Una de savia nueva, ¡por favor!

Mariano Rajoy ha conseguido, en cuatro días, superar a Alfredo Pérez Rubalcaba en número de seguidores en Twittter; a pesar de que el último contaba con algunos meses de ventaja en términos de presencia en dicha red. Los números no mienten e indican que los seguidores de ambos son legión.

 

. Los números no mienten e indican que los seguidores de ambos son legión.
Cosas como éstas me hacen reflexionar sobre los motivos que llevan a la gente a posicionarse de una forma tan clara en favor del uno o del otro, máxime cuando en los últimos tiempos los partidos a los que ambos representan han estado salpicados de escandalosos episodios de corrupción, de ineficacia en la gestión y de despilfarro del dinero público, que han agravado terriblemente la situación de crisis financiera mundial que irremediablemente le tocaba sufrir también a España.

 

Sin embargo, a pesar de todo ello, la ciudadanía sigue confiando en ellos. Son muchos años ya de alternancia política. Alternancia consecuencia de las elevadísimas cotas de lealtad que un alto porcentaje de la población, independientemente de cuán honestos, honrados, o eficientes gestores sean, profesa hacia los dos grandes partidos nacionales.

Sin ánimo de ofender a nadie y desde el más escrupuloso respeto a la libertad individual para ejercer el derecho al voto en el sentido que cada cual entienda oportuno, no puedo, sin embargo, dejar de mostrar mi perplejidad ante una conducta que, a priori, podría identificarse con los rasgos propios de comportamientos fanáticos e irracionales.

Pero en España, sin perjuicio de las cuotas de fanatismo que en el ejercicio del derecho de sufragio activo, por mera probabilidad, deban existir; el sentido del voto viene influido por una componente histórica que todavía perdura, 33 años después. Las dos Españas, los rojos y los azules, la izquierda y la derecha. El sentimiento de pertenencia a uno o al otro bando determina en gran medida qué opción política será la receptora de la confianza del votante, independientemente de lo que una mínima reflexión objetiva sobre el desempeño de las tareas de gobierno –y, también muy importante, de oposición- pueda indicar.

Éste es un capítulo todavía no cerrado en España. Al menos, no para las generaciones de determinada edad que tienen vivencias, experiencias o recuerdos de la historia todavía muy frescos en su memoria. Lo que podría suponer un alivio observándolo desde el prisma del natural reemplazo generacional, pues los más jóvenes, por la irremediable acción del inexorable transcurrir del tiempo, así como por el rechazo y desapego que manifiestan hacia la desvirtuada manera de hacer política que día a día contemplan en los medios, tienden -en su mayoría- a actuar más objetivamente.

¿Qué si no impide en España que otras opciones políticas alcancen unas cotas de representación más significativas? Aparte, claro está, de la injusta ley electoral vigente.

Es hora de que los ciudadanos, especialmente los más jóvenes y los medio jóvenes (entre los que me incluyo), que sientan indignación, decepción e impotencia con la situación socio-económica y política del país; que reclamen honestidad y honradez a quienes ostenten el poder y la representación ciudadana, que deseen que se apliquen criterios de objetividad, de razón, buen juicio y de justicia, por encima de la mera costumbre o tradición; retiren definitivamente su confianza a los dos grandes ‘holdings’ políticos de este país.

Es necesario inyectar savia nueva en la vida política y democrática española; hay que darles voz y voto a personas que, únicamente armados con fuertes principios y convicciones democráticos, nacidos del pueblo, libres de ataduras, sin ningún favor en su debe, y actuando únicamente con sujeción al mandato de las leyes y no de los mercados y del capital, sientan, deseen, intentar hacer de este país un país más justo, más igualitario, más próspero, más cívico, más coherente… un lugar mejor.

¿No crees que los dos de siempre han tenido ya demasiadas oportunidades? ¿No estás cansado de promesas incumplidas o injustificadamente alentadoras? ¿No estás harto de las mismas caras en el Parlamento?

Por pura higiene democrática no deben ser siempre los mismos los que se sienten en los escaños. No debemos consentir esta profesionalización del ejercicio de la democracia y de la representación ciudadana que solo acarrea corrupción y desapego hacia las normas de convivencia.

Nuestra democracia debe estar abierta a todos, porque es lo lógico, lo justo y lo razonable. Y porque así lo dice nuestra Constitución.

UNETE



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