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El
caos actual lo debemos a Rodríguez Zapatero aunque algunos no se lo crean. Sí,
a ese siniestro personaje le debemos que lo peor de cada casa y lo más esperpéntico
de la sociedad haya acabado en las instituciones españolas; lo mismo en
diputaciones que en parlamentos regionales, ayuntamientos o en el parlamento
nacional; con la excepción del ámbito proetarra que, dicho sea, no es
esperpéntico y sí terrorista y asesino. Echen un ojo –si les cuesta creerlo– a
formaciones como Bildu-ETA, CUP, PDcat, Mareas, Compromís,… Parece que se han
puesto de acuerdo para dañar, destruir y deshacer. ¡Nunca tan pocos hicieron
tanto daño! Pero de todos es sabido que –como decía R. Tagore– la verdad no
está de parte de quien grite más.
No
me cansaré de repetir que todo el desorden y caos que hoy alumbra España se lo
debemos a ese personaje atolondrado, desnortado y despersonalizado que es el
expresidente Rodríguez Zapatero; el mismo que no se cansa de acudir a Venezuela
a apoyar a Nicolás Maduro y sus sanguinarios, amenazar a la legal oposición venezolana
y se deja llevar por el innecesario afán de protagonismo. Lo que no puedo
entender es cómo el Gobierno español permite que un personaje de esa guisa vaya
por el mundo dañando la imagen de España, ganándose innecesarias enemistades y
representando a nadie; salvo que el PSOE se sienta identificado con lo que
zETAp defiende, en cuyo caso estamos ante una ‘rabada’ apoyada por el apoyo a
una dictadura e inclinación hacia sectores proterroristas y dictatoriales. Si
Zapatero secó las ilusiones de los españoles y nos puso en el centro de la
crisis, los nuevos desnortados que han llegado a las instituciones secarán todo
lo demás. “La miseria seca el alma y los ojos, además”, decía Rosalía de
Castro.
También
hay que dejar constancia de que todo empezó con la famosa ley de ‘memoria
histérica’ (sectaria, parcial e intemporal), que tanto daño ha hecho a la
convivencia entre españoles. La transición había conseguido asentar las
diferencias tras decenas de años de convivencia pacífica, tremendas
indemnizaciones a muchas de las familias de los perdedores y transición a la
democracia, pero –miren ustedes por dónde– tuvo que aparecer el
emponzoñador, Rodríguez Zapatero, para que todo se viniera abajo; precisamente
el nieto de un ejecutor del pasado. Sí, con él empezó todo. Por cierto, hablando
de ejecutores, no pierdan de vista la procedencia procesal y terrorista de
Pablo Manuel ‘Mezquitas’, actual líder de la formación española podemita con su
fuerte carga de proterrorista, chavista y bolivariana, además de miembro de la
casta y marqués intemporal de Galapagar, pero eso lo abarcaremos otro día.
No
es ningún secreto que actualmente existe una tremenda preocupación social por
la deriva del PSOE y el nulo horizonte de las formaciones recién surgidas,
procedentes del descontento y que han acogido a todo aquello que se rechazaba
socialmente por nefasto, caótico e inservible y, en muchos casos, con todos los
vicios sociales más despreciables. Tanto en el PSOE como en las nuevas
formaciones surgidas de lo más rechazable no entienden que la libertad no es
más que una oportunidad de ser mejores, algo a lo que parecen oponerse aunque
se les llene la boca con ese concepto; lo mismo sucede con la libertad de
expresión: si perjudica se agarran a ella, pero si el contrario se lo aplica a
ellos es fascismo y otras ‘lindezas’ muy propias, no de la izquierda, pero sí
de la ‘izmierda’ radical. Y eso se ha generalizado; no hay más que echar un
vistazo a las afirmaciones de personajes ‘perroflauteros’ del estilo del
marqués del Galapagar, el “Echeminga” de turno, el avispero Rufián, la señora
Rodríguez y sus “matrias” o las permanentes sandeces de un tal Monedero, por
poner algunos ejemplos.
Esa
preocupación social a la que aludía antes es casi mayor que el paro, el
terrorismo musulmán y el peligro de las jubilaciones. Tal vez buena parte de la
culpa esté en la corrupción y el
desmesurado aprovechamiento de algunos personajes públicos. Aquellos polvos
traen estos lodos y no va a ser fácil que la corriente se lleve toda esa
‘porquería’ social y política. Ah, y que nadie diga que es una mera tontería
porque lo que nos hace sufrir nunca es una tontería, precisamente por hacernos
sufrir.