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Entrevista al escritor Lorenzo Silva


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14/01/2019


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Madrileño de un 7 de junio de 1966. Abogado de formación que siempre tuvo historias que contar. En tres décadas asegura que no ha tenido día sin ideas de los que han nacido una treintena de novelas (sus criaturas Bevilacqua y Chamorro cuentan con numeroso público), cientos de relatos y ensayos, además de numerosos reportajes y artículos para diferentes medios de comunicación.


Comisario del festival de novela Getafe Negro desde 2008 y editor de Playa de Ákaba. Son solo dos ingredientes de la intensa agenda del escritor que no esquiva preguntas sin perder ni un ápice de elegancia: «Sé más de lo que digo y no digo nada que no sepa», afirma para EL LIBRO DURMIENTE donde combatimos el frío de enero con calor de letras y autores.

Entrevista realizada por Begoña Curiel.

–He leído que puede escribir en cualquier lugar. ¿Ha sido así siempre o la capacidad de concentración ha ido llegando con el tiempo?

Siempre he tenido bastante capacidad de perderme en mi mundo, que está conectado con este, pero sucede a otra cadencia y en otro plano —cada vez más dispares, dicho sea de paso—. Sin embargo, fue la necesidad de llevar una vida multitarea, primero por el pluriempleo —la literatura no daba de comer, había que hacer otras cosas— y luego por la paternidad, finalmente numerosa, la que me hizo descubrir que el único requisito para escribir algo es tener una buena idea y que todo lo demás, incluidas las circunstancias exteriores, es definitivamente accesorio.

–Un escritor que se adentra en tantos géneros y proyectos, ¿cómo lo hace para ordenar y clasificar ideas en el caso de que se junten dos (o las que sean) historias en la cabeza? Con su currículum en la mano, es difícil pensar que le queden huecos hasta para respirar.

Tengo 63 centímetros de perímetro craneal. Me pone difícil encontrar sombreros —hace un mes, en un espléndido sombrerero de Roma, Troncarelli, junto a la plaza Navona, tuve que renunciar al que me gustaba, que sólo llegaba hasta la talla 61— pero a cambio me permite procesar muchas cosas a la vez y sin embarullarme demasiado. Creo que la tara hasta tiene un nombre científico. Hace muchos años, al tomarme por la cabeza, un veterano médico militar le dijo a mi madre: “Este niño saca buenas notas, ¿no?” Hablando en serio, no sólo no me cuesta vivir manejando muchas ideas a la vez: me siento mal, inútil, desperdiciado, si no lo hago.

–¿Es de los que sueña y/o tiene pesadillas con sus personajes, como si conviviera con ellos antes incluso de que no figuren en los papeles?

Se me han aparecido en sueños muchas veces. De hecho, en sueños se me aparecieron las dos protagonistas de la que será la novela que escriba cuando termine la que tengo entre manos. Soñando escuché nítidamente las primeras palabras que se dirigen la una a la otra, en el momento en que se conocen. Es una historia de amor, y el amor conviene que te conmueva a ti antes de intentar conmover con él a otros. Los sueños manejan palancas muy poderosas de nuestra imaginación y nuestra voluntad. Kafka apuntaba a menudo los suyos, y eran uno de sus cazaderos favoritos para sus historias. Yo también acecho por ahí a menudo, y cuando estoy escribiendo, si algo no fluye como debiera, también suele la novela asaltarme en el sueño, reclamando sus derechos.

–¿Ha tenido momentos “sin ideas”?

He tenido momentos en que la idea, quizá demasiado compleja, o simplemente intempestiva, estaba algo estancada. Sin ideas, ni uno solo desde hace treinta años, que es el tiempo que llevo asomándome cada día con curiosidad a ese bullir de historias que es el mundo. Escribo un cuento semanal desde hace más de 500 semanas y no sólo nunca me han faltado ideas, sino que esta semana y la anterior me las he tenido que arreglar para meter tres historias en cada uno de los dos cuentos, de tantas como me interpelaban a la vez.

–Siempre me ha llamado la atención su serenidad y la admirable diplomacia con la que a pesar de todo, acaba diciendo lo que quiere decir. ¿Es solo la impresión que causa o calla mucho?

Sé más de lo que digo y no digo nada que no sepa. Eso te permite estar tranquilo, y te invita por otro lado a la prudencia, sin dejar de poner sobre la mesa lo que crees que importa, aunque a alguno de los que te escuchan no le plazca o no le convenga del todo. Ser comedido, no sobreactuar, rehuir el dogmatismo y el vituperio permite decir mucho más que si vas por ahí embistiendo contra todo lo que se mueve. Embestir te cierra puertas y oídos, lo que acaba volviéndote inocuo.

–Ahora promociona “Lejos del corazón”, el último capítulo de la saga de los investigadores de la guardia civil Bevilacqua y Chamorro. En 1995 le llamó la atención que la literatura no destinara un hueco a agentes de este cuerpo y el experimento ha sido todo un éxito, sin duda. Pero, ¿le cansa o disgusta que una legión de lectores le conozcansolo por esta saga?

Son mis criaturas, están en mi corazón, no puede cansarme ni disgustarme que hayan llegado a significar algo para alguien más. Sí tengo a veces la sensación de que el resto de mi obra es más o menos invisible en comparación, o lo es para un buen número de lectores; incluso que hay quien no llega a verla, en tanto que queda en cierto modo eclipsada por la pareja benemérita. Tampoco es una tragedia. Kafka no vendió en vida arriba de 4.000 ejemplares, y esa cifra la han superado y hasta multiplicado varias veces mis libros menos conocidos. Tiendo a pensar a veces que soy dos escritores, y que el menos difundido vende mucho más de lo que facturó el más grande autor contemporáneo. No tengo derecho a quejarme.

