. En los cometidos importantes es grande lo que
está cerca de lo perfecto.
Cicerón,
El
orador.
Aquel día hizo mucho frío. Imaginé
que Julia no habría salido de casa en toda la mañana. En cuanto
pude pasé por el mercado y compré lo que buenamente me pareció.
Después me fui a su casa. Estaba muy nublado. Aun así no cogí el
coche: no me gusta conducir por la ciudad. Y en esta rara vez llueve.
Tanto es así que un amigo mío dice que, para producirse aquí el
diluvio, se hubieran necesitado dos milagros. El segundo de ellos que
lloviera.
Julia
me agradeció la compra que había hecho. E inmediatamente puso ante
mí un caliente café con leche. Me sentó de maravilla. En su casa,
además, me encontraba muy a gusto. Temperatura y ambiente muy
agradable.
-¿Cómo llevas las lecturas de
Cicerón? -le pregunté apenas me repuse un poco del frío que traía
de la calle.
-No sé qué decirte. Estoy un tanto
decepcionada. No por Cicerón, no me malinterpretes, sino por mi
escasa capacidad de comprensión.
-¿Cómo es eso? ¿Qué sucede?
-pregunté un tanto alarmado y con la mente fija en esa enfermedad
que ya le ha costado la vida a varios familiares.
-Pues
que recuerdo -me respondió sin hacer caso de mi sutil alarma- que
cuando era joven, tras una tarde de lectura, era capaz de recordar
muchas partes de lo leído. O al menos lo era de hacer un resumen. Y
ahora me voy a la cama, intento recordar lo que he leído hace una
hora, y no hay forma. A veces me da tanta rabia que me levanto, cojo
el libro y vuelvo a leer algún párrafo a fin de recordar lo leído
hace escasas horas.
-No tiene porqué darte rabia: es
normal. Ten en cuenta que no es lo mismo leer una novela que un
tratado de filosofía o de oratoria.
-Si. Creo que ese el problema que
tengo: me resulta fácil recordar novelas o películas, pero no tanto
las disquisiciones de Cicerón, o de cualquier otro filósofo.
-Es otro tipo de lectura. Cuando te
acostumbres a ella, verás como eres capaz de retener muchas de las
cosas de las que ahora olvidas. Aparentemente. Porque sabes que todo
eso va formando una especie de humus necesario para comprender lo que
viene a continuación.
-Sí, en eso tienes razón. Aunque
más de una vez me han dado ganas de cerrar el libro y de seguir con
las novelas. ¿No te ha sucedido eso a ti alguna que otra vez?
-Sí,
claro que me ha sucedido. Y he cerrado más de un libro sin
terminarlo. Al principio de hacerlo me quedaba con problemas de
conciencia. Pero últimamente si algo no me gusta, lo dejo. Sin
ningún remordimiento.
-Pero
es que de esta forma -me dijo en un tono de súplica- nunca
avanzamos: siempre leemos lo mismo y comemos las mismas cosas. Y si
el estómago, con el paso del tiempo, necesita de otro tipo de
alimentación, también la mente necesita nuevas cosas y más
elevadas, por supuesto.
-Evidentemente
-asentí-. Y no me hagas mucho caso porque no recuerdo muy bien dónde
leí esto; ni siquiera sé si el recuerdo es fiel; pero por alguna
razón recuerdo haber leído que la novela es el género de la
juventud, y la filosofía el de la madurez.
-No uses eufemismos: la filosofía
es el género de la vejez. No sé si es cierto. Yo siempre he leído
mucha novela, teatro y poesía. Me cuesta entrar en el lenguaje de la
filosofía. Y sí, lo que es cierto es que, cada día, las novelas
actuales me parecen más insulsas, más tontas y absurdas. Y tiendo
más a leer historia o filosofía clásica.
-El negocio tiene que continuar. Y
se publica no lo que es bueno o interesante sino lo que va a rendir
intereses. Lo mismo sucede con el cine. ¿no? ¿Quién lee a los
clásicos? Publicarlos no es rentable.
-Sí.
