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Reseña "Las trincheras de la esperanza" de Antonio Pampliega


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20/12/2018


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Este libro estalla dentro como las minas antipersonas que han amputado miles de extremidades en Afganistán. Aunque la esperanza figura en su título hay que volver a mirar la portada para recordar la palabra. Lo que ha hecho Antonio Pampliega es una heroicidad necesaria para que «nuestras vidas de personas sin problemas» no se adormezcan cuando lleguemos al final de las páginas. Pampliega es el autor de un testimonio único; Alberto Cairo ese personaje tan real, que duele.


¿Cómo puede restarse medallas? El mundo grita por encontrar héroes sin capa como él. Pretendía estar un año en Afganistan y lleva veintiocho al frente de las clínicas de fisioterapia de Cruz Roja en un país que hace llorar; entre la tristeza y la impotencia de una población que no puede levantarse.

Cairo es alguien único, pero igual de necesario es el trabajo de Pampliega. Sin los ojos de los freelancerdel mundo estamos ciegos, aunque está claro que el mundo quiere tapárselo ante tantos despropósito. Un país que encadena guerras y sangre desde hace tres décadas: muyahidines, el régimen talibán, la invasión norteamericana, el Estado islámico… Y mientras, miles de minas antipersona agazapadas esperando para seccionar silenciosas más cuerpos grandes y pequeños.

“Las trincheras de la esperanza” es más que un libro. Es un azote a las conciencias, un chute de horror, lleno de relatos de personas rotas por fuera y por dentro. Cuando crees haber leído algo terrorífico, el siguiente capítulo hace boom y te revienta con otro drama. Y cuando el estómago amaga con revolverse, Pampliega busca la magia y la encuentra con víctimas que se levantan con sus prótesis. Como pueden. Pegan codazos en la pared del mundo por una salida. Y en casi todas, está Alberto Cairo.

El castellano es rico en palabras. Pero «generosidad» y «grandeza» resultan minúsculas para definir a este hombre que pidió al autor no ser el protagonista del libro. Pampliega lo intenta. Pero es imposible. Para él y para cualquiera. El noventa por ciento de los trabajadores de las clínicas de fisioterapia llegaron a ellas con terribles amputaciones. Allí se quedaron devolviendo y devolviéndose el regalo que les ofreció Cairo: la esperanza de poder continuar con veredas alternativas a la vida.

Lees y no puedes creerlo. Pampliega estuvo un mes recabando testimonios que el propio Cairo quería que recogiese porque él no quería figurar. Entrevistar en profundidad a Alberto Cairo era una cuenta pendiente para el autor, que ya conocía Afganistán. ¿Quién no la tendría con él? En realidad, la sociedad tiene una deuda eterna con los Albertos Cairo del mundo.

Desde la comodidad de nuestros sofás y camas blanditas de país civilizado se nos abren las carnes con cada mujer, hombre y niño que cuenta su historia. El techo de resistencia emocional con esta lectura se rompe. Se espolea la conciencia por lo poco que hacemos. Sí, sabemos (supongo) que hay mundo horrible que respira oxígeno como nosotros. Pero… «está lejos», pensamos viendo los informativos. Se nos olvida pocos minutos después.

Los escasos granitos de arena que pongamos para mejorar el mundo son tan diminutas, que ni en mil vidas que viviéramos podríamos alcanzar suelas de zapatos con una huella de un reparador de vidas como Cairo y las prótesis que resultan ser nuevas oportunidades.

El drama de Afganistán no son solo los miles de humanos con piernas y brazos amputados. Son los enfermos mentales que tienen menos valor que una piedra, que se apilan porque poco más pueden hacer por ellos. Son los niños, culpables de nada y sufridores de lo que no causaron. Son las mujeres (ay las mujeres…) , víctimas en grado sumo del concepto de víctima. Consideradas inferiores, invisibles, muchas encerradas entre paredes por sus propios hombres. Porque como leemos en el libro, «el problema no es el burka». Es la confirmación de que ellas son consideradas un cero a la izquierda de la misma izquierda.

Y cuando crees desesperarte en semejante contexto, Pampliega nos descubre mujeres que despuntan. Que alzan su voz y presencia con gestos que resultan heroicidades. Más, porque levantan la cabeza por encima de sus hombres. Y lo siento por los hombres que luchan–lo deseen o no– en esa guerra no declarada y eterna que es Afganistán. Ellas ni tan siquiera tienen la opción de elegir. Vivir sin existir también es muerte.

¿Qué puedo decir más que repetirme y debatirme entre la sensación de esperanza y horror? Me quedo con el mensaje en positivo que traslada Pampliega. Un informador que como tantos, se juega el cuello en países en conflicto aunque su trabajo sea ninguneado a precios de saldo por las empresas periodísticas. Esa es mi mayor desesperanza. Que llegue un día en el que no podamos saber. Que acaben por aburrir a los testigos de sangre, amputaciones y horror. Y sobre todo, sabiendo que Antonio Pampliega, fue secuestrado durante once meses por Al Qaeda en Siria. Puf.

Me quedé anonadada al escucharlo hace tiempo tras su liberación junto a otros compañeros. Países, gobiernos, empresas periodísticas… Parece importar un bledo lo pasado. Ya ni los testimonios en primera persona de estas características impresionan una vez se cuentan y vamos con la siguiente noticia. Y a otra cosa mariposa.

Desde que escuché quién era Pampliega supe que leería alguno de sus libros. Todavía no puedo creer que pudiera escribir el relato de su cautiverio. Es una cadena de impresiones de tal magnitud que me sobrepasa. Como ciudadana y particularmente como periodista. Lo que hacemos a diario tantos miembros de la canalla, como nos llaman, es una menudencia dentro de las menudencias.

Gracias Antonio, gracias Alberto, gracias a todos los rostros que nos habéis descubierto. Me siento tan mal y tan bien a la vez tras esta lectura, que se me “olvida” que mi intención era realizar una reseña literaria. Es imposible abstraerse de los contenidos y las reflexiones que generan estas trincheras con esperanza, que nos convierten a muchos en “ciudadanos sin problemas”.







Etiquetas:   Escritores   ·   Libros   ·   Periodismo   ·   Reseña   ·   Lectores

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