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En clave andaluza


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03/12/2018

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Anda el patio revolucionado con la probable salida del PSOE del poder en Andalucía y la “sorprendente” irrupción de VOX en el escenario electoral andaluz. Y la verdad es que los resultados de las elecciones andaluzas del pasado domingo dan como poco para una reflexión.


Lo primero que hay que destacar es el enésimo patinazo de las empresas de demoscopia, últimamente más preocupadas de influir en la decisión de los electores que de predecir su comportamiento. Las encuestas que nos venden están cocinadas a gusto del que las encarga, y su único fin es el de movilizar o desmovilizar voto, según el caso. Ninguna fue capaz de predecir la magnitud del descalabro del PSOE, y mucho menos la fuerza de la entrada de VOX, partido al que en el mejor de los casos le daban dos o tres escaños. Hablar de voto oculto cuando lo que se te ha escapado es el voto del 10% de los sufragios, es para echarse a reír. Mención aparte merecen Tezanos y su CIS, que han errado en más de un 40% su predicción de escaños para el PSOE, sumiendo en el más espantoso de los ridículos a un organismo en otro tiempo respetado y referente en el mundo de la estadística.

Lo segundo a destacar es la participación, con más de un 40% de abstención, lo que equivale a decir que dos de cada cinco andaluces con derecho a voto no se han sentido llamados a elegir a los gobernantes de su Comunidad Autónoma. Y este es un dato que debería preocuparnos y mucho desde el punto de vista del ejercicio democrático, en un país donde ya hemos vivido experiencias como las del calamitoso Estatut de Cataluña, aprobado con poco más del 30% de los sufragios posibles.

En cuanto a los resultados propiamente dichos, lo más destacable sin duda es el batacazo del PSOE, que se deja por el camino casi el 30% de sus escaños (de 47 a 33). En todas las encuestas los socialistas superaban con creces el 30% de voto (el 37% en la encuesta del CIS), conservando la opción de gobernar en minoría, y ser investidos por mayoría simple con la abstención de Podemos. En la realidad su porcentaje de voto no ha superado el 28%, y el resultado en escaños ha quedado muy lejos de los 45-47 de los delirios de Tezanos, y de los 40 que se manejaban en los tracking internos del PSOE.

¿Las causas? Pues el desgaste de más de treinta años de gobierno, el peso de los ERE, pero, sobre todo, el “efecto Sánchez”. Desde que Pedro Sánchez llegó a la secretaría general, su partido cuenta las elecciones por debacles históricas. La moción de censura y los consiguientes pactos con comunistas, separatistas, y etarras, los coquetos con el golpismo catalán, y los continuos esperpentos protagonizados por el gobierno Frankenstein, han conseguido por primera vez contrarrestar el peso de un régimen clientelar consolidado a lo largo de más de tres décadas de dominio socialista en Andalucía.

El voto menos militante del PSOE se ha ido a Ciudadanos, o a la abstención, dándole a Sánchez una patada en el culo de Susana, que en poco más de un año a pasado de ser la mandamás de su partido a ser un deshecho de tienta. Por cierto, las demoledoras consecuencias para la Sultana de este “efecto Sánchez” deberían mover a la reflexión a los Lambán, Fernández Vara, o García-Page, por aquello de las barbas del vecino.

Si los éxitos y los fracasos lo son, en gran medida, en función de las expectativas previas, hay que decir que el PP en estas elecciones andaluzas ha salvado los muebles. El PP ha mostrado una vez más la firmeza de su “suelo electoral”. Al inicio de la campaña, muchas de las encuestas les colocaban como tercera o incluso como cuarta fuerza política en Andalucía. Con un candidato a contracorriente de la actual dirección del partido, y que despierta un entusiasmo entre el electorado perfectamente descriptible, el mérito de esta pequeña remontada que ha conseguido minimizar los daños, hay que atribuirlo a la presencia de Pablo Casado en la campaña. Después de que el nuevo líder del PP se haya recorrido Andalucía pidiendo el voto, muchos afilaban los cuchillos para el día después de las elecciones si se producía el anunciado sorpasso de Ciudadanos. Pero el PP ha conseguido detener la hemorragia. Sin embargo, mal harían los de Casado en caer en la autocomplacencia. Perder siete escaños no es para andar sacando pecho, por mucho que la posibilidad de gobernar sea hoy más real que nunca, máxime para un partido que en 2012 rozó la mayoría absoluta.

Por argumentos parecidos a los manejados para el PP, las caras en la sede de Ciudadanos no eran de absoluta felicidad a pesar de haber duplicado su representación en el parlamento andaluz. Y es que las expectativas naranjas iban mucho más allá. La mayoría de las encuestas daban un empate técnico entre los de Rivera y el PP, y en algunas de ellas se producía el anhelado sorpasso. Pero la realidad es que Ciudadanos se ha quedado a más distancia del PP que de sus inmediatos seguidores. El posible castigo de los electores que pudieron verse defraudados por el apoyo a Susana Díaz en la pasada legislatura, se ha visto contrarrestado con creces por el trasvase de antiguos votantes del PSOE que esta vez han optado por el partido naranja, dando como resultado un importante crecimiento que sin embargo no parece suficiente para los impacientes y ambiciosos líderes de Ciudadanos, que soñaban con rebasar al PP en estas elecciones.

Podemos, que comparecía por primera vez en las autonómicas andaluzas en coalición con la antigua Izquierda Unida, no ha conseguido igualar los resultados que ambas formaciones obtuvieron por separado en 2015. Y lo peor para ellos, entre la caída del PSOE y la propia, se les esfuma la posibilidad de tocar poder como socio único de los socialistas. Su resultado los convierte, a priori, en insignificantes a la hora de decidir el nuevo gobierno de la Junta. Una vez mitigado el cabreo derivado de la crisis, y con los coqueteos de Iglesias con Otegi y Junqueras, el comunismo bolivariano de Podemos va dando su cara más descarnada, y eso le seguirá pasando factura en las urnas.

La sorpresa sin duda ha sido VOX, que en la encuesta más favorable no pasaba de un 3,5% de votos y 3 escaños, dudándose en muchas de ellas que los de Abascal consiguieran entrar en el parlamento andaluz. Casi 400.000 votantes que ayer no existían para los encuestadores, y hoy son tildados de extremísima derecha, han dado a VOX doce escaños, convirtiéndole en un actor que puede ser decisivo para la formación del próximo gobierno. Además del trasvase de voto procedente del PP, que ha existido sin duda, lo más significativo es que VOX ha conseguido movilizar a un sector del electorado que llevaba años sin participar en las elecciones, al menos en las autonómicas. Este rescate de voto de la abstención es el que ha posibilitado que el centro-derecha haya sumado en estos comicios sus mejores resultados de la historia en Andalucía.

¿Y qué pasará a partir de ahora? La posibilidad de un gobierno de Moreno apoyado por Ciudadanos y Vox es un caramelo envenenado para el PP. Por otro lado, la izquierda mediática, ya ha empezado a movilizar a sus medios de comunicación, que son casi todos, para promover un cordón sanitario a VOX que cortocircuite cualquier posible pacto que incluya a los de Abascal. Ciudadanos, víctima habitual de la corrección política, ya le ha tirado los tejos a Susana para recabar su apoyo a un gobierno de Marín esquivando el concurso de VOX. Creo que el PP no debería prestarse a una componenda de este tipo. Si Marín quiere ser presidente, que lo sea, pero con el apoyo del PSOE y la abstención de Podemos. Sería el canto del cisne perfecto para la formación de Rivera.

Etiquetas:   Elecciones   ·   Partidos Políticos

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