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Julia y el deseo


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23/03/2019

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No se debe perder la esperanza de alcanzar lo perfecto. En los cometidos importantes es grande lo que está cerca de lo perfecto.


Cicerón, El orador.





Aquel día hizo mucho frío. Imaginé que Julia no habría salido de casa en toda la mañana. En cuanto pude pasé por el mercado y compré lo que buenamente me pareció. Después me fui a su casa. Estaba muy nublado. Aun así no cogí el coche: no me gusta conducir por la ciudad. Y en esta rara vez llueve. Tanto es así que un amigo mío dice que, para producirse aquí el diluvio, se hubieran necesitado dos milagros. El segundo de ellos que lloviera.

Julia me agradeció la compra que había hecho. E inmediatamente puso ante mí un caliente café con leche. Me sentó de maravilla. En su casa, además, me encontraba muy a gusto. Temperatura y ambiente muy agradable.

-¿Cómo llevas las lecturas de Cicerón? -le pregunté apenas me repuse un poco del frío que traía de la calle.

-No sé qué decirte. Estoy un tanto decepcionada. No por Cicerón, no me malinterpretes, sino por mi escasa capacidad de comprensión.

-¿Cómo es eso? ¿Qué sucede? -pregunté un tanto alarmado y con la mente fija en esa enfermedad que ya le ha costado la vida a varios familiares.

-Pues que recuerdo -me respondió sin hacer caso de mi sutil alarma- que cuando era joven, tras una tarde de lectura, era capaz de recordar muchas partes de lo leído. O al menos lo era de hacer un resumen. Y ahora me voy a la cama, intento recordar lo que he leído hace una hora, y no hay forma. A veces me da tanta rabia que me levanto, cojo el libro y vuelvo a leer algún párrafo a fin de recordar lo leído hace escasas horas.

-No tiene porqué darte rabia: es normal. Ten en cuenta que no es lo mismo leer una novela que un tratado de filosofía o de oratoria.

-Si. Creo que ese el problema que tengo: me resulta fácil recordar novelas o películas, pero no tanto las disquisiciones de Cicerón, o de cualquier otro filósofo.

-Es otro tipo de lectura. Cuando te acostumbres a ella, verás como eres capaz de retener muchas de las cosas de las que ahora olvidas. Aparentemente. Porque sabes que todo eso va formando una especie de humus necesario para comprender lo que viene a continuación.

-Sí, en eso tienes razón. Aunque más de una vez me han dado ganas de cerrar el libro y de seguir con las novelas. ¿No te ha sucedido eso a ti alguna que otra vez?

-Sí, claro que me ha sucedido. Y he cerrado más de un libro sin terminarlo. Al principio de hacerlo me quedaba con problemas de conciencia. Pero últimamente si algo no me gusta, lo dejo. Sin ningún remordimiento.

-Pero es que de esta forma -me dijo en un tono de súplica- nunca avanzamos: siempre leemos lo mismo y comemos las mismas cosas. Y si el estómago, con el paso del tiempo, necesita de otro tipo de alimentación, también la mente necesita nuevas cosas y más elevadas, por supuesto.

-Evidentemente -asentí-. Y no me hagas mucho caso porque no recuerdo muy bien dónde leí esto; ni siquiera sé si el recuerdo es fiel; pero por alguna razón recuerdo haber leído que la novela es el género de la juventud, y la filosofía el de la madurez.

-No uses eufemismos: la filosofía es el género de la vejez. No sé si es cierto. Yo siempre he leído mucha novela, teatro y poesía. Me cuesta entrar en el lenguaje de la filosofía. Y sí, lo que es cierto es que, cada día, las novelas actuales me parecen más insulsas, más tontas y absurdas. Y tiendo más a leer historia o filosofía clásica.

-El negocio tiene que continuar. Y se publica no lo que es bueno o interesante sino lo que va a rendir intereses. Lo mismo sucede con el cine. ¿no? ¿Quién lee a los clásicos? Publicarlos no es rentable.

-Sí. Evidentemente. Se realizan grandes inversiones para hacer una película, y, como mínimo, hay que recuperar el capital. No se puede, pues, ir por las alturas: nadie entiende al que se desvía del camino trillado. Y cada vez hay más y más gente que no entiende nada sino se lo dan, como las papillas, bien triturado y deslavazado. Algo así decía Pérez Galdós sobre las vanguardias y el teatro de su época. Por eso me quedo con mal sabor de boca cuando cierro un libro sin terminarlo. A saber si es malo o si yo no entiendo nada… dudo.

-No hace ni una semana -continué deseando animarla- cerré un libro sin terminarlo. Me recordó lo que, de vez en cuando, oía en las aulas de la universidad: siempre hay alguien allí que trata de dárselas de innovador. Por ello es capaz de decir las mayores simplezas o tonterías. Lo hacen con tal de pasar por investigadores de campanillas. Planteamientos llamativos, si quieres, pero que no pueden demostrar. Nadie, pasado el primer momento, les hace caso, por supuesto. Pero provocan, durante unos días, una tormenta en un dedal de agua…

-Lo malo de esas situaciones es que tenías que aguantar en clase a fin de aprobar la asignatura.

-Por eso precisamente he perdido la paciencia, y ya no los soporto. No tengo necesidad, además. Libro que va por esos derroteros, y que me he equivocado al comprarlo, lo aparto sin problemas. El otro día, insisto, comencé uno muy novedoso: intenta demostrar que el mundo clásico no está formado solamente por los griegos y los romanos rondando el Mediterráneo. También estaba China y la India y no sé cuántas cosas más. Y hace un montaje paralelo: cuando Cicerón hacía esto, en la India pasaba aquello, o en China se estaba produciendo la lucha de los cien soles contra las dagas voladoras, o algo así. Todo muy mono. Pero que yo sepa Cicerón no leyó a Confucio. Si que se empapó de Platón, por supuesto.