Evidentemente. Se realizan grandes inversiones para hacer una
película, y, como mínimo, hay que recuperar el capital. No se
puede, pues, ir por las alturas: nadie entiende al que se desvía del
camino trillado. Y cada vez hay más y más gente que no entiende
nada sino se lo dan, como las papillas, bien triturado y deslavazado.
Algo así decía Pérez Galdós sobre las vanguardias y el teatro de
su época. Por eso me quedo con mal sabor de boca cuando cierro un
libro sin terminarlo. A saber si es malo o si yo no entiendo nada…
dudo.
-No hace ni una semana -continué
deseando animarla- cerré un libro sin terminarlo. Me recordó lo
que, de vez en cuando, oía en las aulas de la universidad: siempre
hay alguien allí que trata de dárselas de innovador. Por ello es
capaz de decir las mayores simplezas o tonterías. Lo hacen con tal
de pasar por investigadores de campanillas. Planteamientos
llamativos, si quieres, pero que no pueden demostrar. Nadie, pasado
el primer momento, les hace caso, por supuesto. Pero provocan,
durante unos días, una tormenta en un dedal de agua…
-Lo malo de esas situaciones es que
tenías que aguantar en clase a fin de aprobar la asignatura.
-Por
eso precisamente he perdido la paciencia, y ya no los soporto. No
tengo necesidad, además. Libro que va por esos derroteros, y que me
he equivocado al comprarlo, lo aparto sin problemas. El otro día,
insisto, comencé uno muy novedoso: intenta demostrar que el mundo
clásico no está formado solamente por los griegos y los romanos
rondando el Mediterráneo. También estaba China y la India y no sé
cuántas cosas más. Y hace un montaje paralelo: cuando Cicerón
hacía esto, en la India pasaba aquello, o en China se estaba
produciendo la lucha de los cien soles contra las dagas voladoras, o
algo así. Todo muy mono. Pero que yo sepa Cicerón no leyó a
Confucio. Si que se empapó de Platón, por supuesto.
-¿Y Platón leyó a Confucio?
-No lo sé. Pero no creo. El libro
de marras no dice ni demuestra nada, salvo que los romanos compraban
seda de China, y poco más. Y de la seda a la filosofía, o la
concepción del estado...
-En
el caso de la literatura española tenemos el famoso libro anónimo,
Calila
e Dimna, que
sí que viene de la India de la mano de los árabes. Pero cuando
llegan estos, el mundo clásico nuestro ya está más que formado. Y
quitado de ese libro, que resume don Juan Manuel en El
conde Lucanor, no
creo que haya más influencia, al menos notable. ¿Entonces -me
preguntó un tanto ansiosa- no terminaste de leer el libro?
-No.
Me irritó. Me percaté, lo mismo que me sucedía en las clases, de
que todo era darle vueltas a lo mismo: poner sobre la mesa un montón
de erudición, pero que no servía para nada, o, al menos, no servía
para demostrar lo que se buscaba ansiosamente.
-Que no era otra cosa que la fama o
un cierto renombre. O prestigio.
-Indudablemente. Las eternas
carencias del ser humano.
-Que muchas veces se demuestran de
forma equivocada o errónea. Me recuerda a una vecina de la finca.
Está empeñada en que nos reunamos los fines de semana para cenar en
un bar de aquí abajo. Fui la primera vez por no pasar por
desagradecida o antisocial, y la segunda y aun la tercera. Pero ha
agotado mi paciencia: es una mujer insufrible. Habla por los codos,
interrumpe siempre a quien está hablando, tiene tal lío mental que
no sabe ya ni lo que defiende. Y, encima, está en contra de los
emigrantes. Cuando comenzó su xenófobo discurso, me levanté y me
fui. No volverá a cogerme en ninguna otra reunión.
-Me parece muy bien. Hay que
distinguir entre las personas y los libros que aportan algo, que son
sinceros, y los que se convierten en mera propaganda, en voceras de
determinados intereses. Y que, encima, son unos maleducados. No creo,
ni de lejos, que sea el caso de Cicerón.
-No lo es. Entre otras cosas porque
los discursos de la vecina me dan ganas de vomitar y de olvidar
cuanto ha dicho; en caso de Cicerón me han entrado muchas ganas de
leer a Platón. Me tienes que explicar el mundo de las ideas, y eso
de que el arte es una imitación de la imitación de la Idea.
