. Basta cambiar lo de la “casta” por la “derechita cobarde”, el “asalto
a los cielos” por la “reconquista”, o las alusiones de Iglesias a los “lumpen“
por las de Iván Espinosa a los “quinquis”. Pero en el fondo el mismo tipo de
mensajes, la misma estrategia en redes sociales, las mismas dudas sobre su
financiación.
Aún así han conseguido que un 10% de los españoles
que ayer fueron a votar les compraran la mercancía, lo que se traduce en que
Santiago Abascal y su guardia de Corps van a tener asiento en el Congreso, que
era de lo que se trataba.
Pero el efecto de la irrupción de Vox en el
panorama político va mucho más allá de esos 24 diputados en el Congreso. El
PSOE ha obtenido algo menos de un 29% del voto, y la suma de PP y Vox suman un
28%. Pero ese 1% de diferencia se traduce en escaños en una diferencia de más
de 30 diputados. ¿Por qué? Porque en muchas provincias el voto a Vox no se ha
traducido en escaños, y porque de los 71 escaños que ha perdido el PP, entre Cs
y Vox sólo han rentabilizado 45. Y ahí ha estado buena parte de la clave del
resultado de estas elecciones: el fraccionamiento del voto ha penalizado
enormemente al PP, que sin Vox podría haber superado el centenar de diputados.
Las consecuencias del fraccionamiento son
indudables. Se ha venido advirtiendo de ellas durante toda la campaña, y han
sido tema principal de muchos de los análisis periodísticos sobre el resultado
electoral.
Pero ha habido otro “efecto Vox” tan
importante como el del fraccionamiento y del que se está hablando bastante
menos. Es el efecto movilizador que Vox ha tenido en el votante de izquierdas.
Esas plazas de toros llenas de gente cantando el novio de la muerte a voz en
cuello, han sido para Sánchez el espantajo perfecto para hacer que muchos
votantes de izquierdas que llevaban dos elecciones sin votar se hayan
movilizado en masa esta vez. Todos esos exabruptos, todos esos coqueteos con
Salvini, todos esos candidatos ex de la Falange, le han servido a Sánchez para
azuzar el miedo a la ultraderecha.
En términos de movilización de la izquierda,
Vox ha tenido un efecto similar al de los atentados del 11-M y su posterior
manipulación. No sólo ha sacado al votante de izquierdas a votar, sino que ha
fortalecido la imagen del PSOE como voto útil para frenar a la ultraderecha. Un
ejemplo paradigmático ha sido el de Cataluña, donde la participación ha crecido
casi un 20% respecto a 2016, y el PSC ha prácticamente duplicado el resultado
que obtuvo en aquellas eleciones. Es decir, el escaño obtenido por Vox en
Cataluña ha sido a costa de duplicar los resultados del PSC.
Sánchez y su asesor Ivan Redondo lo vieron
muy claro. Por eso Tezanos dio en su último CIS casi 40 escaños a Vox. Por eso
en esta última semana desde Moncloa se filtraban trackings en los que Vox
llegaba a los 70 diputados y se convertía en segunda fuerza. Cuanto mejor
pareciera que le iba a ir a Vox, más se movilizaría el votante de izquierdas. Y
sólo el pésimo papel de Sanchez en los dos debates televisivos ha impedido que
el PSOE se hubiera ido a los 130-140 diputados, que eran las cifras que ellos
manejaban a nivel interno.
A partir de aquí que cada uno extraiga sus
propias conclusiones. A la vuelta de un mes tenemos elecciones autonómicas y municipales.
Podemos recapacitar o persistir en el error. Pero luego que nadie se llame a
engaño.
Que cada palo aguante su vela