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Con el beneplácito de buena parte de los
medios de comunicación, se han pasado por alto sus vaivenes de la
socialdemocracia al liberalismo, sus movimientos pendulares de pactar con
Sánchez a pactar con Rajoy. Cuando han apoyado gobiernos lo han hecho desde la
barrera, como en Andalucía la pasada legislatura, o desde la traición a
distancia, como en Madrid, pero siempre sin mancharse las manos.
Para su desgracia esos tiempos han
terminado. Ya no basta sentarse a esperar a ver cómo los demás pierden los
votos. A partir de ahora toca mojarse. Y digo para su desgracia porque uno
empieza a tener la sensación de que cada vez que Ciudadanos tiene que tomar una
decisión importante la acaba cagando de forma estrepitosa.
Primero fue la imposición de aquellas
precipitadas elecciones catalanas que acabó en gatillazo, con Arrimadas a las
puertas pero con Torra en la Generalitat. Luego fue la decisión feliz de romper
con el PP para forzar elecciones anticipadas, que acabó son Sanchez en La
Moncloa vía moción de censura.
Pero lo vivido después de las elecciones
autonómicas andaluzas merece un capítulo aparte. No sé si les aconsejan desde
el IBEX, desde algún periódico, o es estulticia propia, pero es difícil
encadenar una sucesión de esperpentos como los protagonizados por Ciudadanos
desde la noche electoral. Empezaron marcándose un Revilla, con la fantasmada de
pretender la presidencia de la Junta siendo la tercera fuerza en votos. Luego
vino lo de buscar no se sabe bien qué tipo de acuerdo con el PSOE andaluz para
la investidura, después de haberse pasado toda la campaña anunciando que no
habría ningún acuerdo con los socialistas.
Después llegó Girauta con lo de que no
descartaban llegar a pactos de gobierno con el PSOE en 2019, con una nada
velada alusión a la posibilidad de pactar con el socialista manchego García
Page, al que se definía como “socialista no sanchista”. Alguien debería
recordarle al señor Girauta que antes de que a Sánchez se le hubiera ocurrido
siquiera plantearle a su ejecutiva un pacto con Podemos, García Page ya había
llegado a un acuerdo con Pablo Iglesias en aquella famosa cena en Olías urdida
por Zapatero y José Bono, el hombre que toca la música que Page baila.
Pero lo mejor estaba por llegar en forma de
pillada monumental: la cutrefoto de Marín en el bar de una estación
ofreciéndole a Podemos el oro y el moro para no depender de Vox en la elección
de la mesa del Parlamento Andaluz. El ridículo fue tan espantoso que parece ser
que provocó una airada bronca de Inés Arrimadas al intrépido Marín. Rivera no
sabemos si le felicitó o no, pero el caso es que a poco de conocerse la
filtración de la foto, a Ciudadanos le faltó tiempo para llamar a Vox, que era
justo lo que parecían querer evitar por todos los medios.
Y es que le guste o no a Rivera y los suyos,
los resultados de las elecciones andaluzas obligan a PP y Cs a contar con Vox.
Y no sólo tendrán que hacerlo en la investidura, lo tendrán que hacer cada vez
que quieran sacar adelante una ley en el Parlamento andaluz. Y esto es algo que
Ciudadanos parece olvidar cuando se entrega en cuerpo y alma a menospreciar a
Vox.
Ciudadanos vive a partir de la noche
electoral andaluza obsesionado con los de Abascal. Desde El Mundo, cabecera del
aparato propagandista naranja, con el naranjísimo Bustos a la cabeza, se nos
exhorta a diario sobre las maldades de la ultraderecha (se ve que a la
ultraizquierda no la han visto venir), sobre lo intolerable que es proponer la
reforma del estado autonómico (no como cuando Ciudadanos proponía que
desaparecieran las Diputaciones).
La obsesión es tal que incluso en Barcelona,
donde las perspectivas electorales de Vox no llegan a la obtención de un
concejal, el candidato Valls parece que le va a disputar la alcaldía a Abascal
en vez de a Colau,
Lo de que Manuel Valls, el que proponía
expulsar a todos los gitanos de Francia, se permita llamar a alguien xenófobo
no deja de ser un chiste. Pero lo que no tiene ni un pase es que se permita
comparar a Abascal con Otegi. Eso sí que no, señor Valls. Con Santiago Abascal
se puede estar de acuerdo o no, pero fue uno de esos concejales y diputados
vascos que defendió democráticamente sus ideas mientras vivía con escolta bajo
la amenaza de ETA. Usted no puede venir aquí a equiparar a los que amenazaban
de muerte y mataban, con los que sufrían las amenazas y, en el peor de los
casos, perdían la vida a manos de gente como Otegi.
Comentaba hace poco José María Domínguez que
la reciente obsesión de Ciudadanos con Vox venía del convencimiento de que
únicamente pueden ganar la alcaldía de Barcelona desde la izquierda, es decir,
heredando los votos del PSC, y cualquier acercamiento a la formación de Abascal
puede estorbarles el intento. Pero esto no justifica comparar a Vox con los
golpistas catalanes contra los que está ejerciendo la acusación particular en
los tribunales.
Enrique IV consideró que la conversión al
catolicismo era un precio asumible para ganar Paris. No sabemos qué precio
considera Rivera asumible para ganar Barcelona, pero cada voto que gane en la
ciudad condal puede costarle perder tres en el resto de España. Y lo que puede
beneficiar a Valls en Barcelona puede perjudicar seriamente a Villacís en
Madrid, por poner un ejemplo.
Cs tendrá que decidir dónde quiere perder y
ganar votos, ya no vale jugar a ser centroderecha en Madrid y centroizquierda
en Cataluña. Si se prefiere pactar con el PSOE que está rebajando a España al
ridículo frente a Torra, que lo digan claro, y que lo digan ya. Si prefieren
acuerdos como el que ha alcanzado Ciudadanos con ERC, PSC y Podemos para
repartirse los sillones del consejo de TV3, que se explique. Y si se prefiere
llegar a acuerdos como el de Andalucía que se diga también. Los votantes
quieren saber para qué va a servir su voto.
Se acabó lo de nadar y guardar la ropa. Toca
enseñar la patita