. Sin esta
condición es difícil alcanzar un conocimiento que sea de provecho.
Ramón
Pérez de Ayala, Las
máscaras.
Tardé varios días en volver a casa
de Julia. La llamaba por teléfono continuamente; pero diversas
ocupaciones me impidieron ir a verla, y más todavía, pasar una
tarde en su grata compañía. Me confesó, no obstante, que le vino
muy bien el tener todos aquellos días para ella sola, pues le
costaba mucho entender los libros de filosofía, rama en la que no
era muy versada, y al no estar yo, pudo dedicarse a la lectura con
más ahínco y perseverancia.
-Yo
no sé -me dijo en cuanto me vio y se enteró de cómo iban mis
asuntos personales- si estos temas -diciéndolo me señaló un libro
de Cicerón, Las
leyes- tienen
algún tipo de interés hoy en día. Perdón, no quiero decir interés
intelectual, que lo tiene, indudablemente. Estaba pensando más bien
en otro tipo de utilidad.
-¿Utilidad práctica? -le
pregunté-. Vaya tontería que he dicho. Perdóname. No lo sé. No
creo que tenga ninguna utilidad. No parece que sea aplicable a
nuestra situación, a nuestro tiempo, a nuestras leyes.
-¿Y tú crees que lo fue en el
suyo? ¿Todo lo que dice sobre las leyes, el derecho y demás?
-Pregunta difícil de contestar,
Julia. Vamos a suponer, a modo de ejemplo, que siempre que alguien
que coge el cálamo, o una pluma, o se pone frente al ordenador,
escribe para alguien, sea un particular o un grupo de personas.
-Yo creo que siempre nos dirigimos a
alguien, aunque sea un lector ideal, o una persona en abstracto.
-Lo contrario tal vez sería caer en
la locura. Y si es así como dices, ¿A quién iban dirigidos los
escritos de Cicerón? Creo que la respuesta es obvia. Y no sólo por
el número de las personas que no sabían leer en Roma. Supongamos,
no obstante, que había lecturas públicas en la República. ¿Quienes
podían asistir a las mismas?
-Esa es la otra pregunta que tenía
preparada para planteártela a ti. ¿Entendía la gente de su época
a Cicerón? A mi me cuesta comprenderlo. ¿Qué presupuestos mentales
tenían? Pregunto esto porque me parece que en sus razonamientos hace
muchas piruetas, o si quieres, se está sacando continuamente conejos
de la manga. Tal vez para su época fuera lógico y coherente todo
cuanto dice, pero ¿lo es para la nuestra? Me falta añadir a estas
preguntas que, a menudo, me quedo en blanco, y pienso que el error
está en mí, que no acabo de entender a Cicerón… quizás si lo
leyera en el original.
-Tendrías el mismo problema. Por
una parte. Y por la otra, deberíamos leer muchos textos de la época
para intentar dilucidar los presupuestos de la misma. Y las
diferencias que puedan haber con la nuestra. Porque las hay.
-Sí, quizás más de las que deja
entrever la traducción, pues, al fin y al cabo, esta va dirigida a
la gente actual, la traducción. No a la de la época de Cicerón.
-Evidentemente. Y ahí está la
dificultad. Pero, de una forma o de otra, siempre nos podemos
aproximar al pensamiento original. Creo.
-Entonces me haría falta saber qué
entendía la gente normal en los años 50 antes de Cristo por dios. O
qué entendía Cicerón. La cuestión no es baladí. Dice que la
naturaleza se rige por los dioses. La razón y la ley son
connaturales al hombre, y eso los emparenta con los dioses…
-No
creo que debas darle más importancia: Cicerón seguramente está
tratando de divinizar todo aquello que ocupó su vida, la ley y el
derecho. Para él es muy importante la ley, ante la cual, recuérdalo,
tienen que ceder las armas, aunque a veces, como en la pena de
muerte, recurra a ellas. La ley es producto de la razón, y esta es
hija de la naturaleza, de los dioses. Y creo, creo, que, muy
astutamente, trata de emparentar con el teatro griego, aunque Cicerón
dista años luz de la piedad que se trasluce en las obras de
Sófocles. Recuerda lo que dice Antígona cuando se rebela contra el
rey y sus leyes, y entierra a su hermano:
“Estas
[leyes] no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de
dónde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de
los dioses por miedo a la intención de hombre alguno”
La
ley natural, enterrar a los muertos por ejemplo, es la dada por los
dioses; y esta es superior a las leyes de los hombres. Así lo
entendí yo en su momento.
