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Sobre libros y lectores


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08/12/2018

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Soy aficionado a leer, y además gusto de comprar libros, cosa bastante rara en este país, que usted con su acostumbrada malignidad llama Batuecas. Mariano José de Larra, Robos decentes.


El otro día leí un artículo en un periódico. No tomé notas. No puedo, por lo tanto, ni dar nombres ni fechas. No creo que tenga demasiada importancia: no busco, al hablar de ello, escribir nada científico, sesudo, ni profundo o importante. Me conformo con esquematizar mis propios pensamientos.

En dicho artículo, citando a una autoridad en la materia, se hablaba del enorme descenso de lectores que se ha producido en los países ricos. Se analizaba, muy sucintamente, las causas de tan notable descenso. Lo más fácil, es a lo que se recurrió, consiste en culpabilizar a las nuevas tecnologías: tabletas, teléfonos móviles, las redes sociales, etc. Es posible que, quien esto apuntaba, tenga razón. Pero el problema, creo yo, tiene unas raíces más profundas. Vayamos por partes.

También en otro artículo, de un periódico distinto, otro columnista hablaba maravillas de una novela, y de un autor no ha mucho fallecido. Según dicho columnista, este autor había renovado, con sus obras, el concepto de novela negra, imaginamos que en su país. Su novela póstuma, decía, fue tan importante que hasta un reconocido director de cine estuvo a punto de adaptarla para la pantalla. Atraído por tanto incienso, esa misma tarde me compré el dichoso libro.

Y sí, desde luego, dicha novela es hija de su renovado tiempo. Es ella una renovación del género, como este tiempo es una renovación del anterior. Nada nuevo bajo el sol: también podemos decir que la novela de caballerías es una renovación de la novela caballeresca. Así que lo que en estas últimas se puede entender como ecos de una cierta realidad, de un estado de cosas, en aquella ya no es sino pura fantasía, puro divertimento sin más. De ahí que los personajes en general sean meras comparsas; y el protagonista en particular carezca de profundidad: es una simple marioneta. Se mueve al compás que le marca el autor; y este sabe que su juguete debe cumplir con una serie de ritos establecidos: ser enamoradizo, ser el mejor caballero del mundo, luchar contra todo aquello que le salga al paso, enanos, malandrines, follones, etc. Y, por supuesto, vencerlos a todos. Sin olvidar que debe volverse loco de vez en cuando por mor de los supuestos desaires de su dama, o por los encantamientos de algún malandrín celoso de la fuerza de su invencible brazo.

También la llamada novela negra, como todo género, tiene sus pautas. Ahora bien, esas pautas en manos de un buen autor pueden saltar por los aires, estableciendo infinitas conexiones y sugerencias, o ser letra muerta en manos toscas. Es decir, en algunos casos la novela negra, como la novela caballeresca, se puede convertir, y de hecho se convierte, en una crítica contra un determinado estado de cosas: es suficiente con leer cualquiera de las novelas de Hammett o de Chandler, por citar a los clásicos, o el banquete del príncipe Felipe en Tirant lo Blanc, donde se pone de manifiesto la falta de educación de dicho príncipe, de la nobleza. Tal como en aquellas resalta el egoísmo, el imperio del dinero, del sexo, y la estupidez humana, centrada en el brillo del poder. A partir de aquí, los seguidores, y renovadores del género, harán a los reyes, o a los policías, buenos o malos, según quieran o no violar a alguna pobre doncella, encerrarla en alguna mazmorra, o adoptarla como hija, o callar cuanto saben ante un buen montón de dólares. En uno u otro caso, salvo que el tema sea tratado con la seriedad requerida, se colocarán a miles de legua de los condes de don Quijote, tan necios ellos, tan fuera de lugar, que pasan su inútil vida riéndose de un pobre loco. La decadencia de un país vista a través de los juegos de la nobleza. Una feroz crítica frente a la nadería, a la pura diversión, a las marionestas, a los personajes sin arrugas ni sombra, cumpliendo requisitos y más requisitos a la vuelta de cada página, o saltándoselos para sorprender al lector. Renovación del género para algunos.

Es cuanto sucede con la novela policíaca: los tres marginados sociales: el asesino, la asesinada, y el detective privado, con sus indagaciones y sus charlas, van dibujando una sociedad y analizándola: el ansia de dinero, de poder, de domino de los unos sobre los otros, marcará sus vidas. Más allá de esas ansias poco hay para un determinado grupo de personas del que nadie se ocupa a menos que infrinja la ley.

Las novelas de caballerías, salvo raras excepciones, terminan por cansar al mismísimo Job: son fórmulas vacías que se repiten una y otra vez. En ellas falta la genialidad, la chispa, que hace que todo ese montón de palabras tomen vida. Como quiera que esto último es muy difícil de conseguir, las novelas se convierten en meros juegos, en puras diversiones para estómagos enfermizos: no hay, faltaría más, crítica de ninguna clase, ni análisis de ningún tipo. Hay, por el contrario, sorpresas, una detrás de otra. Al no crear ningún personaje, al no dotarlos de vida, estos se transforman en muñequitos en manos del autor con la única misión de sorprender al lector, cosa nada difícil de lograr dado que el personaje es humo, nada, así que, sin orden lógico, sin coherencia interna ni externa, puede tirar por donde su jefe les dice. Son situaciones que un buen lector define como tomaduras de pelo. Y en estas vaciedades parece que reside la renovación del género.

