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Rescatar la utopía del Estado Nación


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04/05/2019


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La protección de la nación, de la integridad territorial y de la institucionalidad, son los pivotes del Estado Nación. 




Hemos vivido por 45 años una concepción de Estado Subsidiario, que ha llevado su rol a una mínima expresión, con prohibición constitucional de realizar una planificación indicativa o de realizar acciones estratégicas directas en el campo económico, con una transferencia de soberanía a instancias supranacionales en ámbitos propios de lo público, pero que ahora se rigen por el orden mundial que se ha fijado en el Acuerdo que creó la Organización Mundial de Comercio a partir de 1995, el cual le ha restado a los pueblos su capacidad de decisión, imponiendo un orden neoliberal, que ha abierto espacios a intereses corporativos de empresas globales, las que concentran el poder mundial. 



En esta escalada se ha avanzado al TPP11 que viene a arrebatar al Estado su soberanía intrínseca como lo es fijar sus propias políticas públicas en pos del bien común. Si las multinacionales consideran que una política pública puede perjudicar sus negocios, podrán demandar al Estado en tribunales ad hoc, generados por el Acuerdo.



El poder de los entes supranacionales ha resultado letal, financiando políticos, generando usinas de pensamiento para dominar los estamentos del poder en lo económico, militar, político, financiero y religioso. Manteniendo así un control de los destinos y los pueblos sólo vivimos una pseudo libertad, placebo de democracia, con una educación acrítica, que, además de ser considerada un negocio, busca formar individuos funcionales, alineados a especialidades que impiden la visión holística. Esa deformación comunicacional y manejo de masas ha sido metódica, toda vez que las cadenas noticiosas deciden lo que se puede conocer, racionalmente se desinforma, se manipula, se busca generar conductas, se juega a una modernización segmentada que busca dividir, reduciendo las organizaciones sociales, como los sindicatos o colegios profesionales, a roles débiles y acotados, para que distiendan, pero nunca lleguen a poner en riesgo el orden global. 



La certidumbre de esta esclavitud que nos impone el capitalismo corporativo global ha venido tensionando el sistema dominante hasta ponerlo en aprietos. El mundo se debate en situaciones límites, la destrucción del Estado Nación se hace sentir en esa incapacidad de los países para proteger territorios, población nativa, sus instituciones, su historia y su identidad. Todo está sufriendo el torbellino de una crisis profunda, comparable a la que se vivió al término de los setenta, cuando la distensión generada en el Club de Roma ponía fin a la guerra fría y los socialismos reales resignaron sus fracasos y optaron por subirse a la globalización derribando muros que parecieron eternos. 



La desigualdad a nivel planetario y la debilidad demostrada de los procesos de integración regional que buscaban fortalecer lo público dentro de lo global, ha llevado a una turbulencia constante en los escenarios políticos mundiales. Desde la Sociedad Civil, vertebrada a través de la Redes Sociales y medios ciudadanos alternativos, ha cundido la indignación frente a los abusos y el irrespeto a las personas y la naturaleza. Porque ahora el poder de los Estados y sus representantes está debilitado, las fuerzas corporativas se han tomado las instituciones, han depredado a destajo, en modelos extractivos de nuestras riquezas, evadiendo impuestos. Hoy pesa más una cena con los líderes corporativos que se coluden sin escrúpulos, se reparten territorios y áreas de influencia, que una Asamblea de Naciones Unidas. 



Hoy se evidencia un fracaso de la social democracia que, abandonando sus principios republicanos, se alió a las corporaciones multinacionales facilitando su actuar mundial. Los procesos de integración regional han declinado; se ha resignado proyectos de asociatividad y cooperación para legislar obsecuentemente a favor de intereses corporativos, en una actitud de enorme torpeza que linda con la traición a los principios democráticos, ya que entrega por migajas la soberanía del Estado a instancias incontrolables. El pragmatismo invocado se ha traducido en vasos comunicantes entre política y negocios, con instituciones nacionales manejadas por élites incondicionales al sistema global dominante, que frenan todo intento de recuperar un orden nacional republicano que permita una mínima autarquía para defender como interés de Estado el control soberano de los recursos naturales, para protección y sustentabilidad de la nación en el largo plazo. 



La corrupción de las instituciones es un síntoma de la decadencia del Estado Democrático, la corrosión transversal que violenta la sociedad. Hoy, combatir la desigualdad y la corrupción resulta casi subversivo.

Periodismo Independiente, 03/Mayo/2019



Etiquetas:   Corrupción   ·   Democracia   ·   Globalización   ·   Sociedad Civil   ·   Multinacionales   ·   Socialdemocracia

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