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Majar en hierro frío (En el centenario de Miguel de Cervantes)


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21/04/2019

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 120%; orphans: 0; widows: 0 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Droid Sans Fallback"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } a:link { so-language: zxx } -Muchos son los andantes -dijo Sancho.


-Muchos -respondió don Quijote-, pero pocos los que merecen el nombre de caballeros.

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.





Hoy también ha sido otro día extraño e inquieto: en toda la mañana no me he podido sentar en mi sillón, ni ponerme delante del ordenador, o, en su defecto, ante un folio en blanco empuñando cualquiera de mis queridas plumas estilográficas. Llevo ya una semana en la que no consigo librarme de varios y diversos problemas burocráticos, y de mis nervios. Tras idas y venidas de aquí para allá, llego tan cansado y harto a casa que o no me concentro en la lectura, o soy capaz de dormirme delante del mismísimo Ovidio. Cosa que me molesta muchísimo.

Deseando acabar con tan desastrada situación, a fin de tranquilizarme, y terminadas las visitas burocráticas, me fui a tomar las aguas al único balneario donde podía curarme: a una librería del centro. Y allí, tras rebuscar y mirar, remover volúmenes y devolverlos a su estante, me vine a casa con una biografía de Cervantes, y con un ensayo sobre mitología griega que, una vez más, comprobé que hacía años que formaba parte de mi pequeña biblioteca. Aun así me lo quedé: el otro, comprado hace muchísimos años, es una edición antigua, el papel se ha ennegrecido; y, al abrirlo, se desencuadernó desparramando sus hojas por aquí y por allá, como platanero silvestre en pleno otoño.

Sea porque el largo paseo a la librería me tranquilizó, o porque el libro sobre Cervantes fue muy de mi agrado, o por ambas cosas a la vez, volví a centrarme en la lectura, y en ella me engolfé una media hora sin dormirme. Más o menos. Al cabo de ese tiempo, un gusanillo comenzó a roerme por dentro: yo también debería escribir algo sobre Cervantes, o sobre su inmortal novela. Ese fue el inició de una persistente discusión conmigo mismo, que, dicho sea de paso, es la mejor forma, y la más auténtica, de discutir. Y, claro, me resultó imposible seguir leyendo. Para hacerlo con aprovechamiento debería acallar las voces interiores. Y lo mejor era escribir algo, lo que fuese, con tal de dormir o desplazar, al molesto gusanillo interno. Este, sin embargo, no estaba dispuesto a admitir cualquier escrito: el tema debía ser o Cervantes o alguna de sus novelas, preferentemente El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Intenté justificarme.

Ni soy profesor ni soy erudito. De don Miguel de Cervantes, por lo tanto, no sé absolutamente nada. Para no mentir, sé algo de lo que escriben en los prólogos los editores de sus obras, o lo que se cuenta en alguna vieja biografía que hay entre este pequeño montón de libros, polvorientos y dispuestos a desarmarse en cuanto los tocan. Nada de esto me da autoridad para hablar sobre él. Y mucho menos, y más teniendo en cuenta la ingente cantidad de estudios que han generado, sobre sus obras. ¿Por qué no contar, entonces -me dije a mí mismo- la forma en la que conocí a Cervantes, las lecturas que hice de su famosa novela o novelas? No doy para más. Se aceptó la propuesta. Y así se tranquilizó la voz interior. Lo hizo dejando yo la lectura y comenzando un texto que hace tanta falta en este mundo como un caracol verde. Majar en hierro frío.

A partir de aquí, pues, y antes de meterme en harina, me planteé escribir mis conocimientos sobre Cervantes como si de una carta se tratara. La comenzaría imitando a Lázaro de Tormes: Pues sepa vuesa merced que yo me puse al servicio de mi señor don Miguel de Cervantes en tal día y en tal hora del año de gracia del Señor…

No hace falta ser tan preciso. Aunque, cierto es, podía fijar exactamente la fecha en la que leí, por primera vez, El ingenioso hidalgo. Sí, lo podría hacer con toda exactitud, o muy aproximadamente. Muchísimo.

Recuerdo que, por aquel entonces, el de la primera lectura, vivíamos en un pueblo de cuyo nombre no quiero ni acordarme. Estaba enclavado en medio de la huerta. Ni yo había nacido allí, ni tenía amigos en tan apartado rincón del mundo. Mi casa formaba parte de una barriada, flanqueada por unos vecinos que parecían sacados de una novela de Blasco Ibáñez: ni vivían ni dejaban vivir. A nuestras espaldas se hallaba el cementerio del pueblo; y la calle tenía el becqueriano nombre de calle de las almas. En dicha calle pasé unos cuantos años de mi juventud. Más de los deseados.

