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Un paseo nocturno


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22/12/2018

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Yo no puedo ir más allá de lo que considere verosímil. Cicerón, Tusculanas.


Si salgo a caminar de noche, mucho antes de que amanezca, no me suelo tropezar con nadie por las desiertas calles. A veces, de tarde en tarde, alguien viene hacia mí en tanto yo voy hacia él. Y es curioso: a esas horas de la noche, por precaución sin duda, nos apartamos el uno del otro dejando espacio más que suficiente entre los dos. Cuando es de día, por el contrario, nadie se aparte, ni nadie cede el paso. Sin duda debe de ser porque la noche despierta los miedos atávicos de cuando nuestros antepasados eran habitantes de cavernas y cuevas. De día, nos percatamos de que los fantasmas se han esfumado, que son cosa del pasado, de risa.

El final de la noche también tiene sus voces lastimeras: travestidos y prostitutas que, por aquí y por allá, lanzan un tembloroso piropo, una voz ahogada, como un anzuelo en busca de un pececillo para saciar el hambre y engañar al frío. A veces he creído reconocer a alguna de aquellas personas. No me he atrevido a acercarme para comprobarlo. Siempre paso por estos raros encuentros como si caminara de puntillas en un salón lleno de vidrios rotos. Una vez, sin embargo, tuve que andar unos metros con una de aquellas mujeres. Me preguntó por la parada del metro con un acento extraño; no entendió mi respuesta, así que, por señas, le indiqué que me siguiera. Se puso a mi lado y caminamos juntos durante unos veinte minutos. No hablamos, lógicamente. Tuve que aminorar el paso: llevaba ella unos zapatos con unos tacones increíbles. Me esperé cuando se retrasó. Hice un gesto dando a entender que aquello era una exageración. Ella respondió con otro de resignación. E hizo entonces lo que he visto hacer a muchas chicas jóvenes cuando, los fines de semana, salen de la discoteca: quitarse ese absurdo calzado y caminar como penitentes, o ponerse unas cómodas zapatillas de ir por casa, que llevan escondidas en sus bolsos. La primera vez que vi esto no pude reprimir la risa. Para que nadie se molestara, saqué rápidamente el móvil, e hice como que hablaba a través de él, y que alguien me estaba contando algo verdaderamente gracioso.

Esto de ir descalzos por la calle no solamente es cosa de mujeres bullangueras o penitentes. Una noche, yendo por el paseo que hay por delante del cementerio, vi que venía hacia mi un grupo de cuatro o cinco personas. Todos chicos. Ocupaban toda la acera. El grupo disipa el miedo. Una de ellos llevaba las zapatillas en las manos. Me aparté, pues, todo cuanto pude dispuesto a dejarme caer en el carril bici por donde, a esas horas, no circulaban más que las hormigas. Como sucede siempre, y es preceptivo además, desvié la vista a fin de que nadie se sintiera ofendido u observado en demasía. Pero al llegar a la altura del descalzo, este elevó la voz y me saludó llamándome por mi nombre. Respondí fingiendo una enorme alegría, aunque no quise mirarlo ni saber quién era.

Dicen que hay que andarse con cuidado con aquello que se teme, pues eso, precisamente, es lo que suele suceder. Yo siempre he temido, y lo sigo temiendo, tropezarme con alguna pareja en plena discusión, agrediéndose el uno al otro. Y una noche, sí, en un semáforo, presencié un discusión en toda regla. No obstante, y menos mal, no llegaron a las manos. Al parecer, y creo que no lo oí bien, habían venido los dos de una ciudad lejana, en avión, para ir a casa de él, ¿No había hoteles donde quiera que estuvieran? Pero al llegar a la ciudad, algo se torció. Los gritos e imprecaciones de ella eran aterradores. Él no las tenía todas consigo. Su voz era meliflua y asustadiza, tímida. Y justo cuando el semáforo se puso verde e iba yo a alejarme de ellos, disgustado e intrigado, ella paró un taxi, que me cerró el paso; sin cesar de gritar se subió a él. Rápidamente bajó la ventanilla, y gritando me pidió dinero. El taxista, que debía de ser sordo, arrancó el coche. Yo, con no menos celeridad, crucé el paso de peatones, perdiéndome por calles oscuras y de dirección prohibida. Posteriormente lamenté mi comportamiento. Un mal momento la tiene cualquiera.