–Es que ha publicado más de sesenta obras y la pareja de guardias civiles solo protagoniza veinte de ellas. ¿Qué otros trabajos suyos le hacen sentirse satisfecho independientemente de las ventas?

Ni siquiera veinte, sólo once. Estoy contento de haber podido publicar todo lo que ha llegado a las librerías, incluso, o en especial, libros tan marcianos como “La sustancia interior”, “El blog del inquisidor” o “El ángel oculto”. Me alegra mucho, por la memoria y/o las vidas reales que reivindican, haber escrito “La flaqueza del bolchevique”, “El nombre de los nuestros”, “Sereno en el peligro”, “Recordarán tu nombre” y “Sangre, sudor y paz”. Y ninguno se ha vendido nada mal, dicho sea de paso, todos han hecho múltiples ediciones.

–Bevilacqua es de origen uruguayo. Psicólogo de formación. No es la imagen o prototipo tradicional de un guardia civil. Supongo que no es casualidad.

En absoluto. Es una manera de decirle al lector, alto y claro, desde la primera página, que los seres humanos son individuos, incluso cuando se integran en un colectivo. Ítem más: que las aventuras humanas más fecundas e interesantes, desde el punto literario, son aquellas en las que asoma la paradoja, incluso el conflicto, entre el individuo y el grupo al que pertenece, en el que no es imperativo estar como un borrego aturdido, sino que cabe mantener una mirada crítica.

–El rigor en el trabajo de documentación es uno de los aspectos que más me gusta de su obra. Muchos autores afirman que esta tarea es emocionante. ¿Le pasa lo mismo?

Para mí lo ha sido. Algunas de las cosas más emocionantes que he hecho en mi vida, como salir en un convoy militar en Afganistán o vivir en primera persona la persecución de una planeadora en aguas del Estrecho, las he experimentado mientras me documentaba para una novela. Pero también otras menos espectaculares: como cuando vi la firma con que el general José Aranguren o su subordinado, el coronel y luego general Escobar, se dieron por enterados de su sentencia de muerte, mientras consultaba en el tribunal militar territorial de Barcelona los legajos de su consejo de guerra. O las cuartillas manuscritas a lápiz en las que Aranguren, un hombre de honor y siempre fiel a su deber, se defendía de la acusación miserable y grotesca de haber incurrido en un delito de rebelión. La firmeza del trazo de esas firmas y esa caligrafía todavía hoy me pone la piel de gallina al recordarla.

–De hecho en ese trabajo pulcro de documentación detecto un auténtico periodista, ahora que tan denostado está este oficio. ¿Lo vive así o no tiene nada que ver?

No soy periodista, no estudié la carrera, sólo he procurado aplicar mi instinto de contador de historias a la narración de todas las que pasan por mis manos, también las reales. Y ese instinto me dice que lo esencial son los detalles, y que en una historia real los detalles hay que buscarlos, y contrastarlos, antes de pasárselos a un lector que confía en ti y al que por nada del mundo puedes traicionar ni embaucar.

–Miro ahora al revés. Hay mucho periodista metido a escritor y pese a los aciertos, es evidente que no todos lo pueden hacer bien. Aunque algunos quieran hacernos creer que sí. ¿Cómo lo observa desde su posición?

Uno puede ser varias cosas a la vez. Yo era abogado y a la vez, y desde antes, era o me sentía escritor. Puede sucederle a un periodista también. De hecho no es raro que le suceda. Lo que no parece es que suceda a todos los que se ponen a escribir literatura, ni que todos los que no eran escritores antes de dar ese paso encajen en ese otro perfil posible, el del escritor que descubre tardíamente que lo es. Toca al lector seleccionar, y el tiempo depositará luego, implacable, su veredicto.

–¿Qué trabajo le ha dejado más tocado a nivel personal, a lo largo del proceso de documentación y posterior escritura? Porque le haya sorprendido lo encontrado o su proceso de creación. O cualquier otro motivo.

Dudo entre “Recordarán tu nombre”, la historia de cómo un hombre íntegro acabó injustamente ejecutado como un criminal —y que también me hizo evocar la historia de mis abuelos, otros dos hombres de una pieza arrollados por la Historia— y “Sangre, sudor y paz”, un viaje al horror de ETA, una partida de asesinos ignorantes, insensatos y sin escrúpulos que, entre otras cosas, mataban niños con plena conciencia de hacerlo, sólo porque eran hijos de guardias civiles. Espero y deseo que mi país nunca blanquee la memoria de los desalmados que causaron uno y otro despropósito, y que esos dos libros ayuden que sea así. No cabe convivir con la infamia, ni condonarla, sin que la infamia se te haga extensiva.

–No obstante, un escritor que se mete en distintos papeles termina siendo a veces una especie de actor. ¿O es capaz de aislarse completamente de las sensaciones que le disgustan? ¿Es necesaria cierta frialdad o capacidad para aislarse de lo que le afecta?

La respuesta anterior la firma la persona, el ciudadano. Al escritor le incumbe el ejercicio de acercarse con toda la objetividad posible —que nunca es absoluta— a la historia que cuenta, e incluso, llegado el caso, ponerse en los zapatos de los desalmados. Tengo esa capacidad, lo que no sé si es del todo saludable, pero la necesito para mi oficio.







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