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Una cuestión de Estado


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03/05/2019


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No ha pasado ni una semana de la celebración de la “fiesta de la democracia” (¿quién le pondría tan rumboso apelativo?) cuando ya estamos inmersos en dos acontecimientos similares, que se solapan, y que nos van a castigar, como mínimo, hasta el próximo 26 de mayo. Uno de ellos es la campaña electoral de las próximas elecciones, europeas, autonómicas y municipales, a la que añadiremos la precampaña, como ya es tradicional; y otro –no menos estresante- pero igual de interesante, como lo va a ser el post parto de las generales, o lo que es lo mismo, el parto del pacto.

La cultura del pacto, en nuestro país, no es que esté muy desarrollada precisamente. Lo demuestra un hecho incuestionable, como es el que se produjo en la última investidura de Mariano Rajoy, donde se necesitaron dos elecciones generales seguidas (en menos de seis meses), y más de 120 días de negociaciones, para llegar a un pacto exiguo, que no duró ni una legislatura, y que fue truncado por una moción de censura.

Y ahora, menos de tres años después, nos encontramos con otra situación similar (pero ideológicamente contraria) donde se tienen que producir algún tipo de acuerdos para que el partido que ha ganado las elecciones pueda gobernar sin sobresaltos y con una cierta estabilidad, que es lo que -realmente- le interesa a nuestro país.

La misma noche de las elecciones, ya se vieron las primeras reacciones, por una y otra parte. Por un lado, en la puerta de Ferraz, los cientos de militantes acérrimos que, habitualmente, se juntan en estos casos, ya advirtieron a su jefe de filas que “con Rivera no”. Y, por otra parte, Ciudadanos (ya que el PP estaba en estado de shock), se adelantaba a publicar a los cuatro vientos que no pensaba apoyar al PSOE, ya que venía de la mano de los independentistas y de Bildu.

Pues bien, querido Albert, tienes que pensar dos veces cuando hablas, porque –en ocasiones- metes la pata y no te das cuenta. Si Pedro Sánchez viniera de la mano de los Torra, Rufian, y compañía, no te necesitaría a ti para nada. ¿Es que no lo ves, o es que no sabes sumar?

El PSOE lo tiene ahora infinitamente más fácil que en este último tramo de legislatura. Tiene 38 diputados más, y controla con mayoría absoluta el Senado. Y por eso se ha permitido el lujo de esperar a que se celebren las próximas elecciones del 26/5, para tomar decisiones; y mientras tanto, fumarse un puro y esperar plácidamente a plasmar su estrategia tras analizar los resultados de las mismas.

Es curioso como la historia se repite. En 2016 el PP necesitó de la abstención del PSOE para poder formar gobierno. Un episodio lamentable en la historia de este partido que le costó el puesto a su Secretario General, ante la negativa a conceder este “suplicatorio”. En aquél entonces se hizo viral el “no es no” que llevó casi a la ruptura a un partido centenario, para después convertirse en un “puede”, que posibilitó que Rajoy continuase en La Moncloa, y terminar en una jugada estratégica que permitía a los socialistas alcanzar la gloria sin pasar por las urnas.

Ahora, en 2019, con urnas de por medio, el Partido Socialista puede gobernar cuatro años más, de manera cómoda, y sin necesidad de depender exclusivamente del chantaje caprichoso de los independentistas, ni de la necesidad de escurrir la hucha en favor de los apretones aparentemente más moderados que ejerce el PNV. Pero para eso precisaría obtener una estabilidad que estuviera apoyada en aquellas formaciones políticas que están apostando por el constitucionalismo y que tengan una real visión de Estado, en contraposición al oportunismo y la coacción permanente que los partidos nacionalistas imponen, por mor y gracia de nuestro injusto sistema electoral.

Y es aquí donde el mundo, vuelto del revés, nos devuelve al pasado y nos pone ante la tesitura de que sean ahora, desde la derecha, desde donde se pueda posibilitar un gobierno de izquierdas. Pero un gobierno que no tenga que estar condicionado por otros aspectos exógenos, que estén continuamente cuestionando aspectos relacionados con la cohesión territorial y el enfrentamiento de unos contra otros.

Hemos podido comprobar como España, al final del laberinto en el que la crisis nos introdujo, ha encarrilado su recuperación con un crecimiento que rebasa la media de la UE. No nos podemos permitir el lujo de tirar por la borda lo que se ha conseguido. Es hora de poner el acento en aquellos aspectos más castigados por la crisis y que han influido sobremanera en conquistas sociales que tenemos que recuperar.

Los españoles hemos votado moderación y no queremos extremismos. El mismo Pedro Sánchez dijo en campaña que él representaba al centro. El PSOE no se puede permitir el lujo de echarse en brazos de aquellos que defienden otro tipo de intereses espurios. No debería caer en la tentación de apoyarse en la muleta de aquellos que se postulan abiertamente por transgredir la constitución; ni siquiera en Podemos, por más que se apoye en momentos puntuales en algunos aspectos ideológicos. Es triste ver a Pablo Iglesias mendigando por las esquinas: “…un ministerio, por favor…”.

Como ya han insinuado algunos dirigentes socialistas, es hora de aplicar la geometría parlamentaria variable que les permita formar un gobierno monocolor. Ciudadanos tiene la oportunidad de demostrar que es un verdadero partido liberal y de centro. Cualquier partido que esté en su horquilla tiene la difícil misión de servir de bisagra para hacer posible moderar las políticas más extremas y adaptarlas a una sociedad que huye de los extremos.

Este es el momento de demostrarlo. Si los “naranjas” se abstienen en la investidura, el PSOE no tendrá que pactar con aquellos que vienen condicionando la identidad de España. No tendrán nada que negociar ni que prometer a cambio de su apoyo, y todos saldremos ganando al liberarnos del yugo que, hasta ahora, nos han impuesto los secesionistas.

Todavía resuenan aquellas llamadas a la responsabilidad que Albert Rivera hacía al PSOE, en 2016, para que se abstuviera y permitiera la constitución de un gobierno del PP. ¿O es que ya se le ha olvidado?  Primero, pactó cien puntos, con Pedro Sánchez, para hacerlo Presidente, y después apoyó a Rajoy en su investidura, cuando, anteriormente, ya había manifestado que al PP ni agua. En aquél entonces lo justificó alegando “el interés superior que supone el bien de España”. Hoy, ese interés, si cabe, es más necesario todavía.

Enorme la responsabilidad que tiene Ciudadanos. Pero mucho me temo que, fruto del espejismo que supone el análisis de los últimos resultados, su líder se puede haber endiosado, soñando con alcanzar la gloria. ¡Qué pena que algunos políticos seáis tan olvidadizos y oportunistas! Pero, sobre todo, que poca talla que dais cuando tenéis que afrontar una cuestión de Estado.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com



Etiquetas:   Podemos   ·   Ciudadanos

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