-¿Y Platón leyó a Confucio?

-No lo sé. Pero no creo. El libro de marras no dice ni demuestra nada, salvo que los romanos compraban seda de China, y poco más. Y de la seda a la filosofía, o la concepción del estado...

-En el caso de la literatura española tenemos el famoso libro anónimo, Calila e Dimna, que sí que viene de la India de la mano de los árabes. Pero cuando llegan estos, el mundo clásico nuestro ya está más que formado. Y quitado de ese libro, que resume don Juan Manuel en El conde Lucanor, no creo que haya más influencia, al menos notable. ¿Entonces -me preguntó un tanto ansiosa- no terminaste de leer el libro?

-No. Me irritó. Me percaté, lo mismo que me sucedía en las clases, de que todo era darle vueltas a lo mismo: poner sobre la mesa un montón de erudición, pero que no servía para nada, o, al menos, no servía para demostrar lo que se buscaba ansiosamente.

-Que no era otra cosa que la fama o un cierto renombre. O prestigio.

-Indudablemente. Las eternas carencias del ser humano.

-Que muchas veces se demuestran de forma equivocada o errónea. Me recuerda a una vecina de la finca. Está empeñada en que nos reunamos los fines de semana para cenar en un bar de aquí abajo. Fui la primera vez por no pasar por desagradecida o antisocial, y la segunda y aun la tercera. Pero ha agotado mi paciencia: es una mujer insufrible. Habla por los codos, interrumpe siempre a quien está hablando, tiene tal lío mental que no sabe ya ni lo que defiende. Y, encima, está en contra de los emigrantes. Cuando comenzó su xenófobo discurso, me levanté y me fui. No volverá a cogerme en ninguna otra reunión.

-Me parece muy bien. Hay que distinguir entre las personas y los libros que aportan algo, que son sinceros, y los que se convierten en mera propaganda, en voceras de determinados intereses. Y que, encima, son unos maleducados. No creo, ni de lejos, que sea el caso de Cicerón.

-No lo es. Entre otras cosas porque los discursos de la vecina me dan ganas de vomitar y de olvidar cuanto ha dicho; en caso de Cicerón me han entrado muchas ganas de leer a Platón. Me tienes que explicar el mundo de las ideas, y eso de que el arte es una imitación de la imitación de la Idea.

-Julia, sí que retienes cosas.

-Lo mío me ha costado, no creas. Y, desde luego, la necia cena con mis vecinas, que no se volverá a repetir, me ha hecho recordar, una vez más, a don Miguel de Cervantes: nunca segundas cenas fueron buenas, permíteme la licencia; y no hay situación mala que no tenga algo bueno. Oyendo a esta desagradable mujer me vino a la mente una frase de Cicerón, así de repente, sin pensarlo, o, como se dice, sin comerlo ni beberlo: “Si se relaciona el beneficio con aquello que se hace, no se es hombre de bien”1.

Le hice la observación pertinente sobre Cicerón, que nada tiene que ver con los emigrantes. Ella lo sabía perfectamente. Me respondió sonriendo:

-Nunca dejas de ser un profesor. No, no es un reproche. Está muy bien: me ayudas a enmarcar las cosas. Pero también la riqueza de los clásicos está en que nos estimulan y nos ayudan a ser personas de bien. ¿Sabes lo que respondió aquella persona cuando le dije que los emigrantes son seres humanos?

-Me lo imagino: cualquier burrada.

-Dijo que esa idea vendía mucho.

-No hace falta añadir nada más.

-Efectivamente. Ahora bien, lo que acabas de decir tú me ha recordado que no llego a asimilar la filosofía de Cicerón, y que desconozco la de Platón. Así que siempre me voy a la cama insatisfecha y sin recordar nada. Sin comprender nada. Es horrible. ¡Qué lejos de aquellas interminables horas de lectura de mi juventud! Entonces siempre me levantaba de mi silla con la idea de que había aprendido muchas cosas… Hoy me sucede todo lo contrario.

-¿Y por qué no te lees algún libro de Platón? Te será de gran ayuda para entender a Marco Tulio Cicerón. Te lo garantizo.

-Sí, pues tráeme alguno porque en lugar de ir a cenar con las vecinas, voy a dedicar más tiempo a la filosofía. A lo mejor soy capaz de entender algo antes de morirme.

-No me hagas esa faena, que yo me quedo sin confidente. No es fácil dar con una persona con la que se pueda mantener un diálogo medianamente inteligente. Así que mantente bien y sana. En beneficio de los dos. Y por eso mismo, voy a preparar una cena que va a ser el colofón perfecto a la charla de hoy.

-¡Ah! ¿Pero ya se ha terminado?

-No. Por supuesto que no. Después de la cena continuamos hablando de tu inalcanzable deseo de perfección.

-Como diría García Lorca, no vamos a llegar, pero vamos a intentarlo.





1La frase que cita Julia efectivamente está en el libro de Cicerón que le dejé, en sustitución del que le compré, de letra un tanto complicada de leer, Las leyes, Madrid, 2009. Gredos. Traducción de Carmen Teresa Pabón de Acuña, p. 59. Y no tiene nada que ver con la emigración. La frase en cuestión se refiere a la virtud. Y dice así: “Y además si la virtud se busca por las ganancias, no por su propio valor, sólo habrá una virtud que se llamará con toda razón maldad. En efecto, cuanto más relaciona cada uno todo lo que hace con su propio beneficio, tanto menos se es un hombre de bien; de manera que quienes miden la virtud por su provecho consideran que no hay ninguna virtud sino sólo la maldad”.



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Etiquetas:   Libros

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