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Reciclar es cosa de ricos


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29/04/2019


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Reconozco que soy algo obsesivo con el reciclaje. Me encuentro en ese grupo de españoles, escaso todavía, que hemos tomado conciencia del profundo deterioro que se está produciendo, y ante la desoladora visión que, actualmente, nos proporciona, nuestro medio natural. Especialmente en el ecosistema marino. Sé que no es fácil conseguir implicar a buena parte de la sociedad en esta cruzada. No es probable que lo entiendan, y, mucho más difícil, que lo practiquen. Pero lo que, si podemos hacer, tomándolo como uno de nuestros retos más inmediatos y fáciles de implementar, es la transmisión de información y la sensibilización de todos aquellos amigos, familiares y colaboradores que se encuentren en nuestro entorno social.

Valga pues, el presente artículo, como apoyo a esta causa, y, al mismo tiempo, como una sana crítica a las dificultades con las que, a diario, nos venimos encontrando y que impiden ser más efectivos en nuestro ánimo por conseguir un planeta más limpio y sostenible.

Hace ya bastantes años que me decidí a aportar mi granito de arena para que esta difícil misión contara con un militante más, que uniera su exigua contribución a la de otros cientos de miles (o millones) de ciudadanos que ya se habían involucrado. Personajes anónimos, pero con una cierta sensibilidad, que se habían percatado del peligro en ciernes que un crecimiento desmedido, y el consumo insostenible, estaban produciendo en el medio ambiente y sobre el hábitat en el que, actualmente, nos sustentamos.

Sin embargo, han pasado ya unos cuantos años y en los Ayuntamientos parece que todavía no se han concienciado. Es muy triste comprobar la poca sensibilidad que, sobre este particular, existe aún en muchos estamentos de las distintas administraciones; y se puede demostrar viendo lo mucho que queda por hacer en cuanto a la ubicación de puntos de recogida o en la disposición de medios para que los vecinos puedan encontrarse con mayores facilidades a la hora de ejecutar estas labores de reciclaje.

No existe una conciencia efectiva sobre este particular. Pero es que, al igual que no existe en las mentes de los que nos administran, tampoco existe en las de muchos empresarios, comerciantes, y responsables de pequeñas y mayores superficies, donde todavía nos facilitan las bolsas de plástico, sin ninguna cortapisa, cuando estas –desde hace unos meses. están prohibidas y hay que cobrarlas obligatoriamente.

Se nos recomienda utilizar envases de cristal en lugar de plástico. Algo que es lógico dado el inmenso daño que el plástico está haciendo al medio ambiente, y el peligro latente que supone su permanencia en el mismo, dado que su descomposición –en algunos casos- tarda hasta 700 años. Pero los fabricantes de productos envasados, no suelen envasar en cristal. Y aquellos que lo hacen, no permiten su canjeo, por lo que –como los tenemos que tirar- los productos envasados en cristal les supone a los consumidores un mayor coste que los embotellados en recipientes de plástico.

Otro de los sinsentidos a los que nos enfrentamos es el del papel reciclado. Hace décadas que existen industrias papeleras que están fabricando este producto. Estamos acostumbrados a ver, cada vez más, como se utiliza el papel reciclado. Un papel más oscuro que el normal, algo más basto y con ciertas motas salpicadas por su superficie, que nos indica la calidad y procedencia del papel. Es algo que se trató de implantar hace ya muchos años, pero que no ha tenido mucha repercusión. Y, es que, en la mayoría de los casos, el precio de venta de este papel reciclado es mayor que el papel sin reciclar. Y, claro, el consumidor no lo compra, cuando –además- estéticamente es de menor atractivo.

Lo mismo ocurre con un nuevo producto que ha salido al mercado recientemente, y que es un invento de un ingeniero español llamado Sergio Fernández. Se trata de un producto patentado, consistente en “un compuesto que permite reciclar el aceite usado en el hogar, convirtiéndolo en jabón o detergente de agradable aroma, en menos de un minuto y sin sosa cáustica”. Pues bien, algo tan importante que podría evitar la alarmante contaminación que están produciendo los aceites usados, no es atractivo para el consumidor debido a su coste, dado que el precio de venta puede superar en un 50% el precio medio de mercado de un producto similar.

A todo esto, estoy convencido que algunos pensarán que el consumidor tiene que hacerse cargo de estos costos, y que tiene que ser quien apeche con el pago de todos aquellos gastos que supongan la generación de este tipo de procesos. Y, si bien es cierto, no es menos cierto que las administraciones también tienen la obligación de velar por la mejor preservación y conservación de nuestro medio natural. Y para que esto sea así, nada mejor que el fomento de campañas de educación y sensibilización y el establecimiento de políticas subvencionadoras que permitan abaratar este tipo de servicios. 

No soy partidario de las subvenciones, pero según y en qué casos, defiendo el uso de este instrumento como mal menor para la consecución de un objetivo de importancia capital para el bienestar de nuestras futuras generaciones.

Otras formas de ayudar a la protección del medio ambiente, también pasan por similares procesos, en su comercialización, que los hacen ser poco o nada competitivos. Por ejemplo, la instalación de placas solares o fotovoltaicas en nuestras viviendas.

Hace más de veinte años, yo fui uno de los que apostó por ello, y decidí instalar en mi vivienda unifamiliar unas placas solares, con el propósito de economizar en el consumo eléctrico y de combustible, sobre todo en aquellos aspectos relacionados con el agua sanitaria y para la calefacción. Tras un procedimiento administrativo, que pareció un calvario, terminé renunciando a las ayudas que me habían prometido desde la administración, si bien, no pudieron doblegarme en el empeño por instalar las placas, cosa que finalmente acometí, y de lo que me siento orgulloso.

La producción y el consumo de las energías renovables es otro de los procedimientos a través de los cuales podemos apoyar este empeño. Sin embargo, de todos es conocido que, hasta hace escasos meses, esta producción energética ha estado penalizada, en nuestro país, de forma inexplicable, o más bien, que no nos lo querían explicar.

Es triste advertir la escasa conciencia que existe ante las amenazas que los seres humanos estamos ejerciendo frente a la naturaleza. Pero lo peor es la indiferencia tan absoluta que los poderes públicos manifiestan en su apoyo por sustentar este objetivo.

Al final va a resultar que el reciclaje es cosa de ricos. 

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com



Etiquetas:   Medio Ambiente   ·   Energías Renovables

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