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Ciudadanos y la aritmética parlamentaria


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03/04/2019


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Antes de que la campaña pre electoral se nos empache más, obligándome a apagar el televisor y a dejar de leer las crónicas políticas, les voy a dar mi modesta opinión sobre este embrollo en el que nos han embarcado, y en el que ni los mismísimos líderes y lideresas de los partidos en liza saben por dónde andan.

Es tal el despiste que tienen con las encuestas, que, los pobres, están mareados y ya no saben lo que decir para corregir las desviaciones que, sus asesores demoscópicos de cabecera, les soplan al oído antes de salir al escenario. Un día, el bloque de las derechas parece que va a arrasar, y a la semana siguiente ya no suman tanto y es, entonces, cuando la izquierda progresista, con ayuda de algunos otros –que no se sabe si van o vienen- se hace con la pole.

En esta comedia de enredo, recién estrenada, Ciudadanos le pone un cinturón sanitario al PSOE. Podemos, con el expediente de ruina encima de la mesa, se hecha en brazos de quien sea, con tal de tocar moqueta en La Moncloa. El PP quiere convencer a sus huestes, para que no se le vayan por el portillo de la derecha. VOX, a verlas venir, sin cansarse mucho, ya que le están haciendo la campaña entre todos. Y el PSOE, con un cacao mental ciclotímico que le impide dilucidar si se va a la cama con Podemos, con Ciudadanos, con los independentistas, o con todos a la vez.

Las últimas escaramuzas (por boca del oráculo Ábalos) se manifiestan en la invitación hecha por el PSOE a Ciudadanos, para formar una coalición, tras las elecciones generales. Un dardo que a Albert Rivera le tiene que haber hecho pupa, ya que, este, no tardó ni media hora en salir a la palestra y ofrecerse a pactar con el PP. Lo que propició que el Sr. Casado lo acogiese, de inmediato, con los brazos abiertos y le ofreciese ser Ministro de Exteriores. Claro que todo esto hay que contextualizarlo en el momento en el que estamos, y ya se sabe que una cosa es lo que se dice antes de las elecciones y otra muy distinta lo que se hace después. Y si no, tiren de hemeroteca y vean.

Mi escasa preparación de analista, pero dilatada experiencia en el ruedo, me dice que nada de lo que se diga ahora se va a hacer realidad en el futuro. Y que, en su momento, cada una de las formaciones políticas echará cuentas y hará de su capa un sayo, atendiendo a sus intereses y necesidades, y sin mochila alguna que le impida conseguir sus objetivos de poder. El bien de España, la defensa de los valores fundamentales, las políticas sociales, la igualdad, y la redistribución de la riqueza, quedarán para mejores tiempos. La política, decía Aristóteles, es el arte de lo posible. Aunque un español, posteriormente, la definió como el arte de lo imposible. Y es que, en campaña, los políticos dicen muchas cosas que, ellos lo saben, les son imposibles de cumplir.

Un partido que dice ser de centro, moderado y liberal, en su locución electoral, no debería utilizar ningún tipo de vetos ni menciones a cordones sanitarios, por más que ya se sabe, este tipo de subterfugios, se utilizan para captar aquellos posibles votantes más escorados a sus extremidades. Si, como sucede en otras latitudes, este tipo de partidos tiene su fundamento en poder ser bisagra de futuras coaliciones postelectorales, no parece adecuado –a priori- anteponer determinados tablachos que, cuando llegue el momento, va a tener que derribar, como ya ha ocurrido anteriormente en otras ocasiones. Acuérdense del ultimátum que Rivera dio a Rajoy antes de su última investidura, cuando dijo aquello de: “…Rajoy no será presidente con los votos de Ciudadanos”. Y unos meses después pactaba con el PP y pedía la abstención al PSOE, para que el gallego fuera investido.

En mi opinión, este tipo de bandazos crea una cierta incertidumbre en el electorado, y no beneficia en nada a las legítimas aspiraciones que las formaciones políticas tienen de acceder a gobernar, aunque sea en coalición. También es legítimo que aspiren a ser la llave de esa gobernabilidad. Lo que equivale a ser el factótum que les permitiría una interesante parcela de poder que, por otra parte, sería muy difícil que consiguieran ellos solitos.

Una cuestión que, al parecer, se está produciendo es que, Ciudadanos, tras estas fluctuaciones de comportamiento, está dejando huérfano el centro sociológico. Un espacio que es el que, prácticamente, decide el resultado de unas elecciones ante un electorado tan fragmentado como el que existe en estos momentos en nuestro país. Unos votos que van a ser de capital importancia en la, más que segura, geometría variable que habrá que aplicar tras los comicios del 28 de abril. Pero lo peor para los de color naranja es que, con esta actitud, están fortaleciendo el bipartidismo, al facilitar la fuga de votos, que se deslizarían desde sus extremos, y que se enrolarían en el PP (o VOX) y en el PSOE.

Yo siempre he defendido que en cualquier país democrático debería haber un partido de centro. La Social Democracia ha hecho ese papel durante mucho tiempo en algunos países centroeuropeos. Y ahora, más que nunca, España precisa una fuerza política que modere y contrapese los extremos del bipartidismo. Ese partido podría ser Ciudadanos, pero para que eso ocurra debe hacer una política clara, centrada, sin concesiones (por más que las estrategias electorales se lo demanden) y sin vetos ni cordones apriorísticos, por más que el cuerpo les pida destapar las mentiras que contienen la política errática y oportunista de Sánchez.

Ciudadanos debería hacer un ejercicio de futurología y pensar qué es lo que harían si, tras las elecciones generales, la aritmética parlamentaria les permitiera sumar sus votos a los del PSOE y evitar que gobernasen los independentistas. ¿Se negaría Albert Rivera a facilitar la creación de un gobierno que dejara en fuera de juego a partidos como el PdCat, ERC, o Bildu, cuyo fin es la desestabilización de nuestro sistema democrático?  ¿Haría de tripas corazón y (como ya hizo con el PP) se olvidaría de sus amenazas anticipadas y posibilitaría un gobierno constitucionalista, aunque fuera con el PSOE? ¿o preferiría que continuara mandando un gobierno Frankenstein y les permitiría, a los que quieren romper España, que finalizasen su faena?

Sánchez, en ocasiones, parece un caballo desbocado. Pero bien embridado podría ayudar a tirar del carro y a no salirse de la senda constitucional. No hay más que ver con que mansedumbre y cordialidad, y cómo se comporta con sus socios que le apoyaron en la moción de censura.

Difícil decisión, esta, pero que nos lleva a reflexionar y a replantearnos que, en política, no se deben anticipar determinados postulados. Sobre todo, cuando el resultado de estos puede ser de capital importancia para el futuro de nuestro país.

En estos momentos hay que tener una visión de Estado. Pero, como decía en mi anterior artículo, ¿queda algún estadista por ahí?

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com



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