Yo era un personaje solitario. Y las cosas no iban muy bien. Fue por eso, sin duda, por lo que me alegraba mucho cada vez que mis padres se iban a la ciudad, y trataban, lejos de casa, de distraerse. Un fin de semana de aquellos, raro y memorable por cierto, se fueron los dos al cine. Vieron una película acababa de estrenar, Doctor Zhivago, de David Lean. Ya no existe el cine donde la proyectaron. O mejor dicho, se ha convertido en un gran supermercado. Nadie se baña dos veces en el mismo río.

A la salida del cine, y eso, sin duda, se debió a la iniciativa de mi padre, pasaron por una librería, que también pasó a mejor vida, transformada ahora en una pseudofarmacia o en una herboristería, o algo similar. Allí, mi padre le confesó al librero que a su muchacho le gusta mucho leer, y que quería un buen libro para él. Y así, y tal vez sin tener en cuenta mi tierna edad, aquella tarde noche, por mor de un desconocido librero, me tropecé con una edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Era un grueso volumen de la colección Austral. Tenía, dicha edición, una letra pequeña y apretada, un papel un tanto moreno, y una letra no muy negra. Sin notas a pie de página ni engorrosos prólogos. Me puse a leerlo inmediatamente.

Pero tal vez las cosas no sucedieron de esta forma. La verdad es que no estoy muy seguro. Por eso lo mejor será dar las dos versiones que circulan por mi mente. Quizás esta no sea del todo cierta; y la otra, han pasado mucho años, la recuerdo vagamente. Pero la cuento.

Yo, ciertamente, siempre he estado dotado de un excelente complejo de inferioridad. Lo cual tiene su parte buena, y su parte mala. La buena es que era dado, por eso mismo, a hacer caso, en todo cuanto dijeran, a mis profesores, y a otras personas tenidas por entendidas en cualquier materia. Y si ellos decían que La Odisea, Poema de mio Cid o Don Quijote eran libros excelentes, debían serlo sin duda. Di en pensar que yo no los entendía porque me había propuesto hacer divisiones sin saber sumar. Retrocedí en el tiempo, abandoné lo que estaba leyendo, cogí un libro de texto de lengua y literatura, y comencé a leer cuanto allí se indicaba, desde la primera página. Quería formarme un sólido gusto estético. Empecé, pues, por la Ilíada, estuve a punto de perecer en el intento, y continué hasta llegar a don Miguel de Cervantes. Me pasé noches en blanco intentando dilucidar dónde estaba el valor que se le asignaba a muchos de aquellos libros. Mi angustia iba en aumento. Pero persistí. Así que seguramente fui yo quien, aquella gloriosa tarde en que mis padres fueron a ver Doctor Zhivago, les pedí la novela. Estaba, pues, al cabo de un cierto tiempo, en el siglo XVII. Aquel viejo libro de texto era un tanto esquemático.

Hay personas a las que uno, sin duda por la proximidad o por el parentesco, no se atreve a calificar, o no quiere. Lo cierto es que cuando mis padres, aquella gloriosa tarde, me dieron el volumen que me acababan de comprar, se me iluminó la cara. Pero mi madre, fiel a ella misma, estaba dispuesta a amargarme el regalo: no sé cuántas veces, cenando, y tras la cena, me contó el inicio de la dichosa película de David Lean. Se inicia con el triste entierro de la madre del protagonista. En aquel momento Zhivago era un niño varios años menor que yo. Mi madre no hizo más que preguntarme, con una insistencia abrumadora, y a lo largo de semanas y meses, si yo lloraría tanto como él el día de su entierro. Y a fin de que pudiera imitarlo, me dio dinero para que fuera a ver la película. Pasaron siete días, entre una cosa y otra, siete días exigiéndome el comportamiento del niño Zhivago en un frío cementerio ruso y bajo los sones de la balalaika.

Cuando vi Doctor Zhivago, en el mismo cine que mis padres, yo ya llevaba varios capítulos de don Quijote leídos. Conocía la existencia, por lo tanto, de Dulcinea del Toboso. Y sorpresa. El entierro, escenas primeras de la película, me impresionó, y mucho. Pero lo que más me marcó, lo que me anonadó y me dejó fuera de mí, fue la actriz protagonista, Julie Christie, a quien imaginé como una Dulcinea rusa, y de quien me enamoré perdidamente. Como ni de lejos estaba al alcance de mi mano aquella mujer tan bella, me entristecí. Durante meses y meses fui por la casa como alma en pena. Mi madre dedujo, al verme de tal guisa y compostura, que sí, que lloraría como manda la película el día de su santo entierro. Nada más faltaría la balalaika. No se puede tener todo en esta vida.

