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"Literatura escrita por mujeres" Sor Juana Inés de la Cruz


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28/12/2018


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Juana de Asbaje y Ramírez (San Miguel Nepantla, Nueva España, 12 de noviembre de 1651​ – México, Nueva España, 17 de abril de 1695), más conocida por Sor Juana Inés de la Cruz, fue una religiosa jerónima y escritora novohispana, exponente del Siglo de Oro de la literatura en español. Hija ilegítima de una mujer criolla, Juana aprendió a leer con apenas tres años, siguiendo a su hermana mayor a la escuela de lectura para niñas. La maestra que comenzó a enseñarle siguiéndole su juego muy pronto descubrió las aptitudes de la niña. Lo que comenzó como una travesura pronto se convirtió en la llave que le abrió a Juana la puerta de la sabiduría.


Con ocho años Juana quería que la enviaran disfrazada de hombre a la Universidad, pero su madre, prudentemente, la envió a México con unos parientes. Juana leía y estudiaba por su cuenta cuantos libros caían en sus manos. Consciente de que necesitaba saber latín para acercarse al saber de los clásicos, se cortaba cuatro o seis dedos el cabello y si cuando le volvía a llegar hasta el punto en que se lo había cortado no se sabía la lección, se lo volvía a cortar en pena de rudeza, que no le parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias.

Cerca de los dieciséis años se había convertido en una jovencita hermosa, lúcida y cuya fama de sabia llegó a los oídos del virrey, el marqués de Mancera, que la llamó a la corte para que sirviera como dama de compañía de su esposa, la marquesa Leonor. Allí fue sometida a una científica lid en la que cuarenta profesores universitarios de distintas disciplinas la examinaron. Después de verla desembarazarse con total soltura de las preguntas, argumentos y réplicas, el marqués afirmó que parecía un galeón real defendiéndose de pocas chalupas. La virreina, Leonor de Carreto, se convirtió en una de sus más importantes mecenas. El ambiente y la protección de los virreyes marcarán decisivamente la producción literaria de Juana Inés.

A finales de 1666 llamó la atención del padre Núñez de Miranda, confesor de los virreyes, quien, al saber que la jovencita no deseaba casarse, le propuso entrar en una orden religiosa. Aprendió latín en veinte lecciones impartidas por Martín de Olivas y probablemente pagadas por Núñez de Miranda. Después de un intento fallido con las carmelitas, cuya regla era de una rigidez extrema que la llevó a enfermarse, ingresó en la Orden de San Jerónimo, donde la disciplina era algo más relajada, y tenía una celda de dos pisos y sirvientas. Allí permaneció el resto de su vida, pues los estatutos de la orden le permitían estudiar, escribir, celebrar tertulias y recibir visitas, como las de Leonor de Carreto, que nunca dejó su amistad con la poetisa.

Su celda se convirtió en centro del saber de su época. En ella recibía la visita de los virreyes, los marqueses de Mancera primero, los de la Laguna después, con los cuales también entabló una estrecha amistad. Su relación con la marquesa María Luisa, la Lisi de sus versos, nos ha dejado algunos de los más hermosos poemas amorosos del Barroco español. Siguiendo los cánones amatorios impuestos por el amor cortés y la lírica petrarquista, los poemas de sor Juana dirigidos a la marquesa desprenden un lirismo que nos traspasa y nos hace preguntarnos de inmediato acerca de la naturaleza de ese amor. Ríos de tinta hay escritos sobre ello, sin que la crítica se ponga del todo de acuerdo sobre si se encuentra dentro de las fórmulas habituales hacia los benefactores o si las excede. Tal vez por su estrecha amistad, tal vez porque al ser dos mujeres se les permitía una mayor libertad y acercamiento, lo que se observa es una pasión que desborda la simbología de la época, aunque lo haga en un plano estrictamente platónico. Ser mujer, ni estar ausente, / no es de amarte impedimento, / pues sabes tú que las almas / distancia ignoran y sexo.

Estos escritos profanos dieron lugar a severas voces discordantes. La más dolorosa debió de ser la de su confesor, el padre Núñez. Fruto de los continuos ataques de este es la Carta de 1682 en la que sor Juana se enfrenta a él y defiende su derecho a estudiar y a escribir. En la carta termina agradeciéndole la preocupación por la salvación de su alma pero le invita a que la deje porque hay otros caminos para salvarse.

Hacia 1690, con los marqueses de la Laguna en España y publicando allí la obra de sor Juana Inés, nuestra poeta alcanzó su momento de mayor fama y reconocimiento. Escribió versos sacros y profanos, villancicos para festividades religiosas, autos sacramentales El divino NarcisoEl cetro de José y El mártir del sacramento. Dos comedias Los empeños de una casa y Amor es más laberinto. Con la publicación de Inundación castálida recibió un sinfín de alabanzas de escritores y literatos españoles. También sirvió como administradora del convento, con buen tino, y realizó experimentos científicos. Pero en México la situación no era tan positiva.

