. Cada día la supervivencia personal
y colectiva de muchas mujeres pasa inadvertida por la indiferencia de este
tráfago de civilización que sólo vela por los poderosos, los estúpidos
encumbrados por las malas artes del engaño y los viles manipuladores de vidas y
muertes que viven su bienestar a costa de sufrimientos ajenos. No es mundo para
indefensos este torbellino social de la mentira que dice preocuparse por las
víctimas a merced de los muchos depredadores que cada vez pululan con más
impunidad por no se sabe qué oscuros entresijos de ineptitud, allá donde la
Justicia yace ciega y miserablemente ineficaz. Existen muchos depredadores con
máscaras de ciudadanos ejemplares; bestias que propician el infierno a las
mujeres con las que conviven, dando dentelladas feroces entre las cuatro
paredes de un infernal hogar mientras se convierten en amables y humanizados
filántropos de puertas afuera. Disimulan esos demonios los daños de sus
complejos inconfesables que provocan a aquellas mujeres cuyos anhelos
cometieron el terrible error de querer ser felices y acceder a su derecho de
sentirse amadas y respetadas. Errores que la sociedad llegó a criminalizar con
la más absoluta indiferencia por cuantas víctimas eran masacradas sin recibir
ninguna ayuda ni orientación, obligadas a padecer en soledad sus pesadillas. Así fue durante décadas hasta que la conciencia social se escandalizó para
acomodarse con unas medidas deficitarias que no palian la sangría del crimen
conyugal pero sí acrecientan el orgullo de la complacencia social.
Nada bueno cabe esperar de un puño cerrado, aunque agarre una rosa. Hipócritas y sinvergüenzas propalan su interés por las mujeres maltratadas
mientras el pueblo sigue reivindicando la insuficiencia de unos políticos que
viven de la apariencia de sus ineficacias y prolongan la agonía diaria de miles
de mujeres presas de sus justificados miedos. Muchas son mis amigas que han
padecido los daños psíquicos y la brutalidad física de monstruos sin entrañas,
de encantadores seres infernales que disimulan ante sus semejantes el crimen
que perpetran a escondidas. Brutalidad psíquica aún más cruel que la física
según he oído decir a quienes padecieron semejante barbarie sin freno, las
secuelas son tan dolorosas como indelebles ya que el amor es difícil proceso de
sanación porque suelen sentirse y están solas muchas de estas heroínas anónimas
de nuestro tiempo. En cada amanecer de nuestra actualidad una mujer se
sustenta, presa de maltratos dispares, con las fuerzas debilitadas del
sacrificio y el dolor continuado, ignorada por aquellos que incumplen la
responsabilidad política de su defensa vital. Cada hora que transcurre de esos
tremendos días de indiferencia social, una mujer tiembla a causa de la
perspectiva inacabable en la tortura y el desasosiego, a la espera de un desenlace
de sus tragedias con la hipócrita condición de aquellos que dicen preocuparse
por la integridad psíquica y física de las agredidas. La realidad demuestra la
desidia de los inútiles responsables prestos a publicitar sus medidas
proporcionalmente inservibles al acrecentamiento de las muertes que se producen
inexorablemente . Lo más terrible de estos frecuentes ataques con resultado de
homicidio, es que en numerosas ocasiones son consuelos para unas almas
atormentadas; heroínas de sacrificios insufribles dejan de sobrellevar en la
intimidad la bestial indiferencia social que sólo reacciona cuando se horroriza
con la sangre derramada. Peor es el hartazgo de crueldad que practican esas
bestias maltratadoras a diario que el alivio de dolores lacerantes después de
haber sido masacradas en cuerpo y alma con el beneplácito del silencio vecinal
hasta que es demasiado tarde. Madres abnegadas más allá de las resistencias de
lo humano que traspasan las barreras de lo indefinible para descender a los
infiernos, caminan con la mirada extraviada y el paso tembloroso cuando
regresan al hogar del demonio que las espera. Disimulan sus tragedias y se
entregan con resignaciones que defienden a sus hijos por no sucumbir en el
intento de darles una oportunidad de vida… aunque la vida pierdan en el intento
de sobrellevar tan duras cargas. Sólo en las miradas de quienes han soportado
la cuchillada diaria en el alma, se pueden deducir las consecuencias que ningún
experto puede jactarse de conocer. La tragedia es aún mayor que los magines de
los teorizadores y esa realidad está más cercana al laberinto de la destrucción
psicológica que a la habilitación pretendida con medidas insuficientes si no
baladíes. Años ha fui testigo de cómo una madre con 7 hijos quedaba en la calle
después de huir ,en plena madrugada, de la casa donde vivía con un psicópata,
su amantísimo esposo ; aquél los había perseguido con un cuchillo por haber
evitado los niños que violara en aquella ocasión a su madre. Todas las
instituciones se lavaron las manos y dejaron abandonados a su suerte a aquella
familia sin techo a la que acogí bajo mi protección moral en vista de que la
sociedad había rechazado el llamamiento a la piedad. Triste y de vergüenza
ajena fue el largo calvario de búsqueda de ayuda donde hasta el Instituto de la
Mujer dio la espalda con una frialdad comparable a la repugnancia insolidaria
de la que hace gala esta hipócrita manada social que es España. La solidaridad
importa un bledo a no ser que trascienda en publicidad o beneficios propios
recabando la atención de lo ajeno… así es la bastarda mentira de fingidos
benefactores a quienes no les importa la tragedia de los más mientras se
desgañitan en reverenciar las frivolidades de los menos. Los menos… vomitivos
poderes de los influyentes Epulones, la verdadera vergüenza social de ciegos
aparentando influencias en un mundo de miserias. Así es la mierda que se ocupa
de ventear sus efluvios repulsivos disfrazándolos de obras de caridad o
preocupaciones sociales. No me creo nada. La agonía es cada vez más larga. En
tanto, España sigue fabricando sus heroínas de cuerpo y espíritu con la sorna
vergonzante de la solidaridad y el dolor compartido, mientras siguen las
torturas de los monstruos en el espeso silencio de las cuatro paredes en que
miles de mujeres mueren un poco más cada hora, ajenas de reconocimiento si no
es tras la tapa de un ataúd donde reposan liberadas de la mentira civilizada y
de sus ejecutores; tan dañina la primera como impunes los segundos hasta que
asesinan . Así es la falsa Justicia que necesita de la sangre esparcida para
defender a las víctimas de la indefensión permanente donde acaba el sufrimiento
con el silencio de la tumba. Benefactores sociales aparentes sacan sus garras
de cánidos rabiosos en el domicilio donde aguarda la presa. Médicos,
investigadores sociales, catedráticos, artistas, periodistas, políticos que
luego tratan con terroristas en oscuras negociaciones, presumen de humanización
pero se quitan sus máscaras de civilizados para mostrar la faz del íncubo que
camuflan tras las buenas maneras. Torturadores psicológicos que se justifican
si no agreden físicamente o que justifican las palizas por creerse
superiormente sanos en la debacle mental que, como pervertidos y acomplejados,
ejercen contra sus mujeres con el cómplice silencio de quienes les creen buenas
gentes. Así de asquerosa es la culpabilidad y la complicidad de tantos míseros
farsantes que claman por la Justicia Social. Malditos.