Esos encuentros nocturnos igualmente sirven para ilustrarse y aprender idiomas. Una noche, también al cruzar por un inútil paso cebra, a aquella horas, vi que alguien, con un vaso de plástico, cerrado, se acercaba a mí; torcí el paso para esquivarlo, pero él hizo lo propio. Nos salió un paso de baile bastante aceptable. Clavados el uno frente al otro para no tropezarnos, me preguntó entonces si sabía dónde había un After. La palabra me sonó a los típicos anuncios de la televisión proclamando las virtudes de una crema para después del afeitado. No tenía ni idea de eso llamado After. No creí que fuera una barbería, y menos en semejantes momentos y con las calles desiertas. No obstante, y como me gusta mucho la interpretación, me apoyé sobre una sola pierna, puse gesto pensativo, miré hacia aquí y hacia allá, y dije, con el mayor de los aplomos, que no, que no había ningún After por los alrededores. No, dije con toda certeza, apoyado ya sobre ambos pies. Eso sí, en cuanto vi que el muchacho se alejaba en busca de inexistentes peatones a quienes preguntar, saqué la pequeña libreta que siempre tengo la precaución de llevar conmigo, y anoté la palabra: sabía que no se me iba a olvidar, pues recordaba el anuncio de la tele, y la cara de satisfacción del recién afeitado aplicándose crema After shave de una determinada marca.

Luego me enteré, por un chico joven, y buscando en Iternet, que After es el nombre de unos locales que reciben a los noctámbulos tras el cierre de las discotecas. En dichos locales, con música, o lo que sea, a un volumen apropiado para impedir que se oigan hasta los propios pensamientos, pueden seguir bebiendo y mirándose los unos a los otros. Hablar no creo que hablen mucho. Nunca he entrado en un After, ni creo que lo haga, dada mi idiosincrasia y mis años.

Los días más problemáticos para mis paseos nocturnos, ya que hablamos de ello, son los domingos por la mañana. Siempre, en esos días, tengo la desgracia de tropezarme con algún grupo de jóvenes, chicos y chicas, que salen de alguna discoteca. No sé porqué, tal vez por miedos o por estupidez, estos se sienten en la obligación de comunicarse a gritos, de hablar y reírse como si estuvieran en la selva, o como si desearan que todo el mundo se enterara de lo felices que son. Siempre me compadezco de las personas que tienen la desgracia de vivir encima de uno de estos establecimientos. Una noche, relativamente cerca de una de estas discotecas, vi, bajo una farola, a tres muchachas. Una de ellas estaba apoyada contra la farola pidiendo permiso para dejarse caer en el frío suelo. Y las otras escrutaban el adoquinado como si estuvieran buscando inexistentes caracoles tras unas horas de lluvia. Yo, pasando alegremente, encontré lo que buscaban, lo recogí y se lo alargué a la muchacha más próxima sin decir esta boca es mía. Esta, de escote generoso y bien cumplido, se me tiró encima y me plantó un cálido y no muy bien perfumado beso en los labios. Estamos para ayudarnos los unos a los otros, le dije sin dejar de caminar. No me pudo responder, pues estaba atareada en servir de apoyo a su atribulada compañera.

Los más inteligentes, ante estas situaciones, procuran buscar algún banco o asiento, y esperan a que se les disipen los vapores. Esos bancos de madera también sirven para soportar confidencias: he visto a chicas con la cabeza sobre el hombro de su amiga, llorando, hipando e insultando e imprecando a alguien que se ha ido muy lejos. La humanidad doliente.

Una noche intentando evitar esos grupos, me desvié por una amplia avenida, suficientemente iluminada, por la que voy muy pocas veces. Ni aun así pude sustraerme del encuentro dominical: un poco más allá de una farola, vi unas piernas, con sus correspondientes zapatillas, y oí unos ruidos un tanto extraños. Un chico joven y bien vestido se había sentado ante una puerta metálica, de color naranja, a la cual golpeaba con el dorso de la mano en tanto se reía y lanzaba algún que otro improperio. Temí que de un momento a otro apareciera la policía, así que apresuré el paso. Pero al llegar a su altura, me increpó.

-No tengas tanta prisa, colega -me dijo con acento un tanto vacilante-. ¿A que esto es una gilipollez? -me preguntó poniéndose de pie e iluminando, con su móvil, la puerta metálica.

Me detuve lleno de curiosidad, y miré la puerta. Con unas letras enormes, mayúsculas todas, apareció la siguiente inscripción: “Si quieres ser como muchos, lee poco. Si quieres ser como pocos, lee mucho”. Sonreí. El muchacho apagó su móvil y se quedó mirándome.

-¿A que es una estupidez? -me volvió a preguntar.

-Lo que es una estupidez -le dije- es lo que estás haciendo tú: deja de golpear la puerta y de hacer ruido. Los vecinos tienen derecho a descansar y a dormir.

Manteniendo el equilibrio a duras penas, hizo el típico gesto cesariano de perdonar la vida extendiendo el brazo todo cuanto pudo y elevando el pulgar de forma bien visible.

-Ese es un buen consejo. Se nota que eres de los pocos.

-Ahí enfrente -le dije mirando al parque- tienes banquitos de madera.

Y sin más eché a caminar. Lo vi cruzar la avenida con paso vacilante y pasar, con golpes bruscos, por entre un seto. Me detuve en una zona oscura. Desde allí lo vi tumbarse. Imaginé que lo despertaría el frío de la mañana. No faltaba faltaba mucho para que amaneciera.





Coda: Felices fiestas y feliz año nuevo.





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