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Julia y la humildad


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23/02/2019

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¿Qué puede haber más propio de la condición humana que una conversación elegante y fluida sobre todo tipo de temas? Pues solo por el hecho de hablar entre nosotros, y de ser capaces de expresar nuestras sensaciones mediante la palabra, aventajamos particularmente a los animales.


Marco Tulio Cicerón, Sobre el orador.





Aquella tarde acudí pronto a casa de Julia. Hacía mucho frío, así que acepté de buen grado un café con leche recién hecho. En tanto me lo tomaba, Julia se disculpó conmigo por las molestias que me estaba causando. Como sabía que era inútil decir nada, no abrí la boca sino para seguir sorbiendo aquel caliente líquido que tan bien me estaba sentando. Una vez me lo hube terminado, me limité a preguntarle si quería que nos fuéramos en el autobús o si cogíamos un taxi.

-Hace bastante frío -le dije.

-El autobús -me contestó.

Salimos de casa bien abrigados. La idea era llegar a la tienda a una hora en la que hubiera poca gente o estuviera vacía. A Julia se le había caído el teléfono móvil, y se le había roto. Quería tener otro lo más rápidamente posible, pues siempre estaba pendiente de si llamaba su hijo, o de si tenía que llamarme a mí.

-Estas herramientas -me dijo ya en el autobús- se han vuelto indispensables. Y más para la gente mayor.

No había nadie en la tienda. Aun así tardamos un tiempo considerable en conseguir un móvil nuevo, hacer que este tuviera las direcciones del otro, y estuviera en condiciones de llamar y recibir llamadas y mensajes. Hecho esto, regresamos a casa. Nos tomamos entonces un café, descafeinado, con leche, y nos sentamos a charlar durante un buen rato. Julia había dejado la calefacción conectada; había un ambiente muy grato. Contribuía a ello las plantas, siempre muy cuidadas, y unos grabados, ciertamente originales, que colgaban de las paredes.

-Es increíble -me dijo dejando el móvil sobre la mesita que hay frente al sofá- lo importante que han llegado a ser en nuestras vidas estos aparatos.

-La verdad es que son muy cómodos. ¿Te acuerdas cuando antes teníamos que ir buscando cabinas telefónicas, o llegabas a casa y en el momento justo que abrías la puerta, el teléfono dejaba de sonar?

-Sí, lo recuerdo -asintió con una vaga sonrisa-. Vaya si me acuerdo. Y no es que yo vaya a defender aquello, ni mucho menos; pero, al menos tenía una ventaja: no se oían tantas tonterías como se oyen hoy en día ¿no crees?

-Todas las cosas tienen sus pros y sus contras. Recuerda que Sócrates no quiso escribir ningún libro porque decía que a saber en manos de quién iba a caer. En las charlas y conversaciones escogía él al interlocutor.

-Un visión un tanto restrictiva de los libros. Pero eso mismo se tenía que hacer con los móviles: estoy harta de oír conversaciones absurdas en cualquier lugar a donde voy. Antes, con las cabinas, no te enterabas de nada. Ahora cualquiera se te sienta a tu lado en el autobús, y te hace partícipe de alguna que otra lindeza. Y no te digo nada de los mensajes que envían.

-Sí, por eso te he dicho que a ese móvil que te acabas de comprar llegará lo que tú quieras; dependerá de las personas que tengan tu número, y de quiénes sean.

-El principio de selección, como siempre.

-Evidentemente.

-A lo que me refería, o pensaba referirme, es a que estos aparatos, y esa cosa terrible llamada las redes sociales, han permitido, y permiten, que cualquiera pueda dar su opinión sobre cualquier cosa y lanzar miles de mensajes. Sin pensar en lo que se dice, por supuesto. Hasta en los periódicos digitales se pueden comentar las noticias, o las opiniones. Y, en fin, se lee cada cosa. Peores incluso que las conversaciones de las que te hacen partícipes en el autobús o en el mercado.

-Sí, ya sé que abundan los insultos, las descalificaciones y las barbaridades.

-Sin olvidar las faltas de ortografía. Aunque, bien es cierto, que nada más fácil que no leer esas cosas, o borrar los absurdos mensajes que, de vez en cuando, llegan al móvil.

-Entonces no hay ningún problema. No obstante, tengo que confesarte que yo las leo de vez en cuando. Es para percatarme de por dónde van los tiros en el país. Ya sé que no toda la gente escribe ni participa, pero…

-Yo hace mucho tiempo que perdí el interés por esas cosas. Dicen que cuando uno se hace mayor, como es mi caso, se vuelve egoísta, como un niño mal criado. Imagino que cada uno es hijo de sus obras. Yo no soy así, ni quiero serlo. Ahora bien, cada día me interesan menos esas cosas. Y me interesan más y más, las obras filosóficas, los museos, la música clásica, es decir todo aquello que podríamos denominar el culmen de la humanidad. Me lo he ganado. Tengo derecho a ello. Estoy cansada de oír estupideces.

-Sí, la verdad es que cansa mucho tanto sabio de pacotilla. Decía Plutarco que ninguna palabra pronunciada aprovecha tanto como las muchas calladas. Es difícil aprender a guardar silencio.

-A veces hacerlo requiere de un cierto grado de humildad. Los grandes voceras suelen ser quienes menos tienen que decir, y quienes más elevan la voz.

