. Mariano
José de Larra, Robos
decentes.
El otro día leí un artículo en un
periódico. No tomé notas. No puedo, por lo tanto, ni dar nombres ni
fechas. No creo que tenga demasiada importancia: no busco, al hablar
de ello, escribir nada científico, sesudo, ni profundo o importante.
Me conformo con esquematizar mis propios pensamientos.
En dicho artículo, citando a una
autoridad en la materia, se hablaba del enorme descenso de lectores
que se ha producido en los países ricos. Se analizaba, muy
sucintamente, las causas de tan notable descenso. Lo más fácil, es
a lo que se recurrió, consiste en culpabilizar a las nuevas
tecnologías: tabletas, teléfonos móviles, las redes sociales, etc.
Es posible que, quien esto apuntaba, tenga razón. Pero el problema,
creo yo, tiene unas raíces más profundas. Vayamos por partes.
También en otro artículo, de un
periódico distinto, otro columnista hablaba maravillas de una
novela, y de un autor no ha mucho fallecido. Según dicho columnista,
este autor había renovado, con sus obras, el concepto de novela
negra, imaginamos que en su país. Su novela póstuma, decía, fue
tan importante que hasta un reconocido director de cine estuvo a
punto de adaptarla para la pantalla. Atraído por tanto incienso, esa
misma tarde me compré el dichoso libro.
Y sí, desde luego, dicha novela es
hija de su renovado tiempo. Es ella una renovación del género, como
este tiempo es una renovación del anterior. Nada nuevo bajo el sol:
también podemos decir que la novela de caballerías es una
renovación de la novela caballeresca. Así que lo que en estas
últimas se puede entender como ecos de una cierta realidad, de un
estado de cosas, en aquella ya no es sino pura fantasía, puro
divertimento sin más. De ahí que los personajes en general sean
meras comparsas; y el protagonista en particular carezca de
profundidad: es una simple marioneta. Se mueve al compás que le
marca el autor; y este sabe que su juguete debe cumplir con una serie
de ritos establecidos: ser enamoradizo, ser el mejor caballero del
mundo, luchar contra todo aquello que le salga al paso, enanos,
malandrines, follones, etc. Y, por supuesto, vencerlos a todos. Sin
olvidar que debe volverse loco de vez en cuando por mor de los
supuestos desaires de su dama, o por los encantamientos de algún
malandrín celoso de la fuerza de su invencible brazo.
También
la llamada novela negra, como todo género, tiene sus pautas. Ahora
bien, esas pautas en manos de un buen autor pueden saltar por los
aires, estableciendo infinitas conexiones y sugerencias, o ser letra
muerta en manos toscas. Es decir, en algunos casos la novela negra,
como la novela caballeresca, se puede convertir, y de hecho se
convierte, en una crítica contra un determinado estado de cosas: es
suficiente con leer cualquiera de las novelas de Hammett o de
Chandler, por citar a los clásicos, o el banquete del príncipe
Felipe en Tirant
lo Blanc, donde
se pone de manifiesto la falta de educación de dicho príncipe, de
la nobleza. Tal como en aquellas resalta el egoísmo, el imperio del
dinero, del sexo, y la estupidez humana, centrada en el brillo del
poder. A partir de aquí, los seguidores, y renovadores del género,
harán a los reyes, o a los policías, buenos o malos, según quieran
o no violar a alguna pobre doncella, encerrarla en alguna mazmorra, o
adoptarla como hija, o callar cuanto saben ante un buen montón de
dólares. En uno u otro caso, salvo que el tema sea tratado con la
seriedad requerida, se colocarán a miles de legua de los condes de
don Quijote, tan necios ellos, tan fuera de lugar, que pasan su
inútil vida riéndose de un pobre loco. La decadencia de un país
vista a través de los juegos de la nobleza. Una feroz crítica
frente a la nadería, a la pura diversión, a las marionestas, a los
personajes sin arrugas ni sombra, cumpliendo requisitos y más
requisitos a la vuelta de cada página, o saltándoselos para
sorprender al lector. Renovación del género para algunos.
Es cuanto sucede con la novela
policíaca: los tres marginados sociales: el asesino, la asesinada, y
el detective privado, con sus indagaciones y sus charlas, van
dibujando una sociedad y analizándola: el ansia de dinero, de poder,
de domino de los unos sobre los otros, marcará sus vidas. Más allá
de esas ansias poco hay para un determinado grupo de personas del que
nadie se ocupa a menos que infrinja la ley.
Las novelas de caballerías, salvo
raras excepciones, terminan por cansar al mismísimo Job: son
fórmulas vacías que se repiten una y otra vez. En ellas falta la
genialidad, la chispa, que hace que todo ese montón de palabras
tomen vida. Como quiera que esto último es muy difícil de
conseguir, las novelas se convierten en meros juegos, en puras
diversiones para estómagos enfermizos: no hay, faltaría más,
crítica de ninguna clase, ni análisis de ningún tipo. Hay, por el
contrario, sorpresas, una detrás de otra. Al no crear ningún
personaje, al no dotarlos de vida, estos se transforman en muñequitos
en manos del autor con la única misión de sorprender al lector,
cosa nada difícil de lograr dado que el personaje es humo, nada, así
que, sin orden lógico, sin coherencia interna ni externa, puede
tirar por donde su jefe les dice. Son situaciones que un buen lector
define como tomaduras de pelo. Y en estas vaciedades parece que
reside la renovación del género.
Ni
aun así, ni con un tipo de literatura dirigido a estómagos
delicados, parece que se aumenta el número de lectores. Tampoco creo
que semejantes novelas sirvan para eso ni para nada que no sea
sustentar el negocio de editoriales, distribuidores y librerías.
