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Julia y la muerte


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26/04/2019

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 115%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "Lohit Devanagari"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } Breve suspiro, y último y amargo,


es la muerte, forzosa y heredada:

más si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?





Francisco de Quevedo, Salmo XVIII.





Recuerdo haberme sorprendido, en más de una ocasión, en alguna clase, durante el bachillerato, cuando algún profesor nos explicaba el origen de algo remontándose a viejas historias, y a posibles influencias sobre esto que juzgábamos novedoso, por parte de aquello, tan viejo como el mismo hombre. Con el paso del tiempo los juveniles asombros fueron dando paso al escepticismo. Y hoy pienso que el hombre, salvo por dos o tres cosas superficiales, es el mismo allá donde esté o habite. No hace falta que esta filosofía o esta religión influya en aquella o viceversa, pues el resultado siempre es el mismo. E idénticas las soluciones.

-Conforme me voy haciendo mayor -le confesé a Julia aquella tarde de principios de la primavera- voy viendo al mundo más pequeño, más compacto, y a sus habitantes más monótonamente parecidos entre sí.

-Sí que estás envejeciendo -me respondió sonriéndome y ofreciéndome una taza de café-. Hace muchos años leí, no recuerdo dónde, ni quien lo escribió, que mientras una persona tenga ganas de viajar, seguirá siendo joven. Perdidas estas, perdida la juventud. Y si todo te parece igual, me temo que ni te moverás.

-Pues entonces -le repliqué- yo jamás he sido joven. Lo he sospechado siempre; pero ahora me lo acabas de confirmar: nunca me ha apetecido viajar. Aún cuando vivía ella, me costaba seguirla. Ahora ni me muevo de casa: todo me parece igual, desde luego, insulso y vacío. No vale la pena recorrer miles de kilómetros para dar con lo que se tiene en el barrio.

-Me recuerdas una narración que leí siendo muy joven. De un autor hoy totalmente desacreditado y desaparecido. El libro me lo dieron las monjas en el colegio. Era un cuentecito de José María Pemán. ¡Dios, qué mayor soy! En dicho cuentecito, un galgo, al que hacen correr tras una liebre mecánica, se percata de que la carrera siempre acaba, sin coger la liebre, en el mismo sitio que comienza. Así que se queda en la salida, que es, al mismo tiempo, la meta. Creo recordar que el galgo se llamaba Séneca.

-¡Por Dios! Eso es un insulto -dije con el último sorbo del café-. No me gusta esa narración -concluí.

-A mí tampoco. En su momento me impresionó. Pero luego me hice más cervantina, más de aquello que vale más el camino que la posada. Y sí, sabemos todos que el fin es la muerte, pero ¿por qué no aprovechar los años que tenemos que estar aquí? Digo yo que será mejor caminar que estar tumbado a la bartola, como dice aquel cantar:





Cada vez que pienso

que me he de morir,

tiro la manta al suelo

y me harto de dormir.





-Una cosa -le repliqué por si me estaba tomando el pelo- es que no me guste viajar, o no me apetezca, y otra muy distinta que esté sin hacer nada.

-No, por favor, no te estaba criticando -me respondió con la mejor de sus sonrisas- ni es esa mi intención. En esta vida cada uno cuenta la feria según le va en ella. Y a quienes les gusta viajar, santifican los viajes… Quiero decir que también tú podrías decir que mientras uno estudia latín o griego, y lee manuscritos apolillados, es joven. Y se muere cuando se pierde el interés por los libros o las lenguas.

-Entonces el mundo sería un lugar de fantasmas.

-¡Dios mío! -exclamó riendo- ¿Y acaso no lo es?

-Bueno -sentencié sonriendo yo también-. Has convertido el tema de la monotonía y de la muerte en algo alegre y casi chistoso.

-Espero que no te sepa mal.

-En absoluto. Al fin y al cabo todos tenemos que pasar por ahí.

-Efectivamente. Y yo, en contra de quienes defienden la juventud por los billetes de ida y vuelta, te diría que se deja de ser joven cuando se deja de temer a la muerte; cuando una persona no se espanta ni escandaliza al hablar de ella.

-Quizás tengas razón.

-Seguramente la tengo. Ahora bien, yo no soy una excepción, y también cuento la feria según lo vivido en ella. Recuerdo una mañana, cuando me iba al colegio, ver a mi madre hablando con una vecina. Estaban comentando la muerte repentina de una conocida. Mi madre, pensando en voz alta, dijo que para morirse sólo hace falta estar vivo. Yo salí corriendo diciendo que mañana y pasado y al otro, estaría viva. Y seguiría viva.

-Aquello debió de ser un exorcismo infantil.

