. Cicerón,
Tusculanas.
Si salgo a caminar de noche, mucho
antes de que amanezca, no me suelo tropezar con nadie por las
desiertas calles. A veces, de tarde en tarde, alguien viene hacia mí
en tanto yo voy hacia él. Y es curioso: a esas horas de la noche,
por precaución sin duda, nos apartamos el uno del otro dejando
espacio más que suficiente entre los dos. Cuando es de día, por el
contrario, nadie se aparte, ni nadie cede el paso. Sin duda debe de
ser porque la noche despierta los miedos atávicos de cuando nuestros
antepasados eran habitantes de cavernas y cuevas. De día, nos
percatamos de que los fantasmas se han esfumado, que son cosa del
pasado, de risa.
El final de la noche también tiene
sus voces lastimeras: travestidos y prostitutas que, por aquí y por
allá, lanzan un tembloroso piropo, una voz ahogada, como un anzuelo
en busca de un pececillo para saciar el hambre y engañar al frío. A
veces he creído reconocer a alguna de aquellas personas. No me he
atrevido a acercarme para comprobarlo. Siempre paso por estos raros
encuentros como si caminara de puntillas en un salón lleno de
vidrios rotos. Una vez, sin embargo, tuve que andar unos metros con
una de aquellas mujeres. Me preguntó por la parada del metro con un
acento extraño; no entendió mi respuesta, así que, por señas, le
indiqué que me siguiera. Se puso a mi lado y caminamos juntos
durante unos veinte minutos. No hablamos, lógicamente. Tuve que
aminorar el paso: llevaba ella unos zapatos con unos tacones
increíbles. Me esperé cuando se retrasó. Hice un gesto dando a
entender que aquello era una exageración. Ella respondió con otro
de resignación. E hizo entonces lo que he visto hacer a muchas
chicas jóvenes cuando, los fines de semana, salen de la discoteca:
quitarse ese absurdo calzado y caminar como penitentes, o ponerse
unas cómodas zapatillas de ir por casa, que llevan escondidas en sus
bolsos. La primera vez que vi esto no pude reprimir la risa. Para que
nadie se molestara, saqué rápidamente el móvil, e hice como que
hablaba a través de él, y que alguien me estaba contando algo
verdaderamente gracioso.
Esto de ir descalzos por la calle no
solamente es cosa de mujeres bullangueras o penitentes. Una noche,
yendo por el paseo que hay por delante del cementerio, vi que venía
hacia mi un grupo de cuatro o cinco personas. Todos chicos. Ocupaban
toda la acera. El grupo disipa el miedo. Una de ellos llevaba las
zapatillas en las manos. Me aparté, pues, todo cuanto pude dispuesto
a dejarme caer en el carril bici por donde, a esas horas, no
circulaban más que las hormigas. Como sucede siempre, y es
preceptivo además, desvié la vista a fin de que nadie se sintiera
ofendido u observado en demasía. Pero al llegar a la altura del
descalzo, este elevó la voz y me saludó llamándome por mi nombre.
Respondí fingiendo una enorme alegría, aunque no quise mirarlo ni
saber quién era.
Dicen que hay que andarse con
cuidado con aquello que se teme, pues eso, precisamente, es lo que
suele suceder. Yo siempre he temido, y lo sigo temiendo, tropezarme
con alguna pareja en plena discusión, agrediéndose el uno al otro.
Y una noche, sí, en un semáforo, presencié un discusión en toda
regla. No obstante, y menos mal, no llegaron a las manos. Al parecer,
y creo que no lo oí bien, habían venido los dos de una ciudad
lejana, en avión, para ir a casa de él, ¿No había hoteles donde
quiera que estuvieran? Pero al llegar a la ciudad, algo se torció.
Los gritos e imprecaciones de ella eran aterradores. Él no las tenía
todas consigo. Su voz era meliflua y asustadiza, tímida. Y justo
cuando el semáforo se puso verde e iba yo a alejarme de ellos,
disgustado e intrigado, ella paró un taxi, que me cerró el paso;
sin cesar de gritar se subió a él. Rápidamente bajó la
ventanilla, y gritando me pidió dinero. El taxista, que debía de
ser sordo, arrancó el coche. Yo, con no menos celeridad, crucé el
paso de peatones, perdiéndome por calles oscuras y de dirección
prohibida. Posteriormente lamenté mi comportamiento. Un mal momento
la tiene cualquiera.
Esos
encuentros nocturnos igualmente sirven para ilustrarse y aprender
idiomas. Una noche, también al cruzar por un inútil paso cebra, a
aquella horas, vi que alguien, con un vaso de plástico, cerrado, se
acercaba a mí; torcí el paso para esquivarlo, pero él hizo lo
propio. Nos salió un paso de baile bastante aceptable. Clavados el
uno frente al otro para no tropezarnos, me preguntó entonces si
sabía dónde había un After.
La
palabra me sonó a los típicos anuncios de la televisión
proclamando las virtudes de una crema para después del afeitado. No
tenía ni idea de eso llamado After.
No
creí que fuera una barbería, y menos en semejantes momentos y con
las calles desiertas.