Los capítulos iniciales de la novela de Cervantes, a los que regresé una y otra vez intentando comprenderlos, sirvieron para curarme, al menos durante algunos minutos, de mi triste melancolía. Así, gracias a los molinos de viento, conseguí olvidarme por unas horas de aquella magnífica actriz a quien perseguí como a un sueño: no hubo película suya que no viera. No obstante, ella, como otra Dulcinea, jamás ha sabido de mi existencia, ni me ha visto en persona. Tampoco yo a ella. Ya no tiene importancia.

Mi madre al verme tan murrio se llenó de alegría: supo, por fin, que lloraría, y mucho, cuando falleciera. Pero preocupada, al mismo tiempo, por mi lamentable estado, y por los suspensos que me caían en el instituto, trató de animarme un poco. Y yo, en justa correspondencia, recuerdo que leí, en voz alta, tras alguna que otra cena, varios capítulos de Don Quijote. En realidad decir que leí capítulos de El Quijote en voz alta es una tontería, pues la risa, siempre la risa, me impidió hacerlo una y otra vez.

Y sí, varias aventuras, me hicieron comprender porqué mis profesores consideraban que aquella es una gran novela. Pero otros capítulos se me hicieron larguísimos, pesados, odiosos. De mil amores, si me hubiese atrevido, me los hubiera saltado. No lo hice. Y terminé la novela. La leí de cabo a rabo, sin omitir nada. Pero respiré con alivio cuando llegué, casi sin aliento, a la última página.

Me percaté, leyendo o descansando, de que no tenía ninguna posibilidad de tener una cita, me hubiera muerto del susto, con Julie Christie, ni de comprender a don Miguel de Cervantes. Esto último, sin embargo, al menos en parte, estaba al alcance de mi mano. Con lo otro, me tuve que conformar con ver todas sus películas. Y creo, sinceramente, que Julie Christie ha sido una magnífica actriz que no se ha prodigado mucho. Al menos no tanto como yo hubiera deseado.

Al cabo de unos años, sin haber derramado todavía ninguna lágrima en ningún cementerio, volví a abrir aquella edición de Austral de Don Quijote. Algunas cosas ya no me parecieron tan aburridas, ni algunas aventuras tan divertidas. No obstante, para mejor comprender a Cervantes, o crearme esa ilusión, di en comprarme, yo, las Novelas ejemplares. No entendí el porqué del título. Pero me encandilaron El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros, y Rinconete y Cortadillo. No sé cuántas veces he leído estas novelitas. Y cuantas y cuántas, El Quijote, siempre con el bello rostro de ella presente. Me compré otras ediciones, las regalé y las sustituí por otras repletas de prólogos, de notas a pie de página, de sesudos estudios, y de no sé cuántas cosas más. No creo, por ello, entender muy bien la novela. Pero he disfrutado y disfruto mucho con ella. Eso es innegable. Tampoco sería capaz de explicarla. Y tampoco, como ya he dicho, he estado nunca al lado de Julie Christie.

Y con esto, con lo contado, mi pequeña conciencia me deja libre para volver a leer lo que me plazca. Ya he metido el cucharón en la olla cervantina. Creo que ni lo ha notado nadie, ni ha servido para nada que no sea quedarme yo un tantico tranquilo. Aun así, si me lo permiten vuesas mercedes, me gustaría añadir una última cosa antes de despedirme.

Cuando leí El Quijote por primera vez, mis padres tenían un horno de pan. Era el negocio familiar. El horno era moruno y se calentaba con leña. Una de las paredes del horno era una de las paredes de la cocina. En invierno era una delicia sentarse en la cocina con la espalda apoyada en aquella pared. Y allí, y en esas condiciones, con una bombilla penosa, colgando del alto techo, pasé horas y horas leyendo las aventuras de este gran caballero. Y soñando con ella. No había, por lo tanto, cosa más triste para mí que el amanecer. Aquello de lo del alba sería, se convirtió en una maldición: tenía que dejar el libro, y mis ensoñaciones, para asistir a una clase de educación física o de matemáticas. Evidentemente no todos los tiempos son unos. Aun así he seguido soñando… Pero todo esto ya forma parte del pasado.







Etiquetas:   Libros

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