-Tienes toda la razón del mundo. Aunque también a menudo quienes más insultan y reniegan de esto y de lo otro, no hacen sino confesar su propia ignorancia. Da pena oírlos.

-Por eso se dice que al buen callar lo llaman Sancho.

-El otro día -le conté sonriendo- un joven profesor, muy bueno por cierto, se llevó a un grupo de alumnos al museo del Prado. Allí los puso frente a un cuadro, no recuerdo si el del suicidio de Séneca o el de la muerte de Viriato. Un cuadro de tema clásico, desde luego. Este profesor dio una breve explicación del cuadro, pero lo hizo en latín, dirigida a sus alumnos y a otros humanistas o latinistas. Él, junto con otros muchos profesores, piensa que una lengua se aprende mejor si al alumno se le habla en dicha lengua desde el principio del aprendizaje. Es el método que se sigue con el inglés, el francés y con cualquier lengua moderna.

-Está muy bien.

-Desde luego. Ya hubiera querido yo tener profesores así, o tendencias de este tipo, nada novedosas por otra parte, pues ya se utilizaron en la Edad Media. Luego se olvidaron y se nos machacó con la sintaxis y los complementos directos, indirectos, y de toda laya. Todo menos leer a los autores clásicos. Este joven profesor hace lo contrario: hablar, leer, y luego la gramática.

-Creo que es lo correcto. De esa forma hemos aprendido todos la lengua propia. Pero seguro -me replicó sonriendo- que esos profesores, y ese método, han tenido y tienen sus detractores. No me lo contarías de no ser así -añadió sonriendo.

-Por supuesto. Aquí, en esta tierra tan generosa, siempre hay alguien superior dispuesto a dar clases de todo. Somos un país de maestros sin discípulos. Pero lo más gracioso de la situación es que este profesor, el que dio sus explicaciones en latín en el museo, luego colgó la explicación, una pequeña película, en las redes…

-Ya me lo imagino.

-No le ha faltado, faltaría más, quien se ha sentido ofendido por no entender nada. Y que en vez de reconocer su ignorancia, cosa que no hace falta, desde luego, ataca a al profesor, y al museo, por permitir estas explicaciones en latín. Denuncia la imbecilidad del estudio de esa lengua muerta y sepultada, y todo cuanto acarrea. Total, un cúmulo de necedades, simplezas e ignorancia.

-Ataca todo lo que él no entiende, claro. Y todo, por supuesto, antes que reconocer la propia ignorancia, que es mucha.

-Por supuesto. Y mira, hoy estoy con Plutarco. Y como decía este, muchos mueren antes que confesarle al médico la enfermedad secreta.

-Tampoco hace falta. A veces las palabras no dichas expresan más de lo que parece. Y para ello no se requiere ser poeta. No deja de ser significativo tanta verborrea y tanto dar clases unos y otros. Mira, el otro día leí en una revista electrónica un artículo, que no estaba mal. Tenía un error no sé si mecanográfico o del propio autor…

-Los errores suelen ser muy comunes. Y si uno no los asume nunca publicaría nada.

-Efectivamente. Pues bueno, no tardaron ni cinco minutos en atacar al autor por aquel pequeño error. No se le advirtió del error con buenos modos y mejores palabras; se le atacó, por el contrario, con saña. Sin duda porque alguien, a quien no había gustado el artículo, necesitaba sentirse superior. Y eso es lo malo de estas situaciones: la polémica no sirve para intercambiar ideas, para conocer otros puntos de vista sino para machacar al oponente, para insultarlo, para degradarlo, para creerse superior… en fin, es penoso.

-No participes en esas cosas.

-No lo hago. Pero ¿no crees que todo esto sucede por una evidente falta de humildad y de educación? Leyendo los ataques al autor de ese artículo, a los que tuvo la sensatez de no responder, me acordé de un cuento que siempre nos contaba la maestra de párvulos allá en el pueblo. Nos decía que las espigas que llevan mucho fruto se inclinan hacia la tierra, como un hombre humilde. Las que están vacías de contenido, por el contrario, se elevan hacia el cielo como si lo fueran a tocar. Decía que la palabra humilde venía del latín, de humus, la tierra… Aplícalo a los políticos, y verás como mi maestra tenía toda la razón del mundo. A más necedad, más erguidos van.

-Decía Séneca que no se topan entre sí sino los que van por el mismo camino. No lo compartían el escritor y el lector de ese artículo que dices; ni el profesor de latín, que no se molestó en contestar a tanta sandez, con el sandio que lo criticó. Y por otra parte, siempre he pensado, desde que leí la dichosa frase, que somos enanos a hombros de gigantes.

-Y algunos -dijo riéndose- como decía Freud, creo, pulgas en cabezas de sabios.

-Y cambiando de tema, ¿qué tienes en la nevera?

-Hay un poco de todo.

-Pues hago la cena y continuamos con nuestra charla. Hay varias cosas que quiero comentarte.

-Me encantan estas conversaciones que tenemos. Y doy gracias a los dioses por…

-Julia -le dije cortándola- léete este artículo mientras hago la cena, y luego lo comentamos.

Julia, que es una chica obediente, se puso las gafas, cogió lápiz y papel y comenzó a leer. Yo me fui a la cocina.

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