-Julia, sí que retienes cosas.
-Lo
mío me ha costado, no creas. Y, desde luego, la necia cena con mis
vecinas, que no se volverá a repetir, me ha hecho recordar, una vez
más, a don Miguel de Cervantes: nunca segundas cenas fueron buenas,
permíteme la licencia; y no hay situación mala que no tenga algo
bueno. Oyendo a esta desagradable mujer me vino a la mente una frase
de Cicerón, así de repente, sin pensarlo, o, como se dice, sin
comerlo ni beberlo: “Si se relaciona el beneficio con aquello que
se hace, no se es hombre de bien”.
Le hice la observación pertinente
sobre Cicerón, que nada tiene que ver con los emigrantes. Ella lo
sabía perfectamente. Me respondió sonriendo:
-Nunca
dejas de ser un profesor. No, no es un reproche. Está muy bien: me
ayudas a enmarcar las cosas. Pero también la riqueza de los clásicos
está en que nos estimulan y nos ayudan a ser personas de bien.
¿Sabes lo que respondió aquella persona cuando le dije que los
emigrantes son seres humanos?
-Me lo imagino: cualquier burrada.
-Dijo que esa idea vendía mucho.
-No hace falta añadir nada más.
-Efectivamente. Ahora bien, lo que
acabas de decir tú me ha recordado que no llego a asimilar la
filosofía de Cicerón, y que desconozco la de Platón. Así que
siempre me voy a la cama insatisfecha y sin recordar nada. Sin
comprender nada. Es horrible. ¡Qué lejos de aquellas interminables
horas de lectura de mi juventud! Entonces siempre me levantaba de mi
silla con la idea de que había aprendido muchas cosas… Hoy me
sucede todo lo contrario.
-¿Y por qué no te lees algún
libro de Platón? Te será de gran ayuda para entender a Marco Tulio
Cicerón. Te lo garantizo.
-Sí, pues tráeme alguno porque en
lugar de ir a cenar con las vecinas, voy a dedicar más tiempo a la
filosofía. A lo mejor soy capaz de entender algo antes de morirme.
-No me hagas esa faena, que yo me
quedo sin confidente. No es fácil dar con una persona con la que se
pueda mantener un diálogo medianamente inteligente. Así que
mantente bien y sana. En beneficio de los dos. Y por eso mismo, voy a
preparar una cena que va a ser el colofón perfecto a la charla de
hoy.
-¡Ah! ¿Pero ya se ha terminado?
-No. Por supuesto que no. Después
de la cena continuamos hablando de tu inalcanzable deseo de
perfección.
-Como diría García Lorca, no vamos
a llegar, pero vamos a intentarlo.
La
frase que cita Julia efectivamente está en el libro de Cicerón que
le dejé, en sustitución del que le compré, de letra un tanto
complicada de leer, Las leyes, Madrid,
2009. Gredos. Traducción de Carmen Teresa Pabón de Acuña, p. 59.
Y no tiene nada que ver con la emigración. La frase en cuestión se
refiere a la virtud. Y dice así: “Y además si la virtud se busca
por las ganancias, no por su propio valor, sólo habrá una virtud
que se llamará con toda razón maldad. En efecto, cuanto más
relaciona cada uno todo lo que hace con su propio beneficio, tanto
menos se es un hombre de bien; de manera que quienes miden la virtud
por su provecho consideran que no hay ninguna virtud sino sólo la
maldad”.
p.sdfootnote-western { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 10pt; line-height: 100%; }p.sdfootnote-cjk { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-family: "Droid Sans Fallback"; font-size: 10pt; line-height: 100%; }p.sdfootnote-ctl { margin-left: 0.6cm; text-indent: -0.6cm; margin-bottom: 0cm; font-family: "FreeSans"; font-size: 10pt; line-height: 100%; }p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: rgb(0, 0, 0); line-height: 120%; }p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; }p.cjk { font-family: "Droid Sans Fallback"; font-size: 12pt; }p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; }a:link { }a.sdfootnoteanc { font-size: 57%; }