Al frente de la iglesia estaba el arzobispo Aguiar y Seijas, misógino exacerbado. Su posible enemigo, el obispo Fernández Santacruz, amigo de sor Juana, le pidió a la monja que escribiera una crítica a un sermón de un jesuita amigo del arzobispo: La carta Athenagórica. Este texto de sor Juana se publicó acompañado de una carta firmada por una tal sor Filotea, una figura tras la cual parece ser que se escondía el propio Fernández Santacruz. Esta carta en la que se criticaba que sor Juana no limitara su ingenio a escribir sobre materias religiosas dio pie a la poeta a escribir la Respuesta a sor Filotea, en la que reclamaba los derechos de la mujer a la educación, y que se podría considerar “el primer escrito feminista de América”. En él sor Juana menciona a mujeres sabias de la historia y de la biblia, como Santa Catalina o la mismísima Hipatia de Alejandría, con la que llega a sentirse identificada; critica las envidias de que es objeto y reivindica el derecho a la mujer al estudio y al conocimiento.

Entre 1692 y 1693 comienza el último período de la vida de sor Juana. Sus amigos y protectores han muerto: el conde de Paredes, Juan de Guevara y diez monjas del Convento de San Jerónimo. Las fechas coinciden con una agitación de la Nueva España; se producen rebeliones en el norte del virreinato, la muchedumbre asalta el Real Palacio y las epidemias se ceban con la población novohispana.

En la poetisa ocurrió un extraño cambio: Vendió su biblioteca —sus más de cuatro mil libros—, suplicó al padre Núñez que volviera a ser su confesor y, finalmente, en 1692 dejó de escribir y pareció dedicarse más a labores religiosas. Hasta la fecha no se conoce con precisión el motivo de tal cambio; los críticos católicos han visto en sor Juana una mayor dedicación a las cuestiones sobrenaturales y una entrega mística a Jesucristo, sobre todo a partir de la renovación de sus votos religiosos en 1694.

Algunos autores han querido ver en esta renuncia un mero gesto para salvarse de la Inquisición. Se apoyan en el espíritu rebelde y combativo de sor Juana y en que ha aparecido un inventario según el cual encontraron en su celda ciento ochenta libros. Es más fácil admirarla así, indomable, invencible. Pero ese inventario no aclara cuándo fue realizado, y su biógrafo, Calleja, señala que no dejó en su celda más que tres libritos de devoción y muchos cilicios y disciplinas. ¿Conversión entonces? Tal vez, aunque cuesta creer en una posible llamada de la fe en una persona que ha reiterado que se hizo monja para que le estorbasen lo menos posible en el estudio. Queda una última explicación que haría su silencio aún más terrible, la explicación por la que el feminismo la ha olvidado: la convencieron, la rompieron, dominaron su espíritu y la llenaron de sentimientos de culpa. Su rendición no fue un acto exterior, sino interior. Incapaz de luchar contra todos, terminó creyéndose culpable de los males de su país, culpable del pecado de elación, de vanidad, culpable de querer leer y escribir y defender con su alma la igualdad de las mujeres.

A principios de 1695 se desató una epidemia que causó estragos en toda la capital, pero especialmente en el Convento de San Jerónimo. De cada diez religiosas enfermas, nueve morían. El 17 de febrero falleció Núñez de Miranda. Sor Juana cae enferma poco tiempo más tarde, pues colaboraba cuidando a las monjas enfermas. A las cuatro de la mañana del 17 de abril, cuando tenía cuarenta y tres años, murió Juana Inés de Asbaje Ramírez. Según un documento,​ dejó 180 volúmenes de obras selectas, muebles, una imagen de la Santísima Trinidad y un Niño Jesús. Todo fue entregado a su familia, con excepción de las imágenes, que ella misma, antes de fallecer, había dejado al arzobispo. Fue enterrada el día de su muerte, con asistencia del cabildo de la catedral. El funeral fue presidido por el canónigo Francisco de Aguilar y la oración fúnebre fue realizada por Carlos de Sigüenza y Góngora.

En 1978, durante unas excavaciones rutinarias en el centro de la Ciudad de México, se hallaron sus supuestos restos, a los que se dio gran publicidad. Se realizaron varios eventos en torno al descubrimiento, aunque nunca pudo corroborarse su autenticidad. Actualmente se encuentran en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre las calles de Isabel la Católica e Izazaga.

Marcelino Menéndez Pelayo y Octavio Paz consideran que la obra de Sor Juana rompe con todos los cánones de la literatura femenina. Desafía el conocimiento, se sumerge por completo en cuestiones epistemológicas ajenas a la mujer de esa época y muchas veces escribe en términos científicos, no religiosos. Y Amado Nervo hizo, entre otras cosas, un retrato agudo de la muerte de Sor Juana, la madrugada aquella del 17 de abril, en que entre cuatro cirios y con un severo traje de mística golondrina, quedó, rígida, tendida, en la capilla del convento, la mujer siempre afable, siempre expresiva, movida siempre por una inteligente y afectuosa actividad; la mujer de grandes ojos luminosos, ventanas del genio, de fina nariz, de boca bella y pródiga en palabras de vida y de sapiencia, que con ágil y elegante andar recorría como una bendición los claustros; la religiosa en todas prendas superlativa; la mujer misteriosa que al nacer traía un alma ya muy vieja, venida de no sé qué mundos superiores, para la cual fue un juego aprender a leer a los tres años, embelesar a los ocho con su discreción y maravillar a los diez y siete con su ciencia. Nervo fue pionero en la valoración de sor Juana Inés de la Cruz, en un siglo que la había condenado a la retórica conceptista.

La figura de Sor Juana Inés de la Cruz ha inspirado varias obras cinematográficas dentro y fuera de México.







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