-Seguramente. Luego, de joven, uno se cree eterno. Pero poco a poco va viendo desaparecer a unos y a otros. Y se comienza a comprender, y a aceptar, lo inevitable. Y sí, para morirse no hace falta más que estar vivo. Pero, y vuelvo a la misma. ¿por qué no aprovecharnos mientras estamos aquí? Haciendo lo que nos guste: viajar o estar hablando con viejos familiares.

-Es lo que hacemos, ¿no? ¿Por qué tengo que hacerle caso yo a alguien que dice algo sobre la juventud y la vejez y los puñeteros viajes?

-No tienes que hacerle caso a nadie. Mientras no le hagas daño a ninguna persona, haz lo que te apetezca. Viaja o quédate en tu poltrona. ¿Qué más da?

-Sí, creo que todo tiene la importancia que queremos darle. Yo también me he acordado estos días, quizás por mis taquicardias, por una cierta aprensión, o por lo que sea, de una conversación en el instituto. Tenía una alumna con no recuerdo ya qué tipo de deficiencias. Una compañera, sin duda con la intención de animarla, le estaba diciendo que se había ido de viaje a Nueva York… La otra chica le respondió que ella también había ido de viaje a Jérica, Higueras, Caudiel… y que en todas partes era lo mismo: calles y casas, casas y calles.

-En el fondo -reconoció Julia sonriendo- no le faltaba razón.

-Creo que esta chica era más senequista que el perro del cuento de Pemán: todo es lo mismo si no sirve para transformarnos, o si no nos transformamos nosotros. Y, al final, y me llevo el agua a mi molino, lo mismo da haber visto la Acrópolis que la Torre del Molino, que no haber visto nada.

-Tonto en su villa, tonto en Castilla. Lo importante no es el viaje. De todas formas -dijo corroborando mis pensamientos- admitamos que el dejar de viajar supone que hemos envejecido. ¿Y qué? ¿Hay algo de malo en hacerlo? ¿Que estamos más cerca de la muerte? Sí, indudablemente. Pero eso no es un castigo.

-Séneca dice que senectus enim insanabilis morbus est. La vejez es una enfermedad incurable.

-¡Ah, querido! Se equivoca tu romano amigo. La vejez sí que tiene arreglo. Pues igual que la juventud es otra enfermedad que se cura con el paso del tiempo. No hay ningún mal que cien años dure.

-Lo terrible de esas enfermedades es lo terriblemente solos que se van quedando los vivos.

-Gustavo Adolfo Bécquer lo decía al contrario.

-No. Yo creo que los muertos están muy bien, y muy juntos… Empecé a perderle el miedo a la muerte cuando leí Antígona. Por desgracia no he conseguido ver un montaje de esta obra que valga la pena. He visto dos y malos. Pues bueno, en un momento determinado, Antígona dice que es más el tiempo que estaremos con los muertos que con los vivos. Sobre la tierra estaremos, como mucho, noventa años. En el Hades, toda la eternidad.

-Vista así la cosa -me dijo sonriendo- allí deben de haber muchas cosas para no aburrirse. Te va a dar tiempo a leerte a todos los clásicos. Y podrás hablar con Séneca.

-Sí, pero toda la eternidad, Julia, ¿no será un poco pesado?

-Imagino. Creo recordar que en algún momento el pobre conde Drácula se plantea el suicidio, ¿o me lo estoy inventando yo ahora? Claro, su drama es que no puede suicidarse. Y el pobre hombre está harto de vagar por ahí asustando doncellas y mordiendo yugulares. Es un tormento.

-Cosa diferente, digo yo, debe de ser hablar con Séneca, luego con Cicerón, luego con Aulo Gelio, con Cervantes…

-No, si tenemos faena para un par de eternidades. Y a lo mejor estas tampoco duran tanto.

-Sí, resulta difícil concebir algo que no tenga fin y acabamiento. Hay algo no obstante -dije con una melancólica sonrisa, tras un breve silencio- que no tiene fin. Es cierto.

Julia se quedó mirándome fijamente. Entendió a lo que me refería. Sin duda. Más de una vez había dado pruebas de que le molestaba verme triste. Tampoco lo iba a consentir aquella tarde. Le seguí el juego.

-Tienes razón. Pero ya es la hora: métete en la cocina y haz una sabrosa y ligera cena. En la nevera tienes de todo. Cultivemos el jardín. Morir es algo más que cerrar los ojos y dejar de llorar. Cada vez lo tengo más claro.

-Hoy estamos corrigiendo a medio mundo. Voy a hacer un filete a la plancha con una ensalada con aceite del pueblo…

-Así me gusta. Vivamos.







Etiquetas:   Viajes   ·   Muerte   ·   Juventud   ·   Vejez

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