El murmullo del conciliábulo del Vaticano tiene ecos en las mazmorras del espanto, donde almas engrilladas suplican por verdad y luz. Las que le ha negado la ignominia lasciva y rastrera de buitres degustando el cuerpo de Cristo, mientras cobran indulgencias y trafican influencias a cambio de treinta monedas de oro y sangre. En espasmos se ha solazado la Bestia ocupando sillones cardenalicios, para idear muros, secretismo y mentiras despiadadas, para tapar el dolor perenne de los niños y jóvenes mancillados en las inmundicias de sus pastores.