Salvo que, algún día, generen algún genio que escriba una novela
policíaca que sea el resumen y compendio, y la crítica, de todas
ellas, sin olvidar a la sociedad que les dio a luz. En fin, un Miguel
de Cervantes de la novela policíaca. Pero creo que ni aún así se
aumentaría el número de lectores. Al fin y al cabo no son tantos
los que transitan por El
ingenioso hidalgo.
En una lejana época de mi vida
pensé que crear afición a la lectura era un asunto de la escuela.
Tardé algunos años en desengañarme, pues a menudo la escuela va en
contra del alumno, de los padres y de la misma sociedad. Entre otras
cosas porque la escuela propicia, a veces, o quiere propiciar, de vez
en cuando, cosas que luego la sociedad ignora cuando no desprecia. Y
la sociedad, en líneas generales, tiene un desprecio bastante grande
por todo cuanto suene a cultura, incluido el libro, por supuesto. La
escuela, además, no es una excepción, no está fuera de la sociedad
que la alimenta. Me contaba un profesor, no hace mucho, que un
compañero suyo puso el grito en el cielo porque se impuso de lectura
obligatoria, no sé en qué curso, un libro que él no tenía.
Tampoco estaba en el departamento de lengua y literatura. Y él dijo,
literalmente, “que no estoy dispuesto a gastarme mi dinero en
libros, ni mucho menos.” No es de extrañar, por eso mismo, que
algunos padres fueran al dicho colegio a pedir, prestados, a los
profesores, los libros que sus niños se tenían que leer. La excusa
siempre era una y la misma: “que la economía estaba muy mal”.
Eso sí, los niños iban a clase con ropa de marca. Nadie se iba a
fijar en ellos porque hubieran leído este o aquel libro. Pero cosa
distinta es llevar unos pantalones promocionados por cualquier actor
en cualquier anuncio. Eso da más prestigio. Todo el que uno quiera.
Lo que me contó este profesor amigo
me recordó lo leído, hace algunos años, en un libro que me compré
con mis dineros. En una voluminosa biografía, contaba doña Emilia
Pardo Bazán que, cada vez que publicaba alguna novela, sus vecinas
se acercaban a su casa para pedírsela prestada. Sin duda
consideraban que gastarse el dinero en libros era tirarlo a la
basura. Así lo siguen considerando muchas personas. Estas, sin
embargo, no se pierden ni un partido de fútbol ni en vivo ni en
directo. Y las entradas para esos combates no son gratuitas, ni mucho
menos.
Para
aumentar el número de lectores, creo yo, se tenía que haber
inventado, esperemos que algún día se haga, el libro patata, como
antes hubo los libros línteos,
o el libro col, o el libro chuletas, o el libro bacalo al pil pil,
etc., es decir un tipo de libro que, conforme se va leyendo, se va
tansformando en algo tangible y que se puede comer o beber. Tal vez
así la gente compraría libros. Otra cosa es que los leyera. Aunque
se podía hacer el libro de forma y manera que si se necesitaban diez
kilos de patatas, por ejemplo, se tuviera que leer diez capítulos de
este, dos de aquel para los garbanzos, etc. Lo mismo para la carne y
el pescado. Igual se conseguía, con este invento, que leyera toda la
familia.
Pero
hay otro problema, todavía más grave: no todo consiste en leer. Hay
que asimilar aquello que se lee.
Cabe señalar que el autor del artículo sobre el descenso del número
de lectores, también cifraba el aumento de la xenofobia, de la
intransigencia y del odio, entre otras lindezas, a dicho descenso
lector.
Y no olvidemos que las tabletas, los ordenadores y los móviles, a
quienes él culpabiliza del alejamiento del libro, son, pese a la
generalización, más propios de los países ricos.
No
me cabe duda, por otra parte, de que muchos de nuestros políticos,
algunos de ellos con carreras, obtenidas por unos de forma
fraudulenta, y por otros de forma legal, han leído algunos libros.
En mi juventud, un político, de cuyo nombre ni me acuerdo, se jactó
de haber aprobado la carrera leyendo solamente fotocopias de apuntes.
Dejando a esta lumbrera de lado, alguna excepción habrá, como en
todo.
Si
los políticos han leído a los clásicos, supongo que se habrán
podido enterar que en sus obras no se trata de que este tenga la
razón o la tenga el otro, sino que la vida es varia y distinta, y
todos tenemos nuestra porción de verdad en el fondo de nuestro
pecho. Don Quijote y Sancho Panza, por no hablar del teatro clásico
griego. Ahora bien, viéndolos, a los políticos, en su puesto de
trabajo, que parece una taberna barriobajera, se pone de manifiesto
que no, que no han leído nada, o no han asimilado nada, ni se han
enterado de nada, ni si quiera conocen la sociedad en la que viven.
Ofrecen tales espectáculos, dicen tales estupideces, trufadas con la
más elemental falta de respeto y educación, que, en serio, generan
ganas de leer, y no libros que renuevan nada, sino libros sencillos,
como Lázaro
de Tormes,
el Coloquio
de los perros,
o cualquiera de estos: algo que sirva para demostrar, y demostrarse,
que el mundo no es tan vacío como ellos, ni tan necio o vacuo como
algunas opiniones o sandeces salidas de sus bocas y de las de algunos
periodistas, que mejor estarían selladas. Eso por no hablar, lo
dejaremos para otro día, del inmenso placer de la lectura.
Tal vez en el aumento de este tipo
de políticos y de periodistas esté el germen del aumento de
lectores. No hay que perder la esperanza.
Libros
escritos en tela, y que se guardaban en el templo de Juno Moneta.
Contenían crónicas muy antiguas, según Tito Livio.
Como
saben muy bien los lectores de Séneca, ni la comida ni la bebida,
necesarias por la vida, aumentan la virtud. Ni la sabiduría.
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