No
obstante, y como me gusta mucho la interpretación, me apoyé sobre
una sola pierna, puse gesto pensativo, miré hacia aquí y hacia
allá, y dije, con el mayor de los aplomos, que no, que no había
ningún After
por
los alrededores. No, dije con toda certeza, apoyado ya sobre ambos
pies. Eso sí, en cuanto vi que el muchacho se alejaba en busca de
inexistentes peatones a quienes preguntar, saqué la pequeña libreta
que siempre tengo la precaución de llevar conmigo, y anoté la
palabra: sabía que no se me iba a olvidar, pues recordaba el anuncio
de la tele, y la cara de satisfacción del recién afeitado
aplicándose crema After
shave de
una determinada marca.
Luego
me enteré, por un chico joven, y buscando en Iternet, que After
es
el nombre de unos locales que reciben a los noctámbulos tras el
cierre de las discotecas. En dichos locales, con música, o lo que
sea, a un volumen apropiado para impedir que se oigan hasta los
propios pensamientos, pueden seguir bebiendo y mirándose los unos a
los otros. Hablar no creo que hablen mucho. Nunca he entrado en un
After,
ni
creo que lo haga, dada mi idiosincrasia y mis años.
Los días más problemáticos para
mis paseos nocturnos, ya que hablamos de ello, son los domingos por
la mañana. Siempre, en esos días, tengo la desgracia de tropezarme
con algún grupo de jóvenes, chicos y chicas, que salen de alguna
discoteca. No sé porqué, tal vez por miedos o por estupidez, estos
se sienten en la obligación de comunicarse a gritos, de hablar y
reírse como si estuvieran en la selva, o como si desearan que todo
el mundo se enterara de lo felices que son. Siempre me compadezco de
las personas que tienen la desgracia de vivir encima de uno de estos
establecimientos. Una noche, relativamente cerca de una de estas
discotecas, vi, bajo una farola, a tres muchachas. Una de ellas
estaba apoyada contra la farola pidiendo permiso para dejarse caer en
el frío suelo. Y las otras escrutaban el adoquinado como si
estuvieran buscando inexistentes caracoles tras unas horas de lluvia.
Yo, pasando alegremente, encontré lo que buscaban, lo recogí y se
lo alargué a la muchacha más próxima sin decir esta boca es mía.
Esta, de escote generoso y bien cumplido, se me tiró encima y me
plantó un cálido y no muy bien perfumado beso en los labios.
Estamos para ayudarnos los unos a los otros, le dije sin dejar de
caminar. No me pudo responder, pues estaba atareada en servir de
apoyo a su atribulada compañera.
Los más inteligentes, ante estas
situaciones, procuran buscar algún banco o asiento, y esperan a que
se les disipen los vapores. Esos bancos de madera también sirven
para soportar confidencias: he visto a chicas con la cabeza sobre el
hombro de su amiga, llorando, hipando e insultando e imprecando a
alguien que se ha ido muy lejos. La humanidad doliente.
Una noche intentando evitar esos
grupos, me desvié por una amplia avenida, suficientemente iluminada,
por la que voy muy pocas veces. Ni aun así pude sustraerme del
encuentro dominical: un poco más allá de una farola, vi unas
piernas, con sus correspondientes zapatillas, y oí unos ruidos un
tanto extraños. Un chico joven y bien vestido se había sentado ante
una puerta metálica, de color naranja, a la cual golpeaba con el
dorso de la mano en tanto se reía y lanzaba algún que otro
improperio. Temí que de un momento a otro apareciera la policía,
así que apresuré el paso. Pero al llegar a su altura, me increpó.
-No tengas tanta prisa, colega -me
dijo con acento un tanto vacilante-. ¿A que esto es una gilipollez?
-me preguntó poniéndose de pie e iluminando, con su móvil, la
puerta metálica.
Me detuve lleno de curiosidad, y
miré la puerta. Con unas letras enormes, mayúsculas todas, apareció
la siguiente inscripción: “Si quieres ser como muchos, lee poco.
Si quieres ser como pocos, lee mucho”. Sonreí. El muchacho apagó
su móvil y se quedó mirándome.
-¿A que es una estupidez? -me
volvió a preguntar.
-Lo que es una estupidez -le dije-
es lo que estás haciendo tú: deja de golpear la puerta y de hacer
ruido. Los vecinos tienen derecho a descansar y a dormir.
Manteniendo el equilibrio a duras
penas, hizo el típico gesto cesariano de perdonar la vida
extendiendo el brazo todo cuanto pudo y elevando el pulgar de forma
bien visible.
-Ese es un buen consejo. Se nota que
eres de los pocos.
-Ahí enfrente -le dije mirando al
parque- tienes banquitos de madera.
Y sin más eché a caminar. Lo vi
cruzar la avenida con paso vacilante y pasar, con golpes bruscos, por
entre un seto. Me detuve en una zona oscura. Desde allí lo vi
tumbarse. Imaginé que lo despertaría el frío de la mañana. No
faltaba faltaba mucho para que amaneciera.
Coda: Felices fiestas y feliz año
nuevo.
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