con un
gran deber cívico, y creen que esto va a cambiar, bien sea en forma
de monarquía, república o lo que tú quieras. Mientas no cambiemos
nosotros...
-Quizás lo mejor sea no desear
nada, ni hacerse ilusiones. Ya advierte Séneca que Júpiter no desea
nada. Y si queremos aproximarnos a los dioses, nada debemos desear.
-Y adiós a la sociedad de consumo
-dijo Julia sonriendo.
-Bueno, pues deseemos las cosas con
una relativa moderación.
-Yo
ya no sé ni lo que es desear. Sabes que tengo una amiga que emigró,
hace un millón de años, a Estados Unidos. Ayer me llegó una carta
de ella contándome que hay personas allí tan desquiciadas, que han
condenado a prisión de tres mujeres por dejar botellas de agua en el
desierto para que quienes van, por él, camino del la frontera, no
mueran deshidratados.
-Es penoso.
-Con
la cantidad de películas que he visto, americanas, donde el juez
cita a la Biblia una una otra vez. Se ve que eso de dar de beber al
sediento ya no se estila. En la Edad Media condenaron a Esmeralda la
Zíngara por dar agua al pobre jorobado de Notre Dame, puesto en la
picota… Parece que hay cosas que nunca cambian. Por cierto, ¿me
acompañarás a votar, no?
-Por supuesto. Te acompañaré a
donde quieras ir.
-Primero vas a votar a tu colegio, y
luego vienes a recogerme a mí. Y no te digo más: no es lo mismo
tener de delegado de clase a Perico que a Jaimito. De poco sirve,
pero hay matices.
-Sí,
unos tratan de engañar más y otros menos. Escojamos el mal menor.
-Eso
es, que no otra cosa es la democracia. Además, Cicerón no estaría
de acuerdo en que abandonáramos nuestras actividades políticas.
-Me acabas de convencer. Vendré a
buscarte nada más abran los colegios electorales. Y ahora arréglate
que te invito a comer por ahí. Quiero celebrar algo, no sé, que es
un día especial. O que estamos vivos. O que hay gente que todavía
da de beber al sediento.
-Cinco
minutos para arreglarme un poco la fachada -me dijo haciendo un
circulo con el dedo índice en torno a su rostro.