Ni aun así, ni con un tipo de literatura dirigido a estómagos delicados, parece que se aumenta el número de lectores. Tampoco creo que semejantes novelas sirvan para eso ni para nada que no sea sustentar el negocio de editoriales, distribuidores y librerías. Salvo que, algún día, generen algún genio que escriba una novela policíaca que sea el resumen y compendio, y la crítica, de todas ellas, sin olvidar a la sociedad que les dio a luz. En fin, un Miguel de Cervantes de la novela policíaca. Pero creo que ni aún así se aumentaría el número de lectores. Al fin y al cabo no son tantos los que transitan por El ingenioso hidalgo.

En una lejana época de mi vida pensé que crear afición a la lectura era un asunto de la escuela. Tardé algunos años en desengañarme, pues a menudo la escuela va en contra del alumno, de los padres y de la misma sociedad. Entre otras cosas porque la escuela propicia, a veces, o quiere propiciar, de vez en cuando, cosas que luego la sociedad ignora cuando no desprecia. Y la sociedad, en líneas generales, tiene un desprecio bastante grande por todo cuanto suene a cultura, incluido el libro, por supuesto. La escuela, además, no es una excepción, no está fuera de la sociedad que la alimenta. Me contaba un profesor, no hace mucho, que un compañero suyo puso el grito en el cielo porque se impuso de lectura obligatoria, no sé en qué curso, un libro que él no tenía. Tampoco estaba en el departamento de lengua y literatura. Y él dijo, literalmente, “que no estoy dispuesto a gastarme mi dinero en libros, ni mucho menos.” No es de extrañar, por eso mismo, que algunos padres fueran al dicho colegio a pedir, prestados, a los profesores, los libros que sus niños se tenían que leer. La excusa siempre era una y la misma: “que la economía estaba muy mal”. Eso sí, los niños iban a clase con ropa de marca. Nadie se iba a fijar en ellos porque hubieran leído este o aquel libro. Pero cosa distinta es llevar unos pantalones promocionados por cualquier actor en cualquier anuncio. Eso da más prestigio. Todo el que uno quiera.

Lo que me contó este profesor amigo me recordó lo leído, hace algunos años, en un libro que me compré con mis dineros. En una voluminosa biografía, contaba doña Emilia Pardo Bazán que, cada vez que publicaba alguna novela, sus vecinas se acercaban a su casa para pedírsela prestada. Sin duda consideraban que gastarse el dinero en libros era tirarlo a la basura. Así lo siguen considerando muchas personas. Estas, sin embargo, no se pierden ni un partido de fútbol ni en vivo ni en directo. Y las entradas para esos combates no son gratuitas, ni mucho menos.

Para aumentar el número de lectores, creo yo, se tenía que haber inventado, esperemos que algún día se haga, el libro patata, como antes hubo los libros línteos1, o el libro col, o el libro chuletas, o el libro bacalo al pil pil, etc., es decir un tipo de libro que, conforme se va leyendo, se va tansformando en algo tangible y que se puede comer o beber. Tal vez así la gente compraría libros. Otra cosa es que los leyera. Aunque se podía hacer el libro de forma y manera que si se necesitaban diez kilos de patatas, por ejemplo, se tuviera que leer diez capítulos de este, dos de aquel para los garbanzos, etc. Lo mismo para la carne y el pescado. Igual se conseguía, con este invento, que leyera toda la familia.

Pero hay otro problema, todavía más grave: no todo consiste en leer. Hay que asimilar aquello que se lee2. Cabe señalar que el autor del artículo sobre el descenso del número de lectores, también cifraba el aumento de la xenofobia, de la intransigencia y del odio, entre otras lindezas, a dicho descenso lector. Y no olvidemos que las tabletas, los ordenadores y los móviles, a quienes él culpabiliza del alejamiento del libro, son, pese a la generalización, más propios de los países ricos.

No me cabe duda, por otra parte, de que muchos de nuestros políticos, algunos de ellos con carreras, obtenidas por unos de forma fraudulenta, y por otros de forma legal, han leído algunos libros. En mi juventud, un político, de cuyo nombre ni me acuerdo, se jactó de haber aprobado la carrera leyendo solamente fotocopias de apuntes. Dejando a esta lumbrera de lado, alguna excepción habrá, como en todo.

Si los políticos han leído a los clásicos, supongo que se habrán podido enterar que en sus obras no se trata de que este tenga la razón o la tenga el otro, sino que la vida es varia y distinta, y todos tenemos nuestra porción de verdad en el fondo de nuestro pecho. Don Quijote y Sancho Panza, por no hablar del teatro clásico griego. Ahora bien, viéndolos, a los políticos, en su puesto de trabajo, que parece una taberna barriobajera, se pone de manifiesto que no, que no han leído nada, o no han asimilado nada, ni se han enterado de nada, ni si quiera conocen la sociedad en la que viven. Ofrecen tales espectáculos, dicen tales estupideces, trufadas con la más elemental falta de respeto y educación, que, en serio, generan ganas de leer, y no libros que renuevan nada, sino libros sencillos, como Lázaro de Tormes, el Coloquio de los perros, o cualquiera de estos: algo que sirva para demostrar, y demostrarse, que el mundo no es tan vacío como ellos, ni tan necio o vacuo como algunas opiniones o sandeces salidas de sus bocas y de las de algunos periodistas, que mejor estarían selladas. Eso por no hablar, lo dejaremos para otro día, del inmenso placer de la lectura.

Tal vez en el aumento de este tipo de políticos y de periodistas esté el germen del aumento de lectores. No hay que perder la esperanza.

1Libros escritos en tela, y que se guardaban en el templo de Juno Moneta. Contenían crónicas muy antiguas, según Tito Livio.



2Como saben muy bien los lectores de Séneca, ni la comida ni la bebida, necesarias por la vida, aumentan la virtud. Ni la sabiduría.



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