. Epícteto,
Manual.
Nací en un pueblecito cercano a
Higueras. Desde niño oí a mi padre hablar de Higueras con cierta
frecuencia. No sé qué relación tenía con dicho pueblo, ni las
veces que fue o dejó de ir por allí. En aquellos lejanos años lo
debió de hacer a pie, o utilizando el caballo del tío Ángel, y por
caminos de herradura. Nunca, ya de mayor, me explicó nada sobre sus
idas y venidas, ni tampoco me dijo nada sobre sus intereses en aquel
pueblo. Sólo recuerdo que lo nombraba de vez en cuando. Pero jamás
me llevó a Higueras; ni yo, un niño entonces, tuve mucho interés
por visitarlo. Emigramos cuando todavía no había cumplido los nueve
años. Mi padre dejó de hablar de Higueras. Y, con el paso del
tiempo, que nada perdona, olvidé mi pueblo natal y los que están a
su alrededor.
No he sido muy dado a volver por los
sitios de los que he salido, casi siempre en contra de mi voluntad.
Me sacaron a la fuerza de mi lugar de nacimiento, y ya no quise
volver por allí. En el fondo temía lo que me sucedió muchos años
después: un dolor inmenso, unas enormes ganas de llorar, y el
reconocimiento de lo inevitable: había que emigrar porque en el
pueblo, por desgracia, no había ningún futuro. Aun así no se me
cerraba la herida.
Al cabo de muchos años, sin
embargo, requerido por una prima a la que no conocía, volví al
pueblo. Había organizado una comida con todos los primos. Me di
cuenta entonces, una vez más, de que el tiempo no cura nada.
Superpone unos dolores a otros; y hoy actualiza este y mañana el
otro. Y un día, un domingo para más señas, mis desconocidos primos
me llevaron a comer a Higueras. Conforme nos acercábamos, con el
coche, se acrecentaban mis ganas de conocer dicho pueblo. Pero como
suele suceder en estos casos, la comida se alargó tanto que resultó
imposible, después, salir a caminar por los alrededores. Según me
dijeron, tampoco había mucho que ver. No obstante, yo me quedé con
el teléfono del bar restaurante, regentado por un pariente de un
amigo de la infancia, donde comí más que bien.
Aproveché algunos breves silencios
durante la comida para indagar, todos los comensales éramos
familiares, qué relación tenían nuestros padres, tíos y abuelos,
con Higueras. La gente, en aquellos momentos, estaba más por lo
clásico en estas situaciones: bromas, risas, chistes, tonterías
varias y nada que pudiera arrojar una mínima sombra de seriedad o
responder a mi pregunta. Más tarde, cuando volví a la carga, nadie
me supo contestar.
-Irían por allí -me dijeron-
porque tenían familia, o a vender o comprar cosas. Vete a saber.
No indagué más. Y, francamente,
tras aquella comida, no tuve mucho interés en volver por el pueblo.
Cierto es, no obstante, que hablé con varios amigos y les conté las
excelencias del restaurante de Higueras tentándolos. Pero o no fui
lo suficientemente seductor, o amigos y conocidos han envejecido de
tal forma que solo son capaces de viajar en avión, y a largas
distancias. Lo que está al lado de casa no les interesa. Y hablando
de distancias, recuerdo que al regreso, tras la comida en Higueras,
cronometré lo que tardábamos en volver al pueblo. La carretera está
llena de curvas, y es más bien estrecha. Veinte minutos. Eso quiere
decir que mi padre para ir a Higueras, en aquella época, debería
invertir, entre ida y vuelta, una larga mañana cuando no todo el
día.
Viendo
que me había quedado un tanto decepcionado con la visita, un primo
me explicó que el nombre del pueblo se debe a la enorme cantidad de
higos que en algún tiempo se cosechaban allí. Asocié aquello con
el gusto que tenía mi padre por esa fruta. Pero me acordé de que en
un bancal del abuelo había dos higueras. De una de ellas, de hecho,
se cayó intentando alcanzar unos higos. Recordé el susto que me dio
al verlo rodar por entre las tiernas ramas del árbol. No le hacía
falta, pues, recorrer tan larga distancia para comer lo que le
gustaba.
Olvidé
el asunto. Pero se acrecentaron mis ganas de volver por mi pueblo
natal. Y no sólo me entraron ganas de regresar, sino de hacerlo con
la cámara fotográfica a fin de retener todo aquello que, de una
forma u otra, había tenido un cierto interés para mí. Nada estaba
como yo lo recordaba; pero ni las fotografías, ni las repetidas
visitas, lograron borrar del todo mis viejos recuerdos. Y un día le
comenté a una chillona prima mía la posibilidad de ir a Higueras
caminando. Me miró como si estuviera loco. Dio la casualidad de que
estábamos en un bar, y de que le estaba enseñando, en la pantalla
de la cámara, algunas fotos acabadas de tomar. A mi prima le
encantaron. Y me propuso, a grito pelado, hacer una exposición de
las mismas allí en el pueblo. La oyó un chico joven. Y, sin más,
con la excusa de que conocía a mi prima, se sentó a nuestra mesa.
Dijo pertenecer a una sociedad cultural de Higueras. Dicha sociedad
estaba intentando promocionar el pueblo, frenar el éxodo rural.
Misión imposible. Habían pensado, los de la sociedad, en hacer una
exposición fotográfica. Me invitó a participar en ella. Y me tentó
con una visita a los famosos puentes de Higueras.
-Hay gente que dice -me contó
sonriendo- que son romanos. Yo creo que, como mucho, son árabes.
Pero no lo sé.
-Yo
no sé nada de puentes ni de arquitectura -le respondí-. No
obstante, sí que me gustaría verlos.
Quedamos en que me avisaría un
domingo que fuera él por el pueblo para visitarlos juntos. Mientras,
me pidió que pasara a papel algunas de las fotos tomadas, y se las
cediera para la exposición.
No
le hice caso, desde luego. Por una parte, no iba a lograr frenar el
éxodo rural ni con fotografías, ni con puentes romanos o árabes.
Y, por otra, han sido ya tantas las promesas de salir, de hacer un
viaje, de hacer esto y lo otro y lo demás allá, tantas cosas que
han quedado en nada que, últimamente, lo reconozco, cuando alguien
traza algún plan conmigo, lo oigo como quien oye llover. Pero esta
vez, y debo decir que con gran alegría por mi parte, me equivoqué.
Estaba una noche dormitando frente a
la tele cuando me llegó un mensaje al móvil: me esperaban el
domingo, a las diez de la mañana, en la puerta de la iglesia de
Higueras. Y me pedían, por favor, que les llevara unas cuantas
fotografías. No me lo pensé dos veces: metí en una carpeta varias
fotos, en color y blanco y negro, y me fui el día señalado con
mucho tiempo de antelación.
Me
detuve en mi pueblo, e hice unas cuantas fotografías. Cuando llegué
a Higueras, unas horas después, me estaban esperando varias personas
de la asociación cultural. Muy amables, me invitaron a desayunar, y
me llevaron por todo el pueblo. Me enseñaron su local, el museo y
varios lugares típicos. Y luego, cómo no, fuimos a ver los traídos
puentes, romanos o árabes. Insisto en que no soy un entendido en la
materia: no sé distinguir un puente romano de uno medieval. Ahora
bien, el primero que me enseñaron, lo vi claro, no era ni una cosa
ni la otra. Nos dirigimos hacia otro de los puentes. Y me sucedió lo
mismo. Pese a todo, los fotografié los dos. Y al retomar el camino
de regreso, una senda empinada y poco frecuentada, fuimos a dar a una
casa, que era donde estaba ubicado el antiguo molino. La dueña salió
al oírnos llegar.
Se conocían todos, y todos se
saludaron efusivamente. Tras los saludos, me presentaron a mí.
-Este señor -dijo el chico que me
pidió las fotografías- se llama igual que tú. Y lleva tu mismo
apellido.
-Entonces -dijo la mujer cogiéndome
la mano y mirándome a los ojos fijamente- tú eres mi hermano.
Todos estallaron en risas y
carcajadas. Ella no soltó mi mano.
-Tú eres mi hermano -dijo con
seriedad.
-Yo -le respondí sonriendo- no
sabía nada de que tuviera una hermana. Pero, claro, tampoco sé lo
que hacía mi padre por ahí de joven.
-Nunca digas de esta agua no beberé,
ni este cura no es mi padre.
-Entonces -le dije yo siguiendo la
broma- tengo una parte de herencia en esta casa.
-Ponte a la cola -me respondió sin
soltarme la mano.
En
eso apareció su marido, me lo presentó, y me tuvo que soltar.
Pasados unos minutos nos fuimos todos. Al despedirnos, volvió a
sujetarme la mano con fuerza. Y me sonrió. Iban riéndose de las
ocurrencias de aquella mujer. Esta, para evitarnos una parte del
camino, rota y hundida, nos hizo pasar por un largo cuarto trastero
de su casa, o garaje, que iba a dar al mismo camino, un poco más
arriba. Allí dentro, algo llamó mi atención. Sobre una mesa, llena
de polvo, junto a una vieja maleta, había un marco con una
fotografía muy antigua, casi borrada. Aun así pude distinguir el
puente que yo acababa de fotografiar, el caballo del tío Ángel, o
uno muy parecido, y un borroso jinete cuyas facciones y pose, más
adivinadas que entrevistas, me recordaban otras fotografías que yo
tenía por casa. No dije nada.
Agradecí la excursión y la
compañía. Nos tomamos una cerveza en el bar, les di todas las fotos
que había llevado, y prometí asistir a su inauguración. Regresando
a Caudiel, detuve el coche en cuanto la carretera me lo permitió. En
medio de un silencio maravilloso, respiré a pleno pulmón, me cambié
la camiseta, toda sudada, y noté que todo aquel paisaje, típicamente
mediterráneo, se transformaba ante mis ojos: era la segunda vez que
lo veía. Y me pareció, pese a ello, el más hermoso de los
paisajes.
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