Y
así lo entiende Antígona.
-No creo que vayas muy errado. Dice,
abundando en lo mismo, y te voy a citar de memoria, que la virtud es
la misma en el hombre y en dios; y que esta consiste en la naturaleza
llevada a su más alta perfección. Lo siento, pero a mí todo esto
me suena a mera palabrería, conceptos vacíos. ¿Qué es la virtud,
qué es la razón, qué es la naturaleza llevada a su más alta
perfección?
-Sinceramente,
no lo sé. Hace años, siendo estudiante, me inquietó mucho la
palabra virtud, virtus
en latín y areté
en griego. No recuerdo de dónde lo saqué; pero, al final, me quedé
con la idea de que la virtud consiste en hacer aquello que tienes que
hacer de la mejor forma posible. Un esfuerzo y una superación
constante que uno se exige a sí mismo continuamente: ser el mejor
estudiante, el mejor albañil, el mejor fontanero…
-Todos somos capaces de llegar a la
virtud, según lo que acabas de explicar.
-Por supuesto. Y esto contesta otra
pregunta, también muy de mi época: ¿se puede enseñar la virtud?
Yo siempre he creído que sí.
-Desde
ese punto de vista, nadie más virtuoso que el propio Cicerón: por
méritos propios, siendo un provinciano, un homo
novus, llegó
ni más ni menos que a cónsul de Roma. Y todo por sus propios
méritos, sin familiares ni antepasados que lo avalaran. Ahora bien,
ese mismo esfuerzo hizo que se contradijera alguna que otra vez, o
que tuviera que vivir haciendo piruetas.
-No olvidemos tampoco el contexto
político o histórico del momento: Cicerón se vio obligado a
escoger entre Pompeyo y César… Y las circunstancias, siempre
presentes, también le echaron una mano en más de una ocasión.
-Algo similar a lo que sucede hoy:
tienes que escoger, cuando vas a votar, entre A y B, sabiendo que las
diferencias son mínima cuando no inexistentes.
-Sí, algo de eso hay. Y Cicerón lo
que deseaba era retornar a un estado ideal, a aquel en el que él
salvó a la República, con la palabra, de las asechanzas de
Catilina, de un conspirador. Intuyó, o supo, que nunca más volvería
esa forma de gobierno. Se había extinguido la República; y ya
llevaba años mostrando el hocico la nueva forma de gobierno, unas
nuevas leyes: el imperio, la tiranía, el gobierno de uno solo por
mucho que no quisieran llamarlo monarquía, palabra que repugnaba a
los romanos.
-Entonces
-me dijo Julia animándose- ¿Tú crees que libros como Las
leyes son
como una especie de canto de cisne, o una especie de utopía que mira
al pasado?
-No
lo sé. Definir los libros de Cicerón, o de cualquiera, con una sola
palabra es muy arriesgado. ¿En qué año se escribieron Las
leyes? Lo
pregunto para tratar de ser un poco rigurosos.
-Buena
pregunta. Creo que fue cuando lo acusaron de haber tenido alguna
relación con el asesinato de Clodio. Y este fue quien lo acusó de
haber hecho matar a los catilinarios, los partidarios de la intriga,
sin juicio previo. La razón de estado, ya sabes, que también la
defendería Cicerón si eso le permitía preservar un status
quo determinado,
el suyo, el del homo
nuvus hecho
aristócrata. Quien sube de servilleta a mantel, no te fíes de él.
Eso me recuerda también varias películas sobre las penas de muerte
y el estado y su razón... Hay juicio. Pero el resultado, aun con la
ley en la mano, es injusto. Totalmente. ¿Hay que evocar a Antígona?
-Sí, ya lo comentamos el otro día:
no hubo mejor inquisidor, más eficaz ni más virtuoso, que el judío
converso.
-No obstante -añadió Julia con un
cierto tono de disgusto por sus anteriores palabras- también hay en
Cicerón momentos sublimes, brillantes; pero que, pese a todo, a mí
no hacen sino crearme más y más preguntas.
-Pues entonces, querida, el libro de
Marco Tulio es una verdadera maravilla.
-Sí, es una joya: me plantea
preguntas e interrogantes a dos por tres. Por ejemplo -dijo
animándose de nuevo- dice en momento determinado que no hay nada tan
igual como un hombre a otro hombre: todos poseemos la razón, lo que
nos iguala a los dioses, y, por lo tanto, la ley...
-¿Sabes
-interrumpí a Julia- que Cicerón es deudor, entre otros, de Platón?
Y este en el diálogo Protágoras,
defiende
que la justicia, y el sentido moral, le fue dado a los hombres por
Zeus, para evitar que se mataran entre ellos, como venía sucediendo.
-Se ve que Zeus -dijo con tristeza-
dejó de existir hace mucho tiempo.
-En realidad nunca ha existido. Y si
existió hubo otros filósofos, los sofistas y los epicuros, que
consideraban que el derecho no era natural. Y que los dioses eran
insensibles a la situación del hombre, no se ocupan de él, ni para
bien ni para mal.
-Vale,
de acuerdo. Pero con eso me has desviado del asunto que yo quería
tratar: si es cierto, como dice Cicerón, que nada hay más igual que
un hombre a otro hombre, de eso se deduce que nadie tiene derecho a
esclavizar a nadie, ni a matar a nadie… Sí, claro, luego está el
ius
belli, el
derecho de guerra, y ese derecho, ¿también es natural? ¿Nadie
sentía compasión por los esclavos? ¿Por aquellos niños separados
de sus madres? ¿Y qué opinaban ellos de las leyes que defendía
Cicerón?
-No lo sé. Pero opinaran lo que
opinasen, no ha quedado ni rastro de ello. La historia que conocemos
es muy parcial. Mucho.
-Y
tanto. Tienes toda la razón. Siempre he defendido que había que
estudiar nuestra historia más a fondo. Hay un libro inquietante, que
siempre me ha interesado mucho: el Calila
e Dimna, libro
sapiencial que introdujeron los árabes en la Península. Libro
venido de la India. Creo que es una veta que está por estudiar. No
lo sé, tal vez me equivoque. Pero siempre que miramos a oriente, no
llegamos más allá de Atenas, cuando los griegos, como los romanos y
los árabes, alcanzaron la India…
-Por desgracia, el tiempo del hombre
es limitado.
-Y su visión. Pero volvamos al
tema: las palabras de Cicerón, que no hay nada más igual que un
hombre a otro hombre, él las utiliza para hablar del derecho
natural: aquellas leyes que son consustanciales a todos, como lo es
la creencia en distintos dioses, el amor a la sinceridad, la bondad,
el agradecimiento… Pero en ningún momento considera que todos
tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones.
-Cicerón
no vivió en una democracia, Julia. La democracia se da entre los
aristócratas; pero no entre estos y la plebe. Y Cicerón,
seguramente, acepta el estado de cosas tal y como está, y lo
considera, además, natural: el dominus
a pensar y a leer y el servus
a trabajar y a penar.
-Sí. Lo que decíamos el otro día
sobre la metáfora del arco y las piedras: cada una en su lugar, y
sin posibilidades de moverse.
-Eso es.
-Pues
entonces queda meridianamente claro para quién escribe Cicerón y
cuál es el cometido de sus libros. Y ahora, y con tu permiso, cito
literalmente: “nuestro discurso está orientado a robustecer los
estados, a dar estabilidad a las ciudades y a la conservación de las
ciudades”.
-Más
claro, agua. Ahí tienes la utilitas
que
ibas buscando.
-Vale. De acuerdo. Me imagino-añadió
cambiando radicalmente de tema- que te quedarás a cenar. Porque
después de tanto tiempo sin vernos…
-Sí, me quedo. Además, te voy a
hacer un plato especial.
-Te acompaño a la cocina.
Cuando
Antígona regresa a Tebas, tras la muerte de Edipo, se entera de que
sus dos hermanos, Eteocles y Polinices, han muerto defendiendo y
luchando por adueñarse de la ciudad. El rey, Creonte, dictamina que
el hermano muerto en defensa de la ciudad, Eteocles, sea enterrado
con todos los honores, y el otro, Polinices, sea dejado en los
caminos para pasto de los animales. Antígona se rebela contra esa
ley, y decide enterrar a su hermano, acción que desencadenará su
muerte y la tragedia. Téngase en cuenta que para los griegos era un
deber sagrado sepultar a los muertos.
Sófocles,
Antígona, citado por
Jacqueline de Romilly en La tragedia griega, Barcelona,
2019. Traducción de Jordi Terré, p. 97.
Cicerón,
Las leyes, p. 53. Editorial
Gredos, Madrid, 2009. Traducción de Carmen Teresa Pabón de Acuña
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