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Lo poco que se pudo avanzar como país, como sociedad, siempre se vio resquebrajado por algún acontecimiento nefasto, abrumador; tan duro para una sociedad acostumbrada a celebrar triunfos —a veces ajenos— como algo que no volverá a suceder jamás, con una fe empeñada tan solo a un día, pero con intereses altos. Y acostumbrada, también, a llorar las derrotas, los desastres y las decepciones, atribuyendo la desgracia como parte de su día a día, algo ya incorporado a su folclore; como si debiéramos reír hoy porque sabemos que mañana lloraremos.
Muchos dirían que el Perú es un caso perdido: un río que se desborda por las siempre malas decisiones de quienes lo manejan, un río que se calma solo a la espera de más rocas y lágrimas para aumentar su caudal y llevarse las pocas esperanzas de un pueblo que no ha aprendido nada en mucho tiempo y apenas se lame las heridas. Si hablamos de los avances, de lo aprendido, nos encontramos con un extraño caso como el de Benjamin Button. Y causa temor saber que podríamos seguir retrocediendo, a tal punto de solo subsistir porque existe el piloto automático (y de esto saben muy bien los Humala-Heredia).A casi dos años del Bicentenario, no hay nada que celebrar. Tenemos un presidente que llegará al 28 de julio de 2021 sin haber sido elegido, que en casi un año de gestión ha hecho mucho más que Toledo en todo su periodo (decisiones, reformas, etc.), mejor incluso que el primer gobierno de Alan —aunque, claro, no existe peor gobierno que ese—, y que se comió pleito ajeno como no lo hizo Ollanta ni siquiera con su mujer. Estos son solo algunos ejemplos recientes.Un presidente cuestionado y antecesores envueltos en líos judiciales: de los últimos 30 años, solo uno está preso —con indulto anulado incluido— (Fujimori); otro es prófugo y aún goza de pensión vitalicia (Toledo); otro fue enviado a prisión preventiva junto a su esposa, pero ya está liberado y con procesos en curso (Humala); y dos más tienen procesos abiertos, uno más complicado que el otro (Alan y PPK). Llegaremos al velorio número 200 de la República con un Congreso penoso y vergonzoso. Pero ¿quién lo escogió? Los mismos que eligieron dos veces a Alan García y quienes le negaron la oportunidad a Haya de la Torre. Son los mismos que escogen autoridades por su carisma o por lo ridículos que puedan verse y, peor aún, a veces por un táper.En resumidas cuentas, tenemos un gobierno débil, que hace lo posible por sacar las reformas adelante. Débil, pero con un activo poderoso: la palabra del pueblo —raro pero necesario, dado que era un gobierno secuestrado por el fujiaprismo—, el clamor de las calles y la tensión de las marchas. Un Congreso, como mencioné líneas arriba, lamentable, deplorable y ya desesperante, donde puedo contar a los congresistas rescatables con la mano derecha de un buen amigo mío, quien perdió dos dedos en alguna celebración de fin de año. Un Poder Judicial aún en cuidados intensivos, con mejoras nada alentadoras.Mención honrosa no al Ministerio Público en general, sino al equipo especial liderado por el señor Vela: un grupo de fiscales que viene realizando un excelente trabajo en el marco de los destapes de corrupción de la empresa Odebrecht y otras constructoras en el Perú.¿Celebración o velorio de lamentos eternos?