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La marcha divisora


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24/01/2019


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Colombia se parece al agua en sus tres estados de la materia.


Una bomba, 21 muertos y alrededor de ochenta heridos no fue suficiente para lograr que el país se uniera frente al rechazo natural y propio del terrorismo en cualquiera de sus diversas presentaciones. Lo que sorprende del caso son las razones por las cuales la unión fue infructuosa y matizó la división política que se ha vivido desde los tiempos de La Violencia.

Por una parte, se encuentra la eterna y bien fundada desconfianza en la clase política gobernante que tiene la incuestionable costumbre de estar muy por debajo de la altura mínima requerida para ser considerada con seriedad dentro del peso de la historia. Tenemos un presidente en formación que intenta navegar el mar sin un barco, un fiscal cínico untado hasta los codos de corrupción, un gobierno nacional constituido de partidos camaleónicos que son los mismos de siempre, pero con una lavada de cara y gomina en el pelo; el mismo partido político que, sin el menor atisbo de duda ni misericordia, rechaza cualquier tipo de propuesta que tenga el tufillo de una salida negociada al conflicto cuyas condiciones mínimas incluyan resarcir las deudas históricas pendientes con las víctimas de un reyerta que nunca le ha pertenecido.

Este grupo político tomó el liderazgo en la convocatoria para organizar la marcha contra el terrorismo del ELN haciendo uso mezquino de la oportunidad para obtener réditos políticos y levantar la imagen triste que tiene el verde mandatario y su deslucido séquito de gobierno, haciendo caso omiso a la incoherencia de pedir la paz cuando están enquistados en continuar una guerra que nadie va a ganar y que, aún si fuera posible salir vencedor, el costo de las vidas desperdiciadas en el combate solamente produciría una amarga victoria. No han logrado comprender que su silencio cómplice respecto a los asesinatos selectivos de líderes sociales, su connivencia con la corrupción rampante y su general desprecio por las causas sociales les ha granjeado un repudio común que no se sobrepone con propagandas ni con anuncios de tiempos prósperos cuándo el presente y la realidad son tan evidentes, y menos aun cuando sus cautivos seguidores alardean orgullosamente las virtudes de la mano dura y el plomo para los contradictores como si de una masa indolente de organismos unicelulares se tratase.

Al otro lado de la marcha se dividieron entre los que no están dispuestos a marchar con el Uribismo por las mismas razones anteriormente mencionadas en la antesala de una confrontación ideológica que no permite convergencias de ningún tipo. Un grupo multicolor que mira el poder como un objeto lejano, inaccesible, terrible y deleznable pero también deseable, reviviendo el antiguo maniqueísmo de fuerzas destinadas a chocar por los siglos de los siglos y que se niega a estar de lado del fuerte. Este partido político de voz ronca por repetir una y otra vez las incontables injusticias del gobierno de turno pero que ha sido incapaz de conciliar un plan concreto, disciplinado y organizado que le permita presentarse como una opción real de gobierno sin los cuestionamientos naturales a su lineamiento ideológico. A fin de cuentas, simplificar se vuelve una tarea titánica entre tanta diversidad.

En esta orilla también estuvieron los marchantes independientes que superponen la tragedia a los egos individuales, los que salieron a protestar, pero desde la acera contraria en una acción al mismo tiempo prudente y temeraria. Prudente por solidaridad con las víctimas y temeraria por prestarse para darle legitimidad indirecta al partido convocador que puede usar la presión social para erigirse en un estado policivo con libertades excesivas para reprimir, controlar y censurar.



La marcha del domingo deja en evidencia que Colombia se divide tres grandes facciones políticas separadas entre sí como el agua en los tres estados de la materia. Tres estados antagónicos constituidos de la misma esencia. Aún se necesita el paso de varias generaciones para que las diferencias se disuelvan y las viejas rencillas sean remplazadas por la esperanza de poder vivir y morir en una tierra sin que medie el uso implacable de las armas y donde los desacuerdos nunca sean causantes de la agresión histórica que pesa en las espaldas de la nación.





Etiquetas:   Corrupción   ·   Política   ·   Terrorismo   ·   Violencia